Cuando se despertó en la cama, Eder descubrió que algo no iba bien: habitaba otro cuerpo, se había convertido en otra cosa.
Intentó levantarse y se cayó de la cama. Sonó a plástico hueco contra el suelo y no le dolió en absoluto. Intentó andar pero aquello no era andar. Estiró las patas, arqueó la espalda, se sentía bien. Restalló sobre el suelo sus numerosas patas y salió de la habitación.
Clack, clack, clack. La nueva forma de arrastrarse parecía tan normal… Pero la manera de procesar intracranealmente -¿tenía cráneo?- era radicalmente diferente: sólo sentía un impulso de ir a alguna parte, sin saber a dónde.
Salió al rellano y empezó a bajar por las escaleras. Clack, clack, clack resonando en cada piso. En la calle, la gente gritaba y saltaba exhibiendo máscaras de horror y sorpresa. Una mujer convertida en mueble de diseño absurdo tarantuleaba por la acera. No faltó quien, ante la evidente provocación de sus patas desnudas y brillantes, buscara los tocamientos sin olvidar cierto romanticismo. Pero ella era cada vez más rápida.
Así y todo, a la altura de la calle Reticulière se vio arrinconada por varios encorbatados nabitiesos y tuvo que expeler un infecto gas que acabó con la escenita. Una nube tóxica gris violácea que dispersó efectivamente al galán público.
Claqueteaba y claqueteaba por la calle cuando se detuvo de golpe: supo que había llegado. La puerta abierta del garaje le atraía sobremanera. Entró y bajó. La semioscuridad y la humedad le eran propicias. Bailoteó sobre el suelo frío, canturreando. Además, allí nadie le molestaría…
Encontró un buen sitio, una esquina húmeda y limosa, se acurrucó y se quedó dormida.
Saare mira al horizonte, arquea las cejas. Ante el impresionante espectáculo, su gruesa y oscura trenza serpentea nerviosa sobre su espalda.
Ehmer, como quien vuelve a casa, sonríe a la vasta extensión rojiza, irregular, ondulante y nebulosa.
-Parecen orugas, gusanos… o como raíces de árboles subterráneos –dice ella cogiendo la trenza entre sus manos y tranquilizándola.
-Sólo son cuadernos.
-Cuadernos… –repite ella y, sin mirarle, se adentra.
Ehmer aspira con fuerza, dejándose invadir por el aroma del papel viejo y olvidado, antes de seguir sus pasos.
Maese Homme de Ferro descubrió, después de 27 largos años sudando sobre el yunque, que su habilidad herreriana podía trasladarse sin problema a su ya semiachacoso cuerpo.
Primero probó con su brazo izquierdo, moldeando sin problema una mano aplastada, de dedos cuadrados y temible bofetón. Le gustó. A sus amigos no tanto. Después fabricó, a partir de su pie derecho, una formidable bota metálica que se convirtió en su mejor arma defensiva.
Sus problemas, aparte de las embarazosas situaciones en los aeropuertos, comenzaron cuando se empeñó en convertir su ya fláccida y desganada mascota genital en "un poderoso cañón taladrador sin rival".
Pobre. Algo falló. Como había venido, se había marchado.
Nunca jamás se escuchó a nadie gritar así cerca de un yunque.
Petite Lièvre caía. Gritaba y caía.
Al fin, vio el suelo acercarse y gritó más. Sintió un golpe en el cuello, un amortiguamiento, un olor extraño. ¿Qué era aquello?
Se movía, era viscoso, olía mal. Y no era uno sino muchos… ¡miles de gusanos grises!
Pataleó y braceó intentando llegar a la superficie del mar pegajoso, pero no era posible. Intentó sin éxito dialogar con alguno. Estaban muy concentrados, nerviosos, expectantes.
Entonces llegó la orden. Era una cantinela gris, húmeda y aburrida. Diríase que salía de un organillo de plástico barato. Música sin alma.
Los gusanos se lanzaron al suelo, se pusieron erectos. Una amplia alfombra gris y viscosa, sobre la se quedó surfeando Petite Lièvre. Era una sensación extraña y algo asquerosa, pero al menos volvía a ver el cielo. O lo que permitía el árbol…
El árbol. Aquello ya no era un árbol. Una mole simiesca tan alta como el cielo. Un verde que ya era gris, una corteza limosa, rezumante de mal olor.
A un cambio de tono, los gusanos iniciaron una marcha militar y, en riguroso orden marcial, desfilaron hacia la base del árbol. Allí desaparecían por un minúsculo agujero por el que entraban, ahora reptando.
La alfombra se iba haciendo más pequeña. Petite Lièvre, cuando pudo, saltó a tierra firme. La tierra estaba seca y triste. Miró arriba, al inmenso árbol, y lo vio moverse y rugir de placer. Seguía creciendo sin parar…
Imaginó el interior del árbol. Una imparable autopista de gusanos moviéndose por todas partes, llenando las ramas, estirándolas, deformándolas al máximo…
Entonces ocurrió. El último gusano desapareció. Se hizo un silencio tenso. Allá, un poco arriba, vio el primero brotar. Luego otro aquí. Y otro. Gusanos atravesando la corteza del árbol. Y otro allí. Y cientos más.
A los minutos, Petite Lièvre vio con horror la nueva realidad. El árbol ya no era un árbol sino una increíble y pestilente construcción gusanil. Miríadas de gusanos moviéndose, dando y quitando forma a una especie de árbol deformado, enorme, terrible.
Y aquello le miraba. ¡No, se agachaba hacia ella! Conoció en un nanosegundo cómo se las gastaba Savanabech, el Dios Gusano. Vio cómo el mar de anélidos abría un hueco, que fue una boca y luego una torcida sonrisa de la que emergió una risa cavernosa que le hizo temblar.
¡Corre, Petite Lièvre! Pero estaba paralizada. Las piernas le temblaban, sólo podía mirar hacia arriba y ver cómo esa monstruosa montaña de gusanos se caía sobre ella.
Al principio no sintió nada, ni oyó sus gritos. Pero él se arrastró fuera de su oreja y le mordió. El dolor provocado por el gusano intracraneal –desertor de las huestes de Savanabech que moriría entre horribles tormentos- le hizo reaccionar. ¡Podía moverse! Gritó y corrió, mientras oía la masa de gusanos cayendo, cada vez más cerca.
Corrió, se cayó, se levantó y entonces lo vio. Corrió como una loca. Los gusanos caían, esa risa grave en sus oídos.
Justo en el momento en que el mar purulento se le venía encima, de un salto subió a su minúsculo ala-de-mosca delta y empezó a pedalear: las alas del difunto Ruud se agitaron, el aparato trastabilló sobre la yerba y finalmente tomó altura. Mientras escapaba oyó un rugido de furia viscosa…
Y Petite Lièvre pedaleó y pedaleó sin mirar atrás ni una sola vez.
El descenso nunca terminaba. Petite Lièvre pensó en algún misterioso descenso que volvía arriba, en ciclos erráticos, en caminar en círculos sin saberlo.
Y siguió bajando. La musiqueta volvió a oírse. Rebell Yell, casi seguro. Y se oía cada vez más cerca. Entonces le vio.
Se acercó en silencio. Era una versión muy personal de la canción. Salía de un antiguo y elegante violín púrpura, que tocaba un solemne erizo con gafas de sol.
Petite Lièvre se acercó y carraspeó fuera de tono, pero el erizo ni se inmutó. Siguió extrayendo de las cuerdas ese lastimero Rebell Yell… Ella carraspeó más, hizo el pino, bailó moviendo la rama. Pero sólo cuando hubo terminado la interpretación, el erizo le miró. Sin verle, pues era ciego.
Ella le contó su historia, lo de la casa disparada hacia arriba, el gusano parásito, Hugo, el descenso sin fin.
Otto, que así se llamaba, lo sabía todo, y sus palabras no eran muy optimistas.
-Llevo años haciendo crecer este árbol con mi música. Demasiados para huir, para dejarle consumar su mutación. Aquí feneceré, tocando mis últimas notas contra él.
-Pero ¿quién? –se intrigó Petite Lièvre.
-Sanavabech. El hedor reptante. Escapa mientras puedas.
-¡No pienso dejar mi casa así por las buenas!
-Ya nada podemos hacer. Está dentro. Pronto todo será él.
Ella no entendió nada, pero Otto le convenció de que la única opción para llegar al suelo era saltando. Había que confiar. Si no, nunca llegaría, seguiría bajando eternamente.
Petite Lièvre se despidió, cerró los ojos, se tapó la nariz con los dedos y saltó al vacío. Aún pudo escuchar cómo el violín púrpura volvía a su lúgubre canto…