Marieta tiene cuatro años y nunca ha dicho una palabra. Marieta es una acróbata de preescolar, con invisibles alas blancas, mirada sonriente y ese sempiterno silencio. Marieta tiene millones de pecas y pelo de zanahoria. Una tarde, al bajar del bus de la escuela, entre los eternos edificios enhiestos y apenas sobresaliendo un palmo de la bruma azulada del asfalto, Marieta encontró unas botas naranjas. Sin dudar, se quitó los zapatos y se las puso. Ellas le dijeron a dónde tenía que ir.
Horas más tarde, Marieta llegó a casa y encontró a su madre desquiciada. Sin escuchar la bronca, la pequeña empezó a bailotear, llenando la entrada de barro mientras canturreaba por lo bajini. Era una voz extraña, pero HABLABA. La madre paralizó hasta su menor músculo. Su moño-lápiz se revolvió y se deshizo, dejando retozar el pelo sobre los hombros.
-Puedes hablar…
Entonces sonó la voz, siamesa, en dos tonos armónicos:
-Marieta todavía no quiere hablar. Tenemos hambre y necesitamos un buen baño. ¿Podemos merendar algo?
Entre 2014 y 2017 se instaló, por justa democracia, un gobierno de terror liberal. Entre otras profesiones consideradas contaminantes, la de titiritero se llevó la peor parte. Tal era su capacidad de hacer sonreír y reflexionar al vulgo. Fue famosa en aquella época una pequeña compañía -"The Minimettes"- que burló innumerables veces los controles virtuales y a la policía terrenal. La Era Neurodigital daba sus primeros pasos y los espectáculos retinopalpables llevaban años abocados a un cruel ostracismo.
Una tarde, mientras The Minimettes hacían reír a mandíbula batiente a un grupo de animales biónicos en un particular bosque verdegrís, las Fuerzas de Impacto cayeron sobre ellos. En unos minutos, fueron ahorcados con las cuerdas de sus propios títeres del árbol más cercano. Con las piernas inertes colgando sobre el minúsuclo escenario, Antke dio a luz una vez muerta. El feto ensangrentado cayó sobre el teatrillo y luego al suelo. Los animales, escondidos y aterrados entre los arbustos, le recogieron y cuidaron.
En cuanto tuvo el más mínimo destello de razón, Mumu supo que dedicaría su vida a ser titiritero.
Nos nos levantamos, bajamos las escaleras, nos vamos juntando todos sin apenas mirarnos y cruzamos descalzos la puerta retrocool que debería lanzarnos unas décadas atrás, pero cuando entramos en el salón hemos retrocedido mucho más, demasiado más, y qué porque ya lo sabíamos así que esperamos nuestro turno mientras la noche severa y silenciosa nos vigila desde los amplios ventanales, y cuando ya no puedes soportar el olor a cadáver putrefacto dentro de tu nariz, ha llegado tu turno entonces él te sonríe y te da un cariñoso lametazo en la cabeza con su gran, cálida, húmeda y hedionda lengua formada por miríadas de insectos.
El relato "En gramos", que encontrarán en este su hogar un poco más abajo, ha resultado recientemente finalista del I Premio de Relato Mínimo Diomedea. Gracias a todos los que de forma presencial o fantasmal apoyan a Dimitri, porque otorgan a aqueste lugar la mayor parte de su sentido.
alasdealbatros.blogspot.com/2007/12/fallo-del-i-premio-de-relato-mnimo.html
Estoy en la 241 y no es un sueño, aunque lo parece. La he encontrado en el pasillo, le he sonreído, le he dicho algunas palabras. Creo que no entiende nada o casi nada de mi castellano balbuceante. Ella apenas habla, sólo algunas palabras en búlgaro que no comprendo. Pero sí he entendido su mirada, he sabido que mi mano calentaba la suya gélida, y he zascandileado cuando me ha llevado a grandes zancadas a su habitación.
Ha cerrado la puerta, nos hemos sentado en la cama. Parece que la compañía es suficiente. Ella me mira, sonríe y parpadea. Tiene unos ojos grandes, profundos, de un azul claro límpido con mínimas vetas oscuras. Esperamos. Dejamos que pase un largo silencio. Entonces yo saco un papel y escribo mi nombre. Lo leo en alto. Lo repito, le explico por signos que soy yo. Ella lo repite, sorprendentemente bien. Luego le invito a que escriba el suyo. Tiene letra de niña. MICAELAH. Yo lo repito, lo digo alto, me levanto y hago el mono canturreando su nombre hasta que consigo que se ría. Tiene una risa musical, muy bonita aunque oxidada.
El papel sigue dando juego, dibujo un mapa y le marco mi ciudad, luego ella hace lo propio. Dibuja aún peor que yo, pero sonríe mientras lo hace, y eso es más que suficiente por el momento. Es tarde y tengo que irme, las visitas están a punto de terminar. Ella intenta retenerme pero le señalo mi reloj y pongo cara triste. Cuando le señalo un día cercano en un calendario da palmas y salta perdiendo una zapatilla que le queda enorme. En la última mirada antes de irme está sonriendo…
Otro día, el mismo verano y el mismo calor. Voy directo a la 241, Gorka puede esperar. Micaelah ha hecho dibujos. Infantiles, con colores y palabras con su letruja. Animales, casas, montes y una nave espacial. Entonces yo dibujo objetos y animales mientras ella adivina lo que son. Se vuelve loca de alegría cada vez que acierta. Aunque tiramos de mímica, supongo que celebramos algunos aciertos fallidos, pero eso tampoco importa nada.
Cuando paso a la habitación de Gorka, ella husmea por el pasillo hasta que le invitamos a entrar. Ve la tele con nosotros, se ríe con nosotros, mira una revista de cotilleo con la madre. Antes de irme, vuelvo con ella a su habitación. Esta vez saco mi aparato de música portátil de última generación y compartimos los cascos. Elijo una canción para ella, creo que le gusta. Cada vez que empieza otra patalea como una niña, hasta que la vuelvo a poner. Y así sin mesura. Después de escucharla siete u ocho veces, me despido y me mediodeja marchar.
El verano empieza a agonizar, Gorka está a punto de volver a Pamplona y Micaelah ya no es un alma en pena por los pasillos. Canturrea, dibuja, me enseña búlgaro, chapurrea el castellano. Y su cicatriz empieza a perderse en su pelo castaño y fino.
Hoy le traigo un regalo. Entro en la habitación y está vacía. Nada. Nada. Nada. La cama impoluta, la ventana abierta, un calor sofocante y nada.
Corro hasta el mostrador de la entrada al pasillo. Qué ha pasado con Micaelah. La enfermera, que me conoce de sobra, me mira fríamente. Me pregunta si soy familiar. Pues no puedo darte ninguna información. Le hablo, le explico todo, le imploro con la mirada pero se cierra en banda. Información reservada a familiares.
Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien…
Han pasado cinco años desde aquella tarde sofocante de verano. Todavía, cuando escucho aquella canción, no puedo evitar acordarme de Micaelah. Algunos días, me la imagino riendo con sus familiares, de vuelta en Bulgaria. Todos, tan felices. Otros días, no puedo evitarlo, porque aún me mira con los ojos abiertos, con esos profundos ojos azules, sólo veo el pijama grande y la sangre, y su cabeza abierta, destrozada contra el pavimento gris que había bajo su ventana.