En la oscuridad del interior del árbol, la oronda criatura ciega mira hacia su adentro y ve la felicidad de sus retoños.
Ve el festín óptico, iris digerido, de Iphis; siente la excitación del pequeño, su letal y gelatinoso masaje; y oye la música y el chisporroteo escrotal…
Entonces prende una vela que ilumina el interior mohoso del árbol, gira el cráneo hacia arriba y la hunde en una de sus vacías cuencas.
Empieza a masturbarse, muy lentamente, mientras tararea una nueva canción.
Nunca suele acercarse tanto a la costa, pero hoy es un día especial.
Años atrás, en tiempos de infantería, la costa era el trabajo diario. Las pieles enrojecidas, el caos repentino, ese terror que se propagaba por todo el agua como una corriente eléctrica.
Hoy lo hace por puro vicio. Por volver a escuchar los gritos, sólo por ver desde el agua las muecas de espanto. Por sentir la piel contra su cuerpo, abrazarse con fuerza a la carne, notar cómo se tensa, disfrutar los espasmos de dolor.
Primero se pavonea muy cerca de todos ellos, arriesgando algún golpe, pero nadie se atreve, o no tiene con qué. Luego vuelve a zonas un poco más profundas y allí encuentra la víctima perfecta. Una incauta nadadora exhibiendo su estilo de espalda.
Se acerca, se relame mentalmente y, dejándose llevar perezosa, envuelve media pierna con su abrazo gelatinoso. El cuerpo se tensa y retuerce, pero el cariño transparente no ceja. Siente la pierna erizarse, enrojecer, retorcerse del dolor.
El baile dura poco. Ahora sólo queda un bonito viaje hacia el fondo. Una mirada perdida, un bonito pelo que peina el agua, un cuerpo que se funde con el azul del mar. Y encima ha tenido suerte. Tiene un rostro que, muy probablemente, sirva para los caprichos fetichistas de Mojj, señor de los señores.
El Dios Medusa se pondrá contento. Pero antes es su momento. Ella ya reposa sobre el fondo y es toda suya, toda de sus caricias sangrantes, de sus besos que erizarán su piel como nadie más puede. Y tienen tiempo, mucho tiempo…
Como siempre, atraviesa las copas de los árboles de forma brusca, luego aletea para recuperar el control, y finalmente realiza un aterrizaje forzoso sobre su rama favorita.
Cada vez vuelo peor, piensa Iphis, el niño lechuza, mientras sacude la cabeza y las últimas gotas pesadas saltan de ella. En su minúsculo y pálido cuerpo, hay nuevos rasguños que empiezan a sangrar. No les hace ni caso porque, como cada vez, examina cada centímetro de piel en busca de alguna nueva pluma. Descubre con un salto de alegría que esta vez el baño ha surtido efecto.
En su rodilla derecha asoma la punta de una fina pluma marrón. Esto hay que celebrarlo, piensa entre rápidos tics de cuello. Escudriña la oscuridad y ve que hay tiempo. Aún quedan unas dos horas antes de que el sol salga a molestar.
Vuela hasta dejar el bosque y planea sobre la zona de acampada. Siempre hay algún incauto que no cierra bien la tienda, y no tarda en encontrarlo.
Tal vez vuele raro, pero como merodeador nocturno es bueno. Así que para cuando ella abre un ojo somnoliento -él ni se entera-, Iphis está soltando su certero picotazo y en pocos segundos vuela feliz rumbo al hogar.
De su pico sonriente cuelga el ojo sanguinolento, un delicioso desayuno para terminar bien la noche…
La sala poliédrica entre placas de cristal rojo emite un suave rumor de expectación. Los chaparros seres esperan, calvos, inquietos y sudorosos.
La puerta se abre y entra él. Suda a mares. Según avanza, la capa que le cuelga de los hombros cae al suelo empapada. Se acerca desnudo al pedestal, sobre el que ya refulgen los fuegos planos.
Suena la música, ellos empiezan el baile. Él sube sobre los fuegos ardientes, baila despacio, sus pies chisporrotean mientras la piel y la carne se queman. Sonríe.
Cuando sus rodillas se pegan al fuego sin llama, empiezan los gritos de júbilo entre el respetable. El climax llega cuando su escroto desciende hasta tocar fuego. Se pega, se desfigura. Entonces su rojísima verga enhiesta estalla en chorros multicolores que los enanos pugnan por atrapar.
Él suelta un rugido, los brazos en cruz y la máscara vuelta al cielo, mientras ellos corean a voz en cuello el estribillo de la canción…