Como siempre, atraviesa las copas de los árboles de forma brusca, luego aletea para recuperar el control, y finalmente realiza un aterrizaje forzoso sobre su rama favorita.
Cada vez vuelo peor, piensa Iphis, el niño lechuza, mientras sacude la cabeza y las últimas gotas pesadas saltan de ella. En su minúsculo y pálido cuerpo, hay nuevos rasguños que empiezan a sangrar. No les hace ni caso porque, como cada vez, examina cada centímetro de piel en busca de alguna nueva pluma. Descubre con un salto de alegría que esta vez el baño ha surtido efecto.
En su rodilla derecha asoma la punta de una fina pluma marrón. Esto hay que celebrarlo, piensa entre rápidos tics de cuello. Escudriña la oscuridad y ve que hay tiempo. Aún quedan unas dos horas antes de que el sol salga a molestar.
Vuela hasta dejar el bosque y planea sobre la zona de acampada. Siempre hay algún incauto que no cierra bien la tienda, y no tarda en encontrarlo.
Tal vez vuele raro, pero como merodeador nocturno es bueno. Así que para cuando ella abre un ojo somnoliento -él ni se entera-, Iphis está soltando su certero picotazo y en pocos segundos vuela feliz rumbo al hogar.
De su pico sonriente cuelga el ojo sanguinolento, un delicioso desayuno para terminar bien la noche…


Me gusta, y me encanta como rescata usted de forma notable el género de la fábula.
Lo que mas me gusta es, ese sentirse ajeno y a la vez dentro de otros mundos, otras vidas.
Hay que celebrar cada nueva pluma. Si señor!.
Agur!***
por petite lièvre — 11 August, 2008 @ 4:56 pm
Muy bueno, brillante diría si no fuera por temor a que Iphis venga por mis ojos…
Saludos
por Dragón de Azúcar — 14 August, 2008 @ 3:52 am