En la oscuridad del interior del árbol, la oronda criatura ciega mira hacia su adentro y ve la felicidad de sus retoños.
Ve el festín óptico, iris digerido, de Iphis; siente la excitación del pequeño, su letal y gelatinoso masaje; y oye la música y el chisporroteo escrotal…
Entonces prende una vela que ilumina el interior mohoso del árbol, gira el cráneo hacia arriba y la hunde en una de sus vacías cuencas.
Empieza a masturbarse, muy lentamente, mientras tararea una nueva canción.

