Volví a los tres días. Sólo estaban la madre y Gorka. Él tenía mucho mejor cara, nada que ver. Y todo fue mucho más suelto. La madre pudo descansar, bajar a la cafetetía, relajarse un poco. Nosotros nos enzarzamos con la tele y con conversaciones más o menos divertidas. Él me contaba aventuras en el restaurante familiar, en Pamplona. Yo le hablaba de Madrid, de algunas peripecias laborales, casi de lo que fuera. Al rato volvió la madre, y fue cuando tuvimos que salir de la habitación. Era la hora de la limpia. Le dejamos con las enfermeras y salimos al pasillo.
No era un pasillo que te levantara la moral precisamente. Sólo entonces caí en la cuenta de que se trataba todo de pacientes con recientes operaciones craneales. Algún paseante ensimismado, habitaciones muy silenciosas, familiares con caras largas… y entonces la vi. Inmediatamente noté cómo mi alma se materializaba y empezaba a caer, una gelatina que se deslizaba por la parte interior de mi pierna izquierda.
Sus intensos ojos miraban a nada con una desesperación infinita. Nunca había visto tal tristeza, una rictus pétreo tan desolador. Creo que dejé de respirar. Era guapa, y llevaba el pelo rapado, un pijama de chico y pantuflas. Estaba acurrucada, de cuclillas contra la pared del pasillo. Miré a la madre de Gorka, pero vi que paseaba hacia la otra parte del pasillo. Volví a la chica de la infinita tristeza, que no llegaba a los treinta, y vi cómo una una gruesa lágrima se deslizaba muy lentamente por su mejilla. Me quedé paralizado, quería hacer algo pero no arrancaba. No sabía qué. Alguien apareció de repente y la abrazó, le ayudó a ponerse en pie. Llego alguien más, se oyeron comentarios sueltos. Que no le vienen a ver, que está sola. Enferma. Cabeza. Bulgaria.
Le convencieron para que volviera a su habitación, entre lágrimas. Lo último que vi fue su espantosa cicatriz detrás de la oreja… La voz de Gorka me devolvió a la realidad, a mi visita. Que ya empezaba el programa, que fuera, me decía sonriente desde su cama.
El resto de la tarde, no pude quitarme de la cabeza aquella mirada tan triste. Cuando me despedí, habiendo improvisado que la próxima vez habría una feroz partida de escoba o chinchón, ya estaba anocheciendo.
Salí al pasillo y miré hacia la habitación de la chica. Vi que su puerta estaba abierta mientras me dirigía hacia las escaleras. Con una última mirada la atisbé, perdida, acurrucada en una esquina del fondo del pasillo. Por un segundo, desaceleré mi habitual caminar rápido. Pero no me detuve. Mientras bajaba las escaleras, algo me gritaba que hiciera algo. Llegué a la planta baja, me paré. No podía dejarla así. De repente, el cálido anochecer se me antojó placentero, la vuelta tranquila a casa… pero vi sus ojos claros llorando y mi mano se agarró con fuerza al pasamanos de la escalera. Me quedé quieto, mirando al suelo y sin saber qué hacer. Un médico canturreante que ni me vio pasó a mi lado. Miré a la calle, miré escaleras arriba. Pero seguí ahí parado sin poder decidirme…
Bueno, uno que no piensa decidir cómo sigue el cuento. Ahora sí, amigo Hellboy, les toca. ¿Recoger y reconstruir la masa gelatinosa que aún se arrastra por el linóleo o una tranquila vuelta a casa?

Siempre linóleo, siempre.
por Hellboy — 29 November, 2007 @ 7:02 pm
linóleo por favor!
por silvia — 29 November, 2007 @ 9:11 pm
Una gelatina que se deslizaba por la parte interior de mi pierna izquierda?
Pero tu no calzabas a la derecha?
Sube para arriba a visitar a la Bulgara.
por algaabad — 3 December, 2007 @ 11:26 am
no vale q al subir te la encuentres dándose el lote con un enfermero o que le haya dado un patatús. pido cuento con feromonas y pasión a raudales, que hace mucho frío.
por miren-ninaz — 18 December, 2007 @ 5:17 pm