Petite Lièvre miró hacia abajo, se tragó el vértigo con una arcada e inició el peligroso descenso. Por suerte, sus zapatillas verdes de la suerte agarraban bien contra la rugosa superficie de la corteza.
Cuando hubo bajado unos metros, volvió a mirar. Nada. El suelo parecía estando taaaaaaaaaan lejos… Siguió bajando. Empezaron a dolerle los dedos, que se rasguñaban cada vez que se descolgaba de una rama a otra.
En un momento que paró a tomar resuello, sintió una molestia en la garganta. Un picor creciente, incómodo. Carraspeó y empezó a toser. Sus toses musicales rebotaron por todo el árbol, pero parecía no haber nadie cerca.
Entonces, con un fastuoso carraspeo en Fa#, el esputo emergió de su garganta, saltó de su boca y calló en una rama. Asombrada de lo que producía su cuerpo, lo miró.
No era un esputo, estaba vivo. Se acercó aún más… ¡Era un minúsculo sapo!
Lo cogió entre las manos. Ya no era tan pequeño. Era como una almohadilla, algo aplastable con patitas minúsculas que no servirían para andar.
Se lo puso en el hombro y hablaron. Hugo tenía buena conversación y varios idiomas animales. Ella le expuso su problema.
-Bajaría contigo –le contestó Hugo con su voz rasgada-. Pero como ves aquí fuera no dejo de crecer. En dos minutos luxaré tu hombro, en tres partiré casi todas las ramas, y en cuatro caeré cual fardo contra el suelo… Así que mejor me lanzo ya.
-¡Espera! ¿Cómo puedo llegar al suelo?
-Salta como yoooooooooooooooooo…
Lo vio caer y caer hasta que lo perdió de vista. Dudó que Hugo pudiera volar. Dudó que volviera a verle…
Reanudó el penoso descenso y no tardó en empezar a escuchar una música lejana que le hizo pararse y aguzar el oído. Se le erizó el vello de la espalda.
Era. Era Rebell Yell de Billy Idol. Pero… ¿de dónde demonios venía?
Hace un bonito día, piensa ella mientras mira al cielo. Se está bien aquí arriba.
En la calle, ve los grupos de gente, cómo le señalan. Incluso ve la barricada de contenedores de protesta vecinal. Nadie puede percibirlo desde tan lejos, pero ella sonríe triunfal.
Y más que sonreiría si supiera lo que hablan de ella las noticias. Lo impotentes que se sienten los vecinos, los agobios de los bomberos que buscan y buscan pero no encuentran.
Es mi territorio, piensa mientras se enrosca sobre sí misma. Y lo mejor que pueden hacer todos es aceptarlo, pues nadie, ni el más retorcido de los vecinos, puede imaginar la cantidad de crías que están naciendo estos días entre tejas y vigas.
Un ejército de serpientes que, capitaneado por La Señora, invadirá el viejo edificio esta misma noche…
Al día siguiente no pasó nada.
Al otro soñó sin recordar nada y se despertó mucho antes de lo normal. La casa entera se movía, y esta vez sí que era realidad. La impresión ventral hizo entonar un agudo Si b a Petite Lièvre, mientras su minúscula casa era lanzada sin control hacia arriba.
Luego la vio. Una enorme rama creciente había inundado su habitación y la propulsaba hacia el cielo. Cuando el ascenso se detuvo, ella salió despedida de la cama y cayó al suelo inclinado. Después probó el sabor de una pared y la dureza de un cuadro en la cabeza.
Se sentó en una esquina y reflexionó. Luego reptó hacia la parte alta y trepó hasta la ventana. El vértigo le puso los ojos en blanco. Respiró hondo y consiguió ver, allá tan abajo, su pequeño ala-de-mosca delta.
Ni corta ni perezosa, se despeinó un poco más, se calzó sus zapatillas verdes de la suerte y salió a la rama. Avanzó como pudo a horcajadas hasta que vio una gran manzana roja que lloraba. Se autobalanceaba con violencia.
-¡Porca miseria! ¡Saltaré al vacío y me condenaré a zumo de tercera clase!
Cuando Petite Lièvre se acercó para consolarle, un rápido, fino y blanco gusano emergió de la manzana y por arte de birilibirloque se coló por el oído de la niña. Visto y no visto.
Y por mucha negociación que se intentó, no salió de allí.
En sueños, soltó algunos gruñidos en Re menor que salieron por la ventana a la negra quietud del bosque. Soñó primero con una enorme larva transparentuzca que, envuelta en filamentos grises grumosos, amenazaba a su pequeño aparato volador, el ala-de-mosca delta.
Luego soñó un ruido en su habitación. Habían entrado. Ella sacó un ojo negro inquieto entre las sábanas: le miraban. Un pájaro carpintero con una oxidada prótesis mecánica en su pico, acompañado de un colibrí que aleteaba sin parar, colgado del aire.
Petite Lièvre sacudió la cabeza para espantar al sueño, pero era real. Estaban ahí, junto a su cama.
-Lugar de paso por obras, la casa será meneada, reestructurada, maleada, lanzada por los aires tal vez –espetó el carpintero mecánico.
-Je. Esto es un sueño. Lo sé.
-Mide –el carpintero desoyó con desdén a la niña, que ya había sacado toda su cabeza despeinada de la cama.
El colibrí medidor voló a toda velocidad por las paredes de la habitación, piando y memorizando cifras. En cuanto terminó, se posó en el hombro del enojado carpintero y le susurró algo al oído. Éste abrió su oxidada prótesis hacia la cama:
-Mañana. Desaloje. Adiós.
-Pero… ¿qué obra si es un bosque?
-Expansión arbólica. Velocidad impredecible. Desaloje.
Se fueron. Ella intentó despertarse y vio que no podía. Se asustó. Si los pájaros eran reales…
Saltó de la cama y miró por la ventana. Ninguna larva. Y su pequeño ala delta, de alas de mosca donadas por el viejo Ruud, estaba intacto.
-Uf.
Mientras sentía las últimas pulsaciones endemoniadas del eterno speed y los grupos de pensamientos móviles seguían saltando de cavidad en cavidad cerebral, la música empezó a sonar más lejos, la conversación cercana desapareció y de repente la oscuridad estalló en un formidable fogonazo naranja.
Todo naranja. Sintió bajo el costado, el hombro y la pierna la superficie rugosa, cálida y palpitante. Se encontró mejor, casi saludable. Decidió levantarse, y lo hizo despacio, escrutando el nuevo escenario. Nadie. Nada. Bien. Y aquella superficie naranja, que palpitaba y ronroneaba bajo sus pies, le invitó a seguir andando.
Y anduvo y anduvo sin importarle todo lo demás.