Fui directo a la sangría y bebí unos vasos a ver si reaccionaba. Ni los noté. Intenté buscar con la vista a Pedro pero ya no estaba sentado y tampoco me volví loco por buscarle. Me senté y cerré los ojos.Saqué un cigarro y lo encendí. Bebí la sangría y fui a por más. La música seguía bien, pero me sentía muy cansado. Tal vez otra raya…
Saqué la cartera y pinté una línea continua sobre ella. La esnifé cuidadosamente y recuperé el cigarro del cenicero. Bebí sangría mientras bajaban los gargajos. Me encontré otra vez con los ojos cerrados y con la sonrisa puesta. Notaba los subidones de la media pastilla de Pedro. Pues sí que eran potentes. Como aquella vez , la carretera giraba a la derecha bruscamente pero pude reaccionar a tiempo. Culeé un poco sin llegar a perder el control. Una enorme recta se estiró ante mí. Era uno de esos canales con peralte a los lados, de un metal brillante y oscuro al que las cubiertas se agarraban como lapas. Entreabrí los ojos y por un momento la tenue luz de la fiesta se coló en el túnel. Me cubrí contra una columna. Eran tres o cuatro y estaban al otro lado de la estancia. Salí a campo abierto y me lancé sobre sobre uno de ellos. Bastaron un par de puñetazos para tumbarlo. Cuando iba a coger su arma, algo me golpeó y me lanzó contra la pared. Di media vuelta y el tío sonreía mientras me disparaba otra vez.
El pasillo era estrecho y largo. Muy largo. Empecé a correr, tenía que encontrar a alguien. Giré a la izquierda y corrí más. Nadie. La balsa se mueve demasiado y estoy empapado. Voy a volcar con este temporal. El cielo se mueve y el mar picado se inclina y retuerce como un mundo de chatarra imantado. Voy a volcar. Cielo, mar, balsa de madera. Es preciosa y se desviste muy lentamente, como si supiera que la estoy mirando. Siento su suave piel morena rozando mi cuerpo y me estremezco. Está completamente desnuda. Su abundante melena revuelta me está incitando a que entre y me sumerja en ella, pillándola por sorpresa de espaldas. Voy a entrar.
Golpeo el cristal con la mano, y luego con las botas, pero no tiene pinta de romperse. La diosa de piernas infinitas se mira en el espejo y parece no percatarse de mi presencia. No consigo ver bien su cara. Sus rasgos empiezan a desfigurarse. Es una masa informe que burbujea y suelta humo. Las piernas, fundidas a esa especie de barro mate, se extienden y se recogen sobre las sábanas. La babosa gigante mueve los cuernos hacia mí. Cuando el charco burbujeante se encuentra a un metro del cristal, una forma emerge lentamente del centro de la masa. Un cuerpo de mujer viscoso pero firme se eleva ante mis ojos y empieza a coger forma. Las gotas resbalan sobre la figura y vuelven al charco burbujeante. Respiro hondo y me subo a la barandilla. Allí abajo, las olas rompen con furia contra las rocas.
Al principio creí que me había pasado toda la fiesta flipando en el sofá, con la sonrisa puesta y los ojos cerrados. Pero el desvaríe fue mucho mayor, y no fui el único que desvarió aquella noche en aquella habitación. Las situaciones absurdas, según supe después, se sucedieron una detrás de otra. Supongo que al final alguien, de los pocos sanos, llegó a la conclusión de que algo raro pasaba. Ya con el día rompiendo demoledor contra el suelo, la habitación parecía un depósito de cadáveres. Sin música, sólo balbuceos e incoherencias rompiendo el severo silencio matutino.
Aquella grotesca escena tenía una explicación lógica. Algún hijo de la gran puta había añadido un ingrediente sorpresa a la sangría. Ni más ni menos que veinte tripis en cada barreño. Y al contrario de lo que pensaba, yo no había sido el único bebedor de sangría…
Pero sí fui el primero en sufrir los trastornos. Mis insistentes ataques al barreño me condujeron a una vertiginosa y sudorosa locura que me convirtió en pocos segundos en el centro de la fiesta. Primero fueron unos esprines por la sala y el resto de la casa, llevándome por delante a gente, botellas, muebles e incluso puertas. Después irrumpí en una habitación y, al parecer, tuve un ruidoso altercado con un perchero, después de haber partido en dos una lámpara de pie y volcado una mesita.
Aquello me llevó a una visita obligada a la ducha. Entre cuatro, consiguieron someter mi furia aventurera y me pusieron bajo un chorro helado. Me resistí al principio, pero finalmente caí rendido y allí me dejaron. Por supuesto, el valeroso caballero andante no se iba a dar por vencido. Al poco estaba rondando a mi amiga de las botas blancas, con bailes provocadores y los bolsillos llenos de agua. La muy santa tuvo una enorme paciencia, pero debí de ser imposible de aguantar. Ella y sus amigas acabaron sacándome a empujones al balcón donde, cómo no, tuve la necesidad de demostrarle que mi amor superaba lo terrenal. Mis equilibrios sobre la barandilla del balcón helaron la sangre hasta a los más duros.
Así que cuando recuperé el conocimiento -boca arriba en el balcón, empapado y tiritando- y vi el penoso percal que me rodeaba, salí de aquel lugar a paso ligero. Más tarde supe que incluso un par acabaron en el hospital.
En la calle, yo iba dejando un poco de agua con cada paso. Era mediodía y la gente, limpia, duchada y afeitada, me miraba y cuchicheaba. Me daba igual. Si supieran las grandiosas aventuras que había vivido aquella noche me habrían hecho reverencias. Pero cómo iban a saberlo ellos, pobres, que nunca se enteran de nada…


Genial!!!
Me encantó la descripción de la chica de la melena en el espejo.
Voy a volcar con este temporal. El cielo se mueve y el mar picado se inclina y retuerce como un mundo de chatarra imantado. Voy a volcar. Cielo, mar, balsa de madera. Es preciosa y se desviste muy lentamente, como si supiera que la estoy mirando. Siento su suave piel morena rozando mi cuerpo y me estremezco. Está completamente desnuda. Su abundante melena revuelta me está incitando a que entre y me sumerja en ella, pillándola por sorpresa de espaldas. Voy a entrar.
Me sentí espectadora, a bordo de su barco.
Muuuásssss!!!!!!!
por Petit lièvre — 18 December, 2008 @ 1:19 am