16 Marzo, 2008

La ooteca de Doña Rugélida

Era su sitio y era el mejor sitio. Todo lo que recordaba de vida lo había pasado allí. En ese rincón oscuro y húmedo, nunca molestado por escoba alguna y sin apenas visitas de amenazadores pies.

Doña Rugélida reposaba ufana, disfrutando del momento, a pocos centímetros de su ooteca. Acababa de parir y se sentía bien: la maternidad siempre dignifica. Pero cuando oyó aquel familiar ruido, no pudo evitar que un ligero temblor se instalara en todas sus patas.

Lo vio caer a cámara lenta, imagen divina, maná en tiempos de cólera; rebotar grácilmente contra el suelo mugriento y quedarse en una insinuante postura, mostrándole impúdicamente su zona más secreta, esa nalga rosada de soñada textura. Doña Rugélida sintió un escalofrío. Era el corcho de vino más guapo que había visto en su vida.

La Doña se estiró, lució un poco de patas y oteó el microhorizonte. Antenas amenazantes vigilaban, salían de sus escondrijos. Era ahora o nunca.

Cucaracheó hasta él y ¡oh! De cerca era aún muuuuuucho más bello. Y esa personalidad todavía tan olorosa. Estremecida, Doña Rugélida se acercó y se pavoneó sin miramientos. El corcho se azoró. Acababa de salir de la botella, no sabía nada de la vida…

En pocos segundos, y ante la mirada envidiosa de otras habitantes de la bodega, Doña Rugélida hundía su boca en las maravillosas carnes humedecidas por el vino. Se excitó, se elevó sobre los cuartos traseros, mordisqueó las nalgas enloquecida y finalmente entró en éxtasis.

Sus gritos pudieron escucharse en todo el suelo bodeguil. Fue uno de los mayores orgasmos cucarachescos jamás contados. Después, jadeante, dijo unas palabras de amor al oído del corcho y sopesó la idea de salir en busca de una buena colilla que rematara la faena.

Entonces se acordó. No. La ooteca. Mis pobres niños. Corrió y corrió pero no llegó más que para ver cómo el zancudo arácnido abandonaba el lugar del crimen, limpiándose la boca con una servilleta y guiñándole un ojo.

No hubo ni un solo superviviente a la masacre.

 

2 Comentarios »

  1. Querido amigo Dimitri.
    Como vos sabréis, soy un profano en el noble arte de la escritura, pero aun a riesgo de estropearte esta fábula, digna de Esopo, me permito hacerte una corrección.
    Al revés que otros insectos, las cucarachas no hacen nidos, sino que llevan sus huevos pegados al cuerpo.
    Como puedes ver a parte de tocar los “cojons”, sigo sin hacer comentarios metafísicos.
    A ver si nos vemos.
    Un abrazo.

    por alga — 27 March, 2008 @ 9:42 am

  2. ud tenía que ser, ud tenía que ser…

    los comentarios aleccionadores, siempre bienvenidos. lo metafísico ya se irá bailando, oiga.

    un abrazo.

    por Dimitri — 31 March, 2008 @ 5:37 pm



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