Estoy atascado. Salgo del despacho dando un portazo y me deslizo pasillo abajo entre los fluorescentes agonizantes. Entro en un ascensor y pulso el botón del la planta-sector 17E. El aparato arranca de un tirón y me lanza hacia abajo, después en diagonal y finalmente hacia la izquierda, hasta que se detiene con un quejido metálico.
La zona de restauración bulle, como siempre. En los bares, los actores parlotean con sus egos; los guionistas fuman con miradas perdidas; los directivos se relajan. Avanzo entre la gente hasta el minúsculo puesto de Marga, encajado entre otros igualmente humeantes. Ella emerge entre el vapor infecto como un enorme títere grasiento y se recoloca el pañuelo en la cabeza. Le pido un cucurucho de sus buñuelos, esas microbombas de grasa rellenas de dios-sabe-qué. Son deliciosamente poco saludables pero, misterios de la vida, me desatascan cuando estoy sin ideas. Mientras lo prepara, ella ataca con su cantinela de los últimos meses:
—Hazle a la Marga uno bonito, anda, que tengo pesadillas todas las noches.
Le sonrío y contesto lo de siempre:
—Yo sólo hago escenarios, Marga. Sólo escenarios.
Me despido y vuelvo hacia el despacho mientras doy cuenta de varios buñuelos. El chute de grasa me sienta bien. En el ascensor me asalta una idea, otro enfoque, el nuevo ángulo que necesito. Entro en el despacho y engullo otro buñuelo. Me limpio los dedos en el pantalón y me inclino sobre la enorme pantalla táctil, que me espera en azul titubeante.
Las manos se mueven solas, todo empieza a coger forma. En poco tiempo lo tendré listo. Más me vale, porque al otro lado, tan lejos y tan cerca, Beni empieza a cabecear frente a la tele, en su gastado sofá. Pronto se apagarán las luces y empezará a soñar.
Y si no tiene preparado un buen escenario donde hacerlo, será mejor que vaya pensando en buscarme otro trabajo…

