Cuando se le cayeron por séptima vez, decidió salir a tomar un poco el aire. Ahí estaba, como siempre, el leve rumor nocturno de los carromatos: los ronroneos de Murielle, la música ratonera de Othon, la lujuria rítmica de las siamesas…
Lo sabía, estaba a punto de perder el número. Un error más y sería relegado a cuidar a los animales. Pasaría las tardes conversando con Etien, acariciando el lomo de Feneste, despiojando a Bud. Chasqueó los dientes y abandonó el poblado.
Al rayar el alba, volvía a su carromato con la certeza de que algo había cambiado. Un par de ensayos y alehop, volvía a sonreír.
Nunca diría dónde los había conseguido. Al día siguiente presentaría a Max su nuevo número de malabares y le convencería. Satisfecho, los colocó en fila. Uno dos tres cuatro cinco. Y pensó que tal vez sería más impactante, más circense, si pintaba las uñas. De un color vistoso pero a la vez moderno, nada de horteradas.
Decidió que era una buena idea y se fue a dormir plácidamente.

Un resbalón, el primer tropiezo de la serie. El espectáculo y su esencia, era mejor el primer circo, el impacto de la sorpresa, la melodía de lo sutil, de lo auténtico; el resfresco que calma la sed y excita al mismo tiempo, la paradoja. Nadie podrá relegarlo del que fue, es y será su sitio, el agujero que cabó con sus propias manos
Besos
por anonimo — 24 April, 2008 @ 9:12 pm