Como vivía solo, decidió cortarse la cabeza él mismo.
Algunas semanas antes soñaba, como todo el mundo, con mares azules, o que volaba, o que corría pero no llegaba. Después llegaron los sueños con rascacielos negros, con la vida en una sartén, con meter la cabeza en un horno.
Una mañana, sin pensar que realmente lo haría, empezó a barajar las diferentes formas de quitarse la vida. Rechazó la caída libre, el arrojamiento a las vías, la metautomedicación. Le gustaba la idea de separar la cabeza de su cuerpo, y cuando supo que nadie haría eso por él, inició la construcción de una guillotina francesa casera.
Nunca fue un manitas, así que no pasó del burdo corte de hortalizas sin ninguna elegancia. Tampoco encontró una buena postura que garantizara la acción definitiva de un machete sobre su cuello. Al final, orquestó un número de salto con breve caída y puso todas las esperanzas en el fino cable que quemaba su cuello.
Alehop, cae el taburete. Salió mal.
Cuando la policía echó la puerta abajo, avisada por la indignada y pestilente comunidad vecinal, lo encontraron de rodillas, el cable tenso. Había calculado mal la distancia y el autoatamiento muñequil había yerrado.
A pesar de todo, sonreía. Pero cuando intentó hablar, sólo emergió de su cuello abierto un pastoso gorgoteo de sangre. El cuerpo se balanceaba, pendiente tan sólo de cuatro tendones contestatarios.
Salvé la vida. Y aunque nunca he podido volver a hablar, ahora sueño lo que sueña todo el mundo. Sueño que vuelo sobre mares verdes. Sueño que hablo y me entienden. Sueño con ella y es en ese preciso instante cuando caigo y me despierto.

