Nunca hubiera pensado que se pudiera tener una cicatriz tan enorme en el cráneo. Era terrible, iba de oreja a oreja y al verla era imposible no imaginarse la cabeza abierta como una sandía.
Yo acababa de abrir la puerta de la habitación de hospital. La mastodóntica cabeza, hinchada tras la operación y aparatosamente vendada, centraba la composición. Unido a ella, él me sonreía o algo parecido. A su lado, sus padres me miraban agradecidos. El resto, hospital aséptico. Blanco y nada.
Presentaciones, discreta aproximación. Empecé con las banalidades pertinentes. Que si he llegado antes de lo que pensaba, que si esta semana hay poco trabajo, que mira tú el calor que está haciendo –era un verano especialmente caluroso. La conversación era sobre todo entre el padre y yo. El chico, Gorka, debía de tener mi edad y por el momento se limitaba a leves acotaciones monosilábicas. Bajo la nebulosa de los sedantes, rebosaba de ilusión. Se notaba.
Habían venido desde bastantes kilómetros más al norte. Yo, como representante de la familia y en honor a una profunda amistad que ya había visto pasar por casa, tenía que estar allí. Acto de presencia. Compañía para el tedio estival en hospital. Divertimento para un cráneo recién abierto…
Era una extraña inflamación de una parte del cerebro, que nadie se atrevía a intentar extirpar y que procuraba a Gorka interminables horas de agudas migrañas. Con esta operación, todo eso tal vez estaba a punto de terminar. Por eso, su hinchada testa y aquella terrible cicatriz eran lo de menos: si todo iba bien, aquello era el principio de su nueva vida. Por eso me sonreía todo lo que el enorme hinchazón le permitía.
La televisión sirvió para ir engrasando la situación. Programas bodriosos de tarde, algo de deporte… cualquier cosa en otras condiciones infumable nos bastó para ir pasando la tarde. Por supuesto, yo me hacía continuamente el gracioso, intentado hacer algo más cotidiano lo forzosamente forzado. Así, la tarde fue cediendo y al final llegó el momento de despedirse. La mirada de agradecimiento de Gorka mientras estrechaba mi mano compensó mil veces esta primera visita y las que vinieron después.
Eran las nueve de la noche y fuera todavía hacía un calor abrasador…
[tobecontinued]

¿Aquí también se puede opinar? Yo propongo que la extraña afección de Gorka sea contagiosa…
por Hellboy — 28 November, 2007 @ 9:32 am