-Toc, toc.
-¿Quién me llama?
-Somos nosotras. Queremos renegociar nuestros contratos.
-¿Qué nosotras?
-¡Campenille y Red Bucles, y lo sabes! ¡Estamos hartas de que nos explotes! ¡¡Abre ahora mismo o no volverás a tocar ritmos con nuestras nalgas nunca más!!
* * *
-Toc, toc.
-¿Quién me llama?
-¡SGAE Animal! ¡Está rodeado! ¡¡¡Abra inmediatamente o echamos la puerta abajo!!!
* * *
-Toc, toc.
-¿Quién me llama?
-Soy Ni-nah, la Bruja Sónica. Vengo a proponerte un trato. Y seguro que de paso no te importaría conocer mis nalgas polifónicas…
¿Un asalto armado a la untuosa morada de Barbettone? ¿Un terrible pacto sónico y polifónico con la terrible Ni-nah? ¿Tendría entonces algo que decir The Red Pizpirette? ¿O se verá nuestro protagonista huroneado por sus mejores solistas? ¡Hagan juego!
Barbettone di Loup era un malo malvadísimo lobo que gustaba de tocar elaborados ritmos musicales con sus manos en las marmóreas nalgas de las jóvenes caperucitas que le visitaban. Al contrario de lo que pudiera parecer, estas visitas eran copiosas y no pasaba un solo día sin que alguna jovencita llamara a la puerta de su destartalada guarida en el bosque.
Cuando hubo seleccionado los mejores sonidos nalgares y gartantiles (pues los gemidos de las damiselas también conformaban la totalidad sonora), Barbettone habló con una promotora underground y juntos programaron una pequeña gira por locales de poca monta.
El proyecto se llamó Sounds of The White Nalgarians y el éxito fue rotundo. El barbudo lobo, con sus endiablados y alucinados ritmos que elevanban sónicas construcciones laberínticas, dejaba al público (principalmente femenino, por otra parte) patitieso y boquiaberto a partes iguales. Huelga decir que esta minigira llevó a otra más grande. Más público, más dinero, más nalgas enrojecidas y más gemidos afinados.
Después de la primera gira mundial, cuando Barbettone di Loup disfrutaba de su nueva vida de ostentación y pereza a todo tren, recibió una inesperada visita.
Comienzan los Cuentos Inconclusos por Indecisión, o Elige tu Desventura con Dimitri. En la próxima actualización, se propondrán tres posibles continuaciones del cuento. El abundante público presente deberá elegir una. Un voto será quórum suficiente para inclinar la balanza, y el cuento autopergreñará su propio final en la mayor brevedad posible.
Fueron demasiados años los que pasó levantándose a las 8, corriendo, creyendo, cumpliendo, sonriendo. Sintiendo afiladas gotas de sudor frío rajándole la espalda y mirando hacia otro lado. Primero fueron aquellos pelos gordos y negros en las manos y en los pies. Luego los dientes. Nadie decía nada, él tampoco. Fue notando cómo sus sentidos más rastreros se hacían más refinados, adaptándose al habitat cloaquil. Cuando llegó a los cuarenta, andaba encorvado mientras se mesaba los bigotes entre chillidos de risa: tenía más de rata que de hombre. Fue una mañana frente al espejo. Su último resquicio humano fue consciente de todo, y emitió un chillido tan agudo que apenas pudo oírlo. Había visto en sus huidizos ojos que ya jamás habría marcha atrás…
Cuando se puso a la cola, tuvo un raro presentimiento: aquella vez no iba a ser como cada primero de mes. Una vez en la ventanilla, la voz pastosa de aquella antipática hipopótama confirmó lo inevitable. Soltó un chasquido entre sus desordenadas filas de cansados dientes, esperó unos segundos sin saber por qué y se dirigió a casa.
En el fondo, lo llevaba esperando varios meses. Ahora, sin su dosis de aroma jubilatorio, su fin en el pantano estaba muy cerca. Él, que había sido el cocodrilo más grande, más seductor y más violento en muchas hectáreas a la redonda. Él.
En la parte baja del cenagal, un grupo de chavales que ensayaban su ritual de seducción le increparon. Ni respeto. Se sumergió y dejó que su vista vagara entre las aguas fangosas…
Al llegar a casa, vio cómo ella lloraba en una esquina y no le hizo falta ni oler para saber muy bien quién era el sustituto. Ekain sonrió, ya victorioso, no quiero hacerte daño, viejo.
Y aunque ella le imploró con los ojos y le dijo que le querría igual, él desechó el camino fácil, el de los ojos cerrados, y eligió combate.
Nunca un anciano había vencido a su sustituto a pura mandíbula, y aquella vez no fue distinto.
Siempre hacía lo mismo, una y otra vez: pasar por encima de los ojos, pisándolos hasta casi hacer estallar los globos oculares con sus pies. Pero cuando se encontró con aquellos ojos verdes, no saltó por encima, ni pasó de largo ni nada. Ni siquiera se movió. Simplemente bajó la mirada y encajó como pudo el beso.
Los ojos verdes sí estallaron, deshaciéndose en muerte líquida, cuando él los pisó y siguió su camino.
Rebeca ha perdido taaaaaaaaanto tiempo que sus ojos están vacíos, que sus labios no dibujan más que una fina línea tensa, que cuando habla se oye desde fuera de sí. Tanto que los pétalos que fueron rosas hoy son grises y putrefactos. Tanto, qué tonta. Rebeca. Tanto que no puedes ni contarlo…