Lo primero es elegir a la futura amada. Se recomienda una desconocida diaria del autobús, la camarera de ese café que frecuentamos o una compañera de trabajo. Seguidamente se debe planear un encuentro fortuito perfectamente orquestado. Se desecharán los recursos manidos tipo preguntar la hora o convidar a un emparedado de salami. El salami no es romántico. Por ejemplo, vale un verso moderno o una canción de moda.
En este primer encuentro, ejerceremos la simpatía pero con mesura. Es importante sonreír en todo momento al 100% de nuestras capacidades bucales y fijar nuestra mirada en el rostro de la elegida, lanzando alguna mirada furtiva a sus órganos oculares. De vuelta a la soledad, procederemos a la redacción de una carta de amor, en verso o no. En ella exaltaremos las bellezas de la amada con abundancia de epítetos, hipérboles encendidas y otros recursos al gusto. Tras ello, nos prepararemos para el encuentro clave con nuestras mejores galas y fragancias.
La declaración de amor exige, al contrario de lo que pudiera parecer, presencia de público. Cuanto más mejor. Pongamos un autobús atestado, una cafetería en hora punta o el lugar de trabajo de la amada. Irrumpiremos en escena, precedidos por una enorme flor (se recomiendan de tipo acampanadas) y, sin mediar palabra, nos colocaremos a unos dos metros de nuestro amor.
A continuación, previo hincamiento de rodilla en suelo, procederemos a la lectura de la carta o poema. Se valorará positivamente el temblequeo mandibular y/o lágrimas en los ojos. La lectura debe ser declamante, encendida y poderosa. Se finalizará ésta con gran intensidad y los ojos cerrados en actitud expectante. Entonces, esperar mientras se cuenta hasta cien.
Si nada ocurriere, recomenzar operación desde el principio. No hemos dado con la mujer de nuestra vida.

