El zumbido llega, enhiesto y electrizante, cruzando el frío océano de relajación donde retoza. Sabe que debería estar trabajando, pero también sabe que el tipo de zumbido no es de control de zanganismo. Aun y todo, desconecta ipso facto el océano violeta y vuelve a lo palpable. A Él no le gusta tener que llamar dos veces.
Orien parpadea lentamente con sus minúsculos ojillos negros y emite sus impulsos motrices. Las ruedas chirrían y la silla biónica que sustituyó hace tiempo a su tren trasero se pone en marcha. Mientras los chirridos entonan su monótona cantinela, recorre a velocidad de crucero los fríos y solitarios pasillos hasta que llega a la enorme puerta. Aún madera.
El portón se abre y la rata gris postrada sobre la silla de ruedas entra, ahora renqueante y remolona, hasta el centro de la estancia junto a la enorme vitrina. Se aclara la voz y no dice nada. Sólo mira a la solución de silicio y sales donde fluye esa maraña de metagigas en destelleantes movimientos, y que ahora adoptan una mueca hosca, expectante.
-Los informes de contención me ponen la carne de gallina –dice Él con su voz sombría pero musical.
-Estamos a punto de localizarlos. Esta vez no escaparán, señor –repone Orien mientras empieza a girar chirriante en torno la vitrina.
-¿Qué tienen? ¿Qué les dan a esos malditos titiriteros? Hay que aplastarlos cuanto antes, no me fío de ellos. Siempre siguen ahí. Siempre siguen ahí.
-Si se me permite…
-¡No! ¡Las Fuerzas ahora no sirven para nada! Tristeza neuronal animal.
-Yo…
-Calla. Avisa a la Asamblea y que preparen un comité de propaganda sensorial. Tienen que destruirse entre ellos.
-Pero… -una mirada taladradora le hace callar.
-Vete. Avísame cuando estén listos.
-Sí, señor.
Orien vuelve a chirriar y enfila la gran puerta. Ya en los pasillos, chasquea casi imperceptiblemente los dientes. Las Fuerzas de Impacto siempre le traen algo de recuerdo. Un trocito de cráneo o un jirón de retina, un detalle, un juguete para llevar a sus hijos por la noche a la vuelta al hogar…
