23 Octubre, 2008

La broma (II)

Probé el sillón y me sorprendió su comodidad y su infrautilización en la fiesta. Tal vez fuera caro, evitaría mancharlo de sangría. Junto al sofá había una mesita con un ganchillo blanco cubierto de fotos de todos los tamaños. Había marcos pequeños con mugrientas y torcidas fotos en blanco y negro. Había marcos medianos con fotos de parejas, de niños con perros. Y había uno grande con una familia al completo. Me costó ver en la niña de las coletas a la Lucía que yo conocía.

Elegí la foto familiar inmediatamente. Puse el marco sobre las piernas y descargué un montoncito de speed sobre la cara de la abuelita sonriente. Lo estiré con paciencia y esmero, haciendo una raya que iba exactamente desde el hombro derecho del niño sonriente hasta el pelo -o peluca- del abuelete sin piños. Sonriéndoles también a ellos, trasladé la fila hasta mi nariz. El ojo derecho se quejó de inmediato, inundándose de enormes lagrimones. Bebí un trago del vaso de sangría y encendí un cigarro.

Acabé el vaso y el cigarro enseguida, así que me vi obligado a visitar el barreño otra vez. Lo hice y enseguida estuve de vuelta en el sillón. El vistazo general por la fiesta no había tenido ningún éxito, así que me eché un vaso adentro y llevé otros dos a la salita. Tuve el detalle de abrir la ventana para no hacer un submarino de humo y volví a recurrir a la foto familiar para no perder el ritmo. Bebí durante un rato traguitos pequeños, saboreando tanto el empalagoso dulzor de la sangría que al final me acabó dando asco. Cuando volví a incorporarme, escupí por la ventana, limpié bien la foto y abandoné mi refugio para unirme a la fiesta.

Escogí un sofá negro que estaba vacío y lo ocupé, después de prepararme un trago. Nada más sentarme se me acercó un tipo con gafas y se sentó a mi lado. Sin muchos preámbulos, empezó a contarme no se qué movida sobre fusiones musicales y esos rollos y yo le decía que sí a todo sin entender nada. Tampoco le hacía mucho caso. Al tío parecía darle igual. Gesticulaba como un loco y se subía las gafas continuamente. Bebía y fumaba sin parar. Se estaba poniendo realmente insoportable. Cuando ya me encontraba al borde de la locura, a punto de levantarme y amenazarle para que no me siguiera, el tío sacó media pastilla y la partió. Me tendió un trozo y me dijo que era un tío de puta madre. Supuse que yo era el único de la fiesta que había aguantado sus pelmadas musicales sin cortarme las venas y cogí mi trofeo. Nos las tragamos con las bebidas y el tío se fue, despidiéndose muy amistosamente. Suspiré profundamente y encendí un cigarro.

Seguí bebiendo a buen ritmo vasos y vasos de sangría. Fumaba cigarros y hacía enormes aros que se elevaban impecables hasta estrellarse contra el techo. La gente bailaba y yo me notaba cada vez más entonado. Me fui al baño y, por alguna extraña razón, me hice dos rayas. Nunca me hago dos rayas, ni una para cada agujero ni cosas de ésas, básicamente porque me parece una chorrada. Me hago una grande y me la meto por un agujero, por el que toque. Pero en aquel momento una fuerza superior me indicó que debía hacerme dos rayas. Y las hice.

Volví a la fiesta a paso ligero y pasé del sofá. Empecé a bailar tímidamente cerca del cubo de sangría, al que seguía azotando sin tregua. El ambiente y la música se me antojaban cada vez más sórdidos, me molaba. O eso o ya estaba demasiado ciego.

 

1 Comentario »

  1. A las tres, raya: 1..2… ¡tres! Snffffff…

    Agur♥

    por Petit lièvre — 24 October, 2008 @ 10:35 pm



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