29 Noviembre, 2007

Los mundos de Micaelah (II)

Volví a los tres días. Sólo estaban la madre y Gorka. Él tenía mucho mejor cara, nada que ver. Y todo fue mucho más suelto. La madre pudo descansar, bajar a la cafetetía, relajarse un poco. Nosotros nos enzarzamos con la tele y con conversaciones más o menos divertidas. Él me contaba aventuras en el restaurante familiar, en Pamplona. Yo le hablaba de Madrid, de algunas peripecias laborales, casi de lo que fuera. Al rato volvió la madre, y fue cuando tuvimos que salir de la habitación. Era la hora de la limpia. Le dejamos con las enfermeras y salimos al pasillo.

No era un pasillo que te levantara la moral precisamente. Sólo entonces caí en la cuenta de que se trataba todo de pacientes con recientes operaciones craneales. Algún paseante ensimismado, habitaciones muy silenciosas, familiares con caras largas… y entonces la vi. Inmediatamente noté cómo mi alma se materializaba y empezaba a caer, una gelatina que se deslizaba por la parte interior de mi pierna izquierda.   

Sus intensos ojos miraban a nada con una desesperación infinita. Nunca había visto tal tristeza, una rictus pétreo tan desolador. Creo que dejé de respirar. Era guapa, y llevaba el pelo rapado, un pijama de chico y pantuflas. Estaba acurrucada, de cuclillas contra la pared del pasillo. Miré a la madre de Gorka, pero vi que paseaba hacia la otra parte del pasillo. Volví a la chica de la infinita tristeza, que no llegaba a los treinta, y vi cómo una una gruesa lágrima se deslizaba muy lentamente por su mejilla. Me quedé paralizado, quería hacer algo pero no arrancaba. No sabía qué. Alguien apareció de repente y la abrazó, le ayudó a ponerse en pie. Llego alguien más, se oyeron comentarios sueltos. Que no le vienen a ver, que está sola. Enferma. Cabeza. Bulgaria.

Le convencieron para que volviera a su habitación, entre lágrimas. Lo último que vi fue su espantosa cicatriz detrás de la oreja… La voz de Gorka me devolvió a la realidad, a mi visita. Que ya empezaba el programa, que fuera, me decía sonriente desde su cama.

El resto de la tarde, no pude quitarme de la cabeza aquella mirada tan triste. Cuando me despedí, habiendo improvisado que la próxima vez habría una feroz partida de escoba o chinchón, ya estaba anocheciendo.

Salí al pasillo y miré hacia la habitación de la chica. Vi que su puerta estaba abierta mientras me dirigía hacia las escaleras. Con una última mirada la atisbé, perdida, acurrucada en una esquina del fondo del pasillo. Por un segundo, desaceleré mi habitual caminar rápido. Pero no me detuve. Mientras bajaba las escaleras, algo me gritaba que hiciera algo. Llegué a la planta baja, me paré. No podía dejarla así. De repente, el cálido anochecer se me antojó placentero, la vuelta tranquila a casa… pero vi sus ojos claros llorando y mi mano se agarró con fuerza al pasamanos de la escalera. Me quedé quieto, mirando al suelo y sin saber qué hacer. Un médico canturreante que ni me vio pasó a mi lado. Miré a la calle, miré escaleras arriba. Pero seguí ahí parado sin poder decidirme…

 

Bueno, uno que no piensa decidir cómo sigue el cuento. Ahora sí, amigo Hellboy, les toca. ¿Recoger y reconstruir la masa gelatinosa que aún se arrastra por el linóleo o una tranquila vuelta a casa?  

 

26 Noviembre, 2007

Los mundos de Micaelah

Nunca hubiera pensado que se pudiera tener una cicatriz tan enorme en el cráneo. Era terrible, iba de oreja a oreja y al verla era imposible no imaginarse la cabeza abierta como una sandía.

Yo acababa de abrir la puerta de la habitación de hospital. La mastodóntica cabeza, hinchada tras la operación y aparatosamente vendada, centraba la composición. Unido a ella, él me sonreía o algo parecido. A su lado, sus padres me miraban agradecidos. El resto, hospital aséptico. Blanco y nada.

Presentaciones, discreta aproximación. Empecé con las banalidades pertinentes. Que si he llegado antes de lo que pensaba, que si esta semana hay poco trabajo, que mira tú el calor que está haciendo –era un verano especialmente caluroso. La conversación era sobre todo entre el padre y yo. El chico, Gorka, debía de tener mi edad y por el momento se limitaba a leves acotaciones monosilábicas. Bajo la nebulosa de los sedantes, rebosaba de ilusión. Se notaba.

Habían venido desde bastantes kilómetros más al norte. Yo, como representante de la familia y en honor a una profunda amistad que ya había visto pasar por casa, tenía que estar allí. Acto de presencia. Compañía para el tedio estival en hospital. Divertimento para un cráneo recién abierto…

Era una extraña inflamación de una parte del cerebro, que nadie se atrevía a intentar extirpar y que procuraba a Gorka interminables horas de agudas migrañas. Con esta operación, todo eso tal vez estaba a punto de terminar. Por eso, su hinchada testa y aquella terrible cicatriz eran lo de menos: si todo iba bien, aquello era el principio de su nueva vida. Por eso me sonreía todo lo que el enorme hinchazón le permitía.

La televisión sirvió para ir engrasando la situación. Programas bodriosos de tarde, algo de deporte… cualquier cosa en otras condiciones infumable nos bastó para ir pasando la tarde. Por supuesto, yo me hacía continuamente el gracioso, intentado hacer algo más cotidiano lo forzosamente forzado. Así, la tarde fue cediendo y al final llegó el momento de despedirse. La mirada de agradecimiento de Gorka mientras estrechaba mi mano compensó mil veces esta primera visita y las que vinieron después.

Eran las nueve de la noche y fuera todavía hacía un calor abrasador…

 

[tobecontinued]

19 Noviembre, 2007

Sounds of The White Nalgarians (y IV)

En efecto, The Red Pizpirette observa la jugada desde muy cerca, temiendo lo peor de la pérfida Ni-nah. “Tenía que tener hoy sus clases de claquet” piensa The Red frunciendo el ceño, “¡esta Minine me tiene frita! Tendré que enfrentarme sola a esta mala gente…” Y et voilà: en un alarde de flexibilidad, y superando todas sus vergüenzas, saca a relucir –lo que se dice relucir literalmente- una mínima parcela de su nalga derecha.

Un blanco destello de luz cruza todo el estadio. La mirada extraviada y estrábica de Barbettone, por supuesto, no lo pasa por alto. Automáticamente, su cerebro y su hocido empiezan a salivar, y en pocos minutos el recinto entero se pregunta qué está pasando. Por qué ha parado la música y qué pasa allí delante.

Poco después, se anuncia la aparición estelar de una antigua colaboradora de la banda. The Red Pizpirette sale a escena, entre vítores y aplausos. Su incandescencia facial supera todo lo imaginable. Además, al no disponer de la patentada Nalgarian Pantalonette (que permite los azotes musicales), la joven no tiene más remedio que dejar caer sus pantalones contra el suelo, para sonora alegría del respetable…

Ha llegado el momento de oír la musicidad de las nalgas de The Red Pizpirette, que no las tiene todas consigo. Titubeante, se sube al armazón del instrumento humano y se coloca. La música vuelve a sonar y todo parece marchar bien, sonar divinamente. La invitada pasa lo suficientemente desapercibida, pero la cara de Ni-nah no parece aprobar la nueva situación. “¡Esa rubia hortera se va a enterar! ¡No me la jugará otra vez!”, piensa mientras se lanza a entonar los primeros arpegios de los acordes del mal.

Pero he ahí que The Red Pizpirette está pero que muy atenta, y aprovechando el extasiante solo que Barbettone está interpretando sobre sus nalgas, propinar un rápido y certero arañazo a las posaderas de la Ni-nah. El grito musical de la bruja sónica en todo el recinto pero Barbettone, en su inopia habitual, ni se entera. No hasta que vuelve a las nalgas de Ni-nah y escucha con horror el desafine  vocal causado por el dolor Entonces todo se precipita. El concierto se vuelve a parar, se oyen los primeros pitidos, alguien tira un zapato al escenario.

Se monta un revuelo simpar en el instrumento humano. Entre el público, nadie entiende nada… Tras unos minutos de desconcierto, se anuncia la retirada de escena por calambre nalgar de una de las White Nalgarians. En efecto, es Ni-nah quien vuelve a despedirse de alguien con un vengativo puño en alto… El concierto se reanuda y cuentan que fue todo un éxito, dadas las altas cotas líricas alcanzadas por la misteriosa colaboradora de tan refulgentes nalgas…

Y así fue, amigas y amigos, como sin que nadie llegara a enterarse, The Red Pizpirette salvó a miles de personas de caer en el malvado hechizo sónico de Ni-nah. Eso sí, pagó el alto precio de atesorar unas rojas pero que muy rojas nalgas durante varios laaaaaaaargos días…

 

 

13 Noviembre, 2007

Sounds of The White Nalgarians (III)

Ni-nah entra en la casa, moviendo bien sus caderas a diestra y siniestra. Barbettone observa muy atentamente cada movimiento facilitado por aquellos crueles tacones. En silencio, como cuando se muestra una mercancía valiosísima, una nalga refulgente ilumina la estancia y la cara del lobo, donde se dibuja una sonrisa enooooorme que muestra todos sus putrefactos dientes.

“Son unas nalgas sin igual”, piensa Barbettone mientras las palpa y mesura con sus callosas pero habilidosas manos. “¡Abarcan hasta dos octavas y media, increíble!”. Y también pudo comprobar cómo su textura única le permitiría entrar en otro mundo de cabriolas técnicas, renovando así su ya un poco anquilosado repertorio.

Sobra decir que la primera sesión musical entre Barbettone y Ni-nah es todo un éxito.

Con la casual ayuda de sendos accidentes acaecidos a Red Bucles y a Campenille, Ni-nah se convierte en poco tiempo en la White Nalgarian favorita de Barbettone. Y del público. Es la estrella de todos los recitales, la más aplaudida, la posadera mimada del barbudo lobo que, por otra parte, está bastante mayor y no se huele la que se le viene encima…

Fue en un multitudinario recital. El plan ultrasecreto de Ni-nah estaba a punto de llevarse a cabo. En sus años de estudio con el malvado brujo sónico Piotr, habían recuperado y mejorado el Diabolous in Musica, ese acorde maldito y perseguido en el medievo, adaptándolo a los nuevos tiempos. El bueno de Barbettone, extasiado con las nuevas nalgas, no había visto la progresiva inclusión de esas disonancias en sus composiciones. Así, el público presente –aquellas cinco mil personas- estaba a punto de sufrir en sus tímpanos el pérfido conjuro sónico que Ni-nah había preparado durante tanto tiempo. Y estaba segura de que funcionaría, de que el estupor general, primero, y luego la hipnosis profunda iban a sucederse.

Pero lo que no sospechaba  Ni-nah era que entre las primeras filas unos ojos grisazules no le perdían de vista, junto a unos mofletes que se acercaban más y más a la incandescencia…  

 

¿Morirá todo el público? ¿Tendrá algo que decir el ancianete Barbettone? ¿O será la impepinable The Red Pizpirette quien saque otra vez las castañas del fuego? En breve, amigas y amigos, el apasionante final de esta conmovedora historia de nalgas y conjuros sónicos a la que ya le están preparando su telefilm vespertino…

 

ecoestadistica.com