20 Octubre, 2008

La broma

Me planté a una hora prudente con La broma de Milan Kundera envuelto en un papel de regalo desesperante. La casa era una de ésas tan viejas que tienen ascensor de rejilla, con muchas puertas y sitio para dos. El trasto dio un tirón y empezó a subir.

-¿Quién es? -dijo alguien desde dentro de la casa.

No contesté, me abrió y nos saludamos aunque no nos conocíamos. Pasé ante su imbécil reverencia y crucé el pasillo, sumergiéndome en el bullicio y el humo. Entré en el amplio salón con el final de una canción cutre, pero aun así pasé totalmente inadvertido. Examiné la estancia y sus ocupantes. Había ya bastante gente, pero poca conocida. Lucía me había asegurado que Ander, Boni y ésos se iban a dejar caer. A ver. Difícilmente una tía como Lucía se inventara mentiras para atraerme a mí a su fiesta. Recordé que debajo del brazo llevaba un papel arrugado con un libro dentro mientras me dirigía al baño para romper el hielo y de paso mi nariz.

Pasé por delante de un grupo que reía sobre unos sofás y empujé una puerta con centro de cristal opaco que supuse llevaba al resto de la casa. El pasillo era enorme y tenía miles de puertas a cada lado. Las posibilidades de encontrar un baño eran mínimas, pero algo había que hacer. Necesitaba una buena raya para empezar la fiesta. Me acerqué a la primera puerta y apoyé la oreja sobre la madera blanca. Nada. Di unos pasos y abrí una al tuntún. Una pequeña salita muy acogedora. Cerré la puerta cuando oí que más adelante se abría otra y se acercaban voces.

Lucía venía hacia mí y tardó en reconocerme. Gritó mi nombre y me dio dos besos, más preocupada en recomponerse la nariz antes de volver a la fiesta que de mí. Saqué el libro y se lo di. Realmente se quedó sorprendida. Lo abrió y me dijo que tenía muy buena pinta, sin siquiera leer nada. Me dio otros dos besos y me dijo que probara la sangría, que la había hecho ella misma. De la puerta que ella había dejado abierta empezaba a salir un buen número de gente, así que di media vuelta y fui con Lucía hacia el salón. Nada más entrar me dirigí hacia el barreño de la esquina más cercana y le dije a Lucía que si quería un vaso. Me dijo que no le gustaba desde el centro de la estancia y se perdió entre el gentío del otro lado. Observé los vasos con detenimiento y cogí el más grande. No quería hacer cien viajes. Lo llené hasta arriba y bebí la mitad de un trago. Estaba buena. Un poco demasiado dulzona, pero estaba buena. Acabé el vaso, lo llené y volví al pasillo.

Fui directo a la salita acogedora.

 

[tobecontinued]

 

Aunque hasta ahorarl lo he desechado, inicio una recuperación autonombrada Escritos Antiques, de una carpeta infolmática del pasado. Aqueste que inicia se escribió en época universitaria, y cómo no, tiene ligeros y ebrios tintes autobiográficos. Espero que les guste…

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