Aceptó sin vacilar, pero el viaje al baño le parecía excesivo. No había problema para hacerlas allí mismo, porque había confianza, él estaba poniendo la música.
Fue una auténtica tortura. Saqué las herramientas e hice todo lo más rápido posible, pero el tío era una locomotora. Al final me hartó, y tuve que interrumpir la tarea y mirarle fijamente:
-Mira -le dije blandiendo mi DNI-, siento decirte esto pero no me taladres tanto, por favor, así no hay quien trabaje ni nada.
Se calló inmediatamente y se disculpó, pero antes de que me lo creyera del todo volvió a la carga. Primero tímidamente, pero el hijoputa cogía velocidad enseguida. Acabé a marchas forzadas, sintiendo mi oreja deshacerse sobre mi hombro. Le pasé la cartera y se calló. Hizo desaparecer la raya y yo hice lo propio. Me levanté y le ofrecí mi servicio de sangría a domicilio. No dijo que no.
La fiesta seguía animada. Al otro lado de la habitación, el grupito interesante seguía bailando y riendo. Esas botas blancas, vaya forma de moverse. Llegué al barreño y tuve la sensación de que era el único que le daba a la sangría. Llené un vaso y me lo eché adentro. Volví a llenarlo, llené otro y regresé al sillón. Si el tipo seguía en el mismo plan palizas me obligaría a dejarle solo. Estaba dispuesto hasta a volver a mi refugio para huir de él.
El tío sacó su cajita mágica y la abrió. Miré adentro con descaro y vi que tenía cinco pastillas. Le toqué con el brazo y le insistí sin palabras. Nuevamente, y por alguna razón me pareció totalmente sincero, me dijo que no podía, que si no ya me vendería alguna. Pero no era un uñas, porque sacó una, mordió la mitad y me dio el resto.
La ingerí y me arrellané en el sofá. Encendí un pitillo. El tío sería un palizas de miedo, pero la verdad es que la cinta sonaba bien. Me cepillé el vaso de sangría y fui a por otro. Bebí dos seguidos, llené el depósito y volví a sentarme. Sorprendentemente, empezamos a hablar los dos y con calma. Hasta nos presentamos y todo. Se llamaba Pedro.
Mientras seguíamos hablando, iba pensando que no era normal el ritmo que estaba cogiendo aquel ciego. Descontrolaba más de lo normal y las manos me sudaban. Era muy raro. Le dije ahora vengo, me levanté y me dejé llevar un poco. Acabé en el baño sin saber muy bien por qué. Me miré en el espejo y vi una cara lívida y sudorosa. Abrí el grifo y dejé que el agua se enfriara. El frío me espabiló un poco, pero algo no me cuadraba. Unas rayas, ni una pastilla entera y unos vasos de sangría no deberían haberme puesto así. Encendí un cigarro y salí del baño. Me paré ante la puerta de mi cuartel secreto y pensé durante un tiempo la posibilidad de tirarme dentro a examinar mejor mi situación. Al final me decidí por la fiesta.
De repente, una sonrisa enorme y unas botas marmóreas interminables me pasaron un porro. Devolví la sonrisa y para cuando fui a abrir la boca se habían esfumado. Localicé el objetivo al instante, pero no fui correspondido visualmente. Bailaba de una manera que empezó a embrujarme peligrosamente. No podía quitarle la mirada de encima. Las botas hasta la rodilla dejaban paso a unas piernas que imaginé marmóreas y suaves. Los muslos tersos me condujeron inevitablemente a la bonita falda. De un rápido vistazo, examiné su rostro y vi cómo se reía y golpeaba a una amiga. La amiga tampoco estaba mal. El grupo entero no estaba nada mal.
Volví al barreño y trasegué unos cuantos vasos de sangría más. Cada vez me sabía mejor. Busqué a alguien para rularle el porro pero no vi a nadie a mi alrededor. Detecté a alguien en un tresillo a mi derecha y cuando me dirigía hacia él observé que se trataba de mi viejo amigo el ideólogo musical. Como un flash, una gran idea cruzó mi cerebro. Pastillas.
El tío estaba apoyado sobre el respaldo del sofá mirando al techo. Mejor dicho, descansaba con los ojos cerrados, pero no estaba despatarrado. Guardaba una extraña compostura que no encajaba con su cara afilada y sudorosa. Vacilé sobre si alterar su trance o no. Me senté al lado y dejé que el humo del porro se colara por sus fosas. Tardó un poco, pero al final abrió un ojo y me miró. Sonreímos y le grité en la oreja a ver si me vendía alguna pastilla. Cerró los ojos, negando y sonriendo. Insistí. Abrió el ojo otra vez y cogió el porro. Fumó con ansia y se reincorporó un poco. Volví a decirle que me vendiera alguna, pero me contestó que no tenía ya casi, que lo sentía. Me recosté y bebí un buen trago del vaso. Entonces él abrió fuego:
-Buena música, ¿eh? La he puesto yo, es una cinta que me acaban de pasar de un garito guapo, el One More, ¿lo conoces? ¿No?, pues está de puta madre tío, está por la Cuenta, ahí, justo al lado de esa tienda de ropa, como es llama… joder ésta tan grande que hace esquina ahí con… bueno es igual. Pues el garito es guapo, tío, pincha un tal DJ Reptor que es cojonundo, yo últimamente no salgo de allí, es la hostia…
Desconecté. No podía seguir tanto rollo. Después de un tiempo que no pude medir, el tipo soltó un enorme bufido y se paró a coger aire. Mi oreja había sufrido un terrible calentón. Naturalmente, no le dejé volver a empezar y le ofrecí ir al baño a meternos una raya. Había tenido en cuenta la posibilidad de que el tío se convirtiera en un maníaco comeorejas, pero yo la necesitaba más que nunca. Podría tumbarme con otra ofensiva como ésa…
Probé el sillón y me sorprendió su comodidad y su infrautilización en la fiesta. Tal vez fuera caro, evitaría mancharlo de sangría. Junto al sofá había una mesita con un ganchillo blanco cubierto de fotos de todos los tamaños. Había marcos pequeños con mugrientas y torcidas fotos en blanco y negro. Había marcos medianos con fotos de parejas, de niños con perros. Y había uno grande con una familia al completo. Me costó ver en la niña de las coletas a la Lucía que yo conocía.
Elegí la foto familiar inmediatamente. Puse el marco sobre las piernas y descargué un montoncito de speed sobre la cara de la abuelita sonriente. Lo estiré con paciencia y esmero, haciendo una raya que iba exactamente desde el hombro derecho del niño sonriente hasta el pelo -o peluca- del abuelete sin piños. Sonriéndoles también a ellos, trasladé la fila hasta mi nariz. El ojo derecho se quejó de inmediato, inundándose de enormes lagrimones. Bebí un trago del vaso de sangría y encendí un cigarro.
Acabé el vaso y el cigarro enseguida, así que me vi obligado a visitar el barreño otra vez. Lo hice y enseguida estuve de vuelta en el sillón. El vistazo general por la fiesta no había tenido ningún éxito, así que me eché un vaso adentro y llevé otros dos a la salita. Tuve el detalle de abrir la ventana para no hacer un submarino de humo y volví a recurrir a la foto familiar para no perder el ritmo. Bebí durante un rato traguitos pequeños, saboreando tanto el empalagoso dulzor de la sangría que al final me acabó dando asco. Cuando volví a incorporarme, escupí por la ventana, limpié bien la foto y abandoné mi refugio para unirme a la fiesta.
Escogí un sofá negro que estaba vacío y lo ocupé, después de prepararme un trago. Nada más sentarme se me acercó un tipo con gafas y se sentó a mi lado. Sin muchos preámbulos, empezó a contarme no se qué movida sobre fusiones musicales y esos rollos y yo le decía que sí a todo sin entender nada. Tampoco le hacía mucho caso. Al tío parecía darle igual. Gesticulaba como un loco y se subía las gafas continuamente. Bebía y fumaba sin parar. Se estaba poniendo realmente insoportable. Cuando ya me encontraba al borde de la locura, a punto de levantarme y amenazarle para que no me siguiera, el tío sacó media pastilla y la partió. Me tendió un trozo y me dijo que era un tío de puta madre. Supuse que yo era el único de la fiesta que había aguantado sus pelmadas musicales sin cortarme las venas y cogí mi trofeo. Nos las tragamos con las bebidas y el tío se fue, despidiéndose muy amistosamente. Suspiré profundamente y encendí un cigarro.
Seguí bebiendo a buen ritmo vasos y vasos de sangría. Fumaba cigarros y hacía enormes aros que se elevaban impecables hasta estrellarse contra el techo. La gente bailaba y yo me notaba cada vez más entonado. Me fui al baño y, por alguna extraña razón, me hice dos rayas. Nunca me hago dos rayas, ni una para cada agujero ni cosas de ésas, básicamente porque me parece una chorrada. Me hago una grande y me la meto por un agujero, por el que toque. Pero en aquel momento una fuerza superior me indicó que debía hacerme dos rayas. Y las hice.
Volví a la fiesta a paso ligero y pasé del sofá. Empecé a bailar tímidamente cerca del cubo de sangría, al que seguía azotando sin tregua. El ambiente y la música se me antojaban cada vez más sórdidos, me molaba. O eso o ya estaba demasiado ciego.
Me planté a una hora prudente con La broma de Milan Kundera envuelto en un papel de regalo desesperante. La casa era una de ésas tan viejas que tienen ascensor de rejilla, con muchas puertas y sitio para dos. El trasto dio un tirón y empezó a subir.
-¿Quién es? -dijo alguien desde dentro de la casa.
No contesté, me abrió y nos saludamos aunque no nos conocíamos. Pasé ante su imbécil reverencia y crucé el pasillo, sumergiéndome en el bullicio y el humo. Entré en el amplio salón con el final de una canción cutre, pero aun así pasé totalmente inadvertido. Examiné la estancia y sus ocupantes. Había ya bastante gente, pero poca conocida. Lucía me había asegurado que Ander, Boni y ésos se iban a dejar caer. A ver. Difícilmente una tía como Lucía se inventara mentiras para atraerme a mí a su fiesta. Recordé que debajo del brazo llevaba un papel arrugado con un libro dentro mientras me dirigía al baño para romper el hielo y de paso mi nariz.
Pasé por delante de un grupo que reía sobre unos sofás y empujé una puerta con centro de cristal opaco que supuse llevaba al resto de la casa. El pasillo era enorme y tenía miles de puertas a cada lado. Las posibilidades de encontrar un baño eran mínimas, pero algo había que hacer. Necesitaba una buena raya para empezar la fiesta. Me acerqué a la primera puerta y apoyé la oreja sobre la madera blanca. Nada. Di unos pasos y abrí una al tuntún. Una pequeña salita muy acogedora. Cerré la puerta cuando oí que más adelante se abría otra y se acercaban voces.
Lucía venía hacia mí y tardó en reconocerme. Gritó mi nombre y me dio dos besos, más preocupada en recomponerse la nariz antes de volver a la fiesta que de mí. Saqué el libro y se lo di. Realmente se quedó sorprendida. Lo abrió y me dijo que tenía muy buena pinta, sin siquiera leer nada. Me dio otros dos besos y me dijo que probara la sangría, que la había hecho ella misma. De la puerta que ella había dejado abierta empezaba a salir un buen número de gente, así que di media vuelta y fui con Lucía hacia el salón. Nada más entrar me dirigí hacia el barreño de la esquina más cercana y le dije a Lucía que si quería un vaso. Me dijo que no le gustaba desde el centro de la estancia y se perdió entre el gentío del otro lado. Observé los vasos con detenimiento y cogí el más grande. No quería hacer cien viajes. Lo llené hasta arriba y bebí la mitad de un trago. Estaba buena. Un poco demasiado dulzona, pero estaba buena. Acabé el vaso, lo llené y volví al pasillo.
Fui directo a la salita acogedora.
[tobecontinued]
Aunque hasta ahorarl lo he desechado, inicio una recuperación autonombrada Escritos Antiques, de una carpeta infolmática del pasado. Aqueste que inicia se escribió en época universitaria, y cómo no, tiene ligeros y ebrios tintes autobiográficos. Espero que les guste…
Un día, las pecas de todo el mundo se pusieron de acuerdo y se movieron a la vez. Así, la peca de la barbilla de Marieta, de siete años, se bajó al cuello buscando un poco de sombra. El lunar de la mano del frutero Manolín viajó hasta el dedo índice, para tocar las frutas frescas. Y la pequeña peca bajo el ojo izquierdo de la malhumorada Señora Clotilde hizo un salto mortal y se instaló en su oreja derecha, como si fuera un pendiente.
La gente, claro, empezó a enfadarse, porque pensaba que las pecas no podían hacer lo que quisieran y moverse a donde les diera la gana. Pero a las pecas les daba igual, y durante la noche siguiente se movieron todas a las puntas de las narices de la gente. ¡Vaya sorpresa que se llevaron todos cuando se miraron en el espejo por la mañana!
El que tenía pocas pecas, tenía la nariz un poco pecosa, pero ¡ay del que tenía muchas! Su nariz se había convertido en una enooooooooorme peca marrón. Y por mucho que se intentó hablar con las pecas y hacerles entrar en razón, ellas no se movieron. ¡Y cómo se reían entre ellas! (Nosotros no podemos oír esa risa, ya que es muy pequeña, cosa de pecas.)
La noticia salió en los periódicos y en la tele, y se empezó a pensar qué hacer con las pecas rebeldes. Los políticos proponían cosas imposibles y el Ejército quería usar la violencia, así que no se ponían de acuerdo. Pero hubo un sabio barbudo que fumaba en pipa que propuso una cosa diferente: todo lo que había que hacer era esperar.
Y esperaron. A los pocos días, las pecas se aburrieron y eligieron otro lugar. Todas a la nuca. Luego al dedo meñique del pie. Después a la espalda, incluso hicieron una gran reunión en los traseros de todo el mundo.
Pero al final se dieron cuenta de que lo más valioso que tenían era la libertad para elegir el sitio que más les gustase, y quedarse ahí para siempre. Así que cada peca, desde la más grande hasta la más diminuta, eligió bien su lugar favorito para vivir.
Y así, una mañana de octubre, todas las pecas del mundo amanecieron en su sitio favorito y ya no se movieron nunca más.
Cuento infantil para celebrar un buen día 17, de octubre para más jolgorio. Prometo volver a actualizar más en breve, he estado inmerso en otras historietas pero no se apuren que ideas no faltan… Próxima entrega, algo asín como ¿Con qué sueñan los dinosaurios del rock?