De todos los errores que pudo cometer mientras se dirigía al lavabo, eligió colarse en la cocina y, absurdamente, abrir el frigorífico. Allí lo vio todo, que era nada: un inmaculado vacío blanco y una surtida variedad de salsas.
Lo demás, un tornado cerebral en el baño y un fundido a blanco baldosa. Ya en el sótano, inconsciente, no pudo sentir cómo era firmemente atado a la mesa mugrienta de sangre seca. Ni el estudiado tajo letal.
Nunca hubiera podido imaginar las horas de diversión que su cadáver le proporcionó. Los jadeos, los bailes, el chapoteo en sagre y vísceras. Los orgasmos entre aullidos.
En el fondo, tampoco podía quejarse: su carne de chapero sirvió de alimento durante tres semanas al mismísimo Jeffrey Dahmer.

