3 Julio, 2008

Sanavabech (y V)

Petite Lièvre caía. Gritaba y caía.

Al fin, vio el suelo acercarse y gritó más. Sintió un golpe en el cuello, un amortiguamiento, un olor extraño. ¿Qué era aquello?

Se movía, era viscoso, olía mal. Y no era uno sino muchos… ¡miles de gusanos grises!

Pataleó y braceó intentando llegar a la superficie del mar pegajoso, pero no era posible. Intentó sin éxito dialogar con alguno. Estaban muy concentrados, nerviosos, expectantes.

Entonces llegó la orden. Era una cantinela gris, húmeda y aburrida. Diríase que salía de un organillo de plástico barato. Música sin alma.

Los gusanos se lanzaron al suelo, se pusieron erectos. Una amplia alfombra gris y viscosa, sobre la se quedó surfeando Petite Lièvre. Era una sensación extraña y algo asquerosa, pero al menos volvía a ver el cielo. O lo que permitía el árbol…

El árbol. Aquello ya no era un árbol. Una mole simiesca tan alta como el cielo. Un verde que ya era gris, una corteza limosa, rezumante de mal olor.

A un cambio de tono, los gusanos iniciaron una marcha militar y, en riguroso orden marcial, desfilaron hacia la base del árbol. Allí desaparecían por un minúsculo agujero por el que entraban, ahora reptando.

La alfombra se iba haciendo más pequeña. Petite Lièvre, cuando pudo, saltó a tierra firme. La tierra estaba seca y triste. Miró arriba, al inmenso árbol, y lo vio moverse y rugir de placer. Seguía creciendo sin parar…

Imaginó el interior del árbol. Una imparable autopista de gusanos moviéndose por todas partes, llenando las ramas, estirándolas, deformándolas al máximo…

Entonces ocurrió. El último gusano desapareció. Se hizo un silencio tenso. Allá, un poco arriba, vio el primero brotar. Luego otro aquí. Y otro. Gusanos atravesando la corteza del árbol. Y otro allí. Y cientos más.

A los minutos, Petite Lièvre vio con horror la nueva realidad. El árbol ya no era un árbol sino una increíble y pestilente construcción gusanil. Miríadas de gusanos moviéndose, dando y quitando forma a una especie de árbol deformado, enorme, terrible.

Y aquello le miraba. ¡No, se agachaba hacia ella! Conoció en un nanosegundo cómo se las gastaba Savanabech, el Dios Gusano. Vio cómo el mar de anélidos abría un hueco, que fue una boca y luego una torcida sonrisa de la que emergió una risa cavernosa que le hizo temblar.

¡Corre, Petite Lièvre! Pero estaba paralizada. Las piernas le temblaban, sólo podía mirar hacia arriba y ver cómo esa monstruosa montaña de gusanos se caía sobre ella.

Al principio no sintió nada, ni oyó sus gritos. Pero él se arrastró fuera de su oreja y le mordió. El dolor provocado por el gusano intracraneal –desertor de las huestes de Savanabech que moriría entre horribles tormentos- le hizo reaccionar. ¡Podía moverse! Gritó y corrió, mientras oía la masa de gusanos cayendo, cada vez más cerca.

Corrió, se cayó, se levantó y entonces lo vio. Corrió como una loca. Los gusanos caían, esa risa grave en sus oídos.

Justo en el momento en que el mar purulento se le venía encima, de un salto subió a su minúsculo ala-de-mosca delta y empezó a pedalear: las alas del difunto Ruud se agitaron, el aparato trastabilló sobre la yerba y finalmente tomó altura. Mientras escapaba oyó un rugido de furia viscosa…

Y Petite Lièvre pedaleó y pedaleó sin mirar atrás ni una sola vez.

 

2 Comentarios »

  1. Uff, pensé que ésta ves moriría…

    Cuanta maldad de Sanavabech, es un cretino, un gusano, y ese mar purulento, sólo podría salir de esa mente viscosa de Sanavabech.

    Me encanta.

    je

    Besos

    Agur

    por Petite Lièvre — 3 July, 2008 @ 5:45 pm

  2. y pudo irse, sorprendente, aunque confieso que el anterior me hizo enmudecer.

    Besos

    por anonimo — 4 July, 2008 @ 7:30 pm



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