30 Octubre, 2008

La broma (IV)

Aceptó sin vacilar, pero el viaje al baño le parecía excesivo. No había problema para hacerlas allí mismo, porque había confianza, él estaba poniendo la música.

Fue una auténtica tortura. Saqué las herramientas e hice todo lo más rápido posible, pero el tío era una locomotora. Al final me hartó, y tuve que interrumpir la tarea y mirarle fijamente:

-Mira -le dije blandiendo mi DNI-, siento decirte esto pero no me taladres tanto, por favor, así no hay quien trabaje ni nada.

Se calló inmediatamente y se disculpó, pero antes de que me lo creyera del todo volvió a la carga. Primero tímidamente, pero el hijoputa cogía velocidad enseguida. Acabé a marchas forzadas, sintiendo mi oreja deshacerse sobre mi hombro. Le pasé la cartera y se calló. Hizo desaparecer la raya y yo hice lo propio. Me levanté y le ofrecí mi servicio de sangría a domicilio. No dijo que no.

La fiesta seguía animada. Al otro lado de la habitación, el grupito interesante seguía bailando y riendo. Esas botas blancas, vaya forma de moverse. Llegué al barreño y tuve la sensación de que era el único que le daba a la sangría. Llené un vaso y me lo eché adentro. Volví a llenarlo, llené otro y regresé al sillón. Si el tipo seguía en el mismo plan palizas me obligaría a dejarle solo. Estaba dispuesto hasta a volver a mi refugio para huir de él.

El tío sacó su cajita mágica y la abrió. Miré adentro con descaro y vi que tenía cinco pastillas. Le toqué con el brazo y le insistí sin palabras. Nuevamente, y por alguna razón me pareció totalmente sincero, me dijo que no podía, que si no ya me vendería alguna. Pero no era un uñas, porque sacó una, mordió la mitad y me dio el resto.

La ingerí y me arrellané en el sofá. Encendí un pitillo. El tío sería un palizas de miedo, pero la verdad es que la cinta sonaba bien. Me cepillé el vaso de sangría y fui a por otro. Bebí dos seguidos, llené el depósito y volví a sentarme. Sorprendentemente, empezamos a hablar los dos y con calma. Hasta nos presentamos y todo. Se llamaba Pedro.

Mientras seguíamos hablando, iba pensando que no era normal el ritmo que estaba cogiendo aquel ciego. Descontrolaba más de lo normal y las manos me sudaban. Era muy raro. Le dije ahora vengo, me levanté y me dejé llevar un poco. Acabé en el baño sin saber muy bien por qué. Me miré en el espejo y vi una cara lívida y sudorosa. Abrí el grifo y dejé que el agua se enfriara. El frío me espabiló un poco, pero algo no me cuadraba. Unas rayas, ni una pastilla entera y unos vasos de sangría no deberían haberme puesto así. Encendí un cigarro y salí del baño. Me paré ante la puerta de mi cuartel secreto y pensé durante un tiempo la posibilidad de tirarme dentro a examinar mejor mi situación. Al final me decidí por la fiesta.

 

1 Comentario »

  1. Que tendrán las fiestas locas que no se olvidan, y si hay excesos, tal vez sea la consciencia que no deja olvidar.

    por petit lièvre — 3 November, 2008 @ 2:57 pm



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