8 Septiembre, 2007

Hojas, puertas

Justo en el momento en que va a frenar en seco, las hojas transparentes se abren –parece que el maldito sensor sí le ha detectado- y el interior de la estación aparece ante su cara de susto. Siente cómo todos los ojos que esperan entre maletas se posan sobre su figura delgaducha, perdida en ropa siempre demasiado grande, que entra con paso desgarbado en el amplio hall. No se le ocurre nada mejor que cruzarlo y, cuando ve al otro lado una pequeña puerta y gente fumando fuera, la empuja y sale.

Toma aire como si le hubiera faltado durante horas, y le parece más fresco y natural que el de hace medio minuto. Mira a los fumadores. Aquello es más como estar en casa. Saca un pitillo, lo enciende y empieza a pasear por el abandonado andén. Casi pertenece al exterior, al resto del mundo semiverde y derruido que empieza un poco más allá, justo detrás de la roñosa vía y el pequeño muro. El suelo, de un granate vahído, está agrietado y en pleno proceso de integración con la naturaleza. Mira el reloj. Las cinco menos siete, y el tren no sale hasta y veinte.

Se lleva el cigarro a la boca, y al mismo tiempo –tal vez por ese comentario infantil sobre cómo coger el humo con las manos- todo vuelve a su cabeza. Con la misma sensación. La misma situación incómoda, la pastosa falta de palabras. La punzada en el pecho ante el terreno imposible de reconquistar. Y los ojos fríos de ella –tan bellos- diciendo, con esa seguridad glacial, todo esto es culpa tuya y solamente tuya…

Sin darse cuenta, se ha parado frente a una brecha que divide al muro en dos. Más allá, el edificio ruinoso llama su atención. Tal vez quiera huir de sus pensamientos y un tren en veinte minutos no es suficiente por el momento. Pasa por encima de las malas hierbas y, como un chiquillo explorador en tarde de verano –aunque es noviembre y hace frío-, se deja seducir hasta la entrada del edificio.

Es un portón doble, enorme, y está entornado. Por las dimensiones, aquello parece un antiguo almacén, o incluso un mercado. Durante unos segundos, lo imagina lleno de vida, de puestos, de frutas y verduras y de voces. Empuja la puerta y entra. Es muy amplio y tiene aquí y allá cristales rotos, restos de hogueras y desperdicios.

Las cinco en punto. Empieza a cruzar la gran estancia, y cuando pisa un trozo de cristal que se rompe, el chasquido parece activar otro chasquido, éste eléctrico, y tras un breve zumbido, los altavoces –pero, ¿qué altavoces?- empiezan a sonar. Es una voz femenina, aséptica, que apenas se distingue entre los crujidos de un sistema de sonido a punto de fenecer. Sólo alcanza a distinguir palabras sueltas. Clientes. Ofertas. Durar. Enfermería. Oportunidad. Desde 295. Lo quisiste. Escolar. Precio.

La voz se apaga definitivamente. Él se ha quedado quieto, sintiendo un escalofrío espalda abajo. El silencio ahora es sepulcral, salvo el pulso acelerado en las sienes. No puede haber un viejo circuito de altavoces que suene solo. Alguien le debe de estar gastando una broma, pero allí ni se oye ni se ve a nadie. Las cinco y cuatro. Sigue avanzando, haciendo crujir la gravilla, hacia el fondo, donde una puerta sin puerta esconde algo en penumbras.

Entra. Huele a excrementos, vino, tabaco y algo más que no puede identificar. Algo se mueve en la esquina oscura, hay un chispazo y una cerilla ilumina la estancia. Está recostado sobre un viejo asiento de coche, y no viste tan mal como cabría esperar. Con la cerilla, enciende una vela y después su pipa de hueso. El aroma dulzón lo impregna todo mientras suelta las bocanadas de humo. Le mira sin decir nada. Él no puede dejar de fijarse en sus brillantes zapatos de hebilla, en sus calcetines verdes, en sus rizos rojos pegados al cráneo. Luego, esa alfombra, ese cenicero de pie maravillosamente demodé. La mesita romboidea y diminuta. Y sobre todo, ese árbol tintineante. Ese pequeño bonsai de hojas de cristal, con mil reflejos que no provienen de ninguna luz.

-Tu tren va a salir –le dice mientras deja que el humo salga de su boca para colarse por la nariz-. No lo vayas a perder, no habrá otro. Coge una hoja del árbol y guárdala. Hazla añicos cuando tengas un problema, pero sólo cuando se trate de uno de ésos que no sabes cómo resolver.

Traga saliva, no da crédito, todo eso es absurdo, pero se acerca al arbolito. Una hoja de cristal se desprende y cae, flotando, hasta la base musgosa del pequeño tiesto granate. Se agacha y la coge. Está afilada. Entonces la luz empieza a bajar y él, como un actor con su pequeño papel bien aprendido, hace mutis por el foro. No pregunta nada. No da las gracias. No se despide.

Guarda la hoja de cristal con cuidado en el bolsillo de la cazadora y, cuando está a medio camino en el viejo almacén, se detiene. Las cinco y catorce. ¿Qué ha pasado realmente hay dentro? Saca la pequeña hoja transparente del bolsillo y la observa. Se vuelve y mira hacia la oscura estancia. Le parece oír el pitido lejano de un tren. Las cinco y diecisiete. ¡¡Las cinco y diecisiete!! No puede -por mil razones- perder el tren, así que echa a correr con todas sus fuerzas.

Salta por la brecha del muro, vuela sobre el andén granate y verde, grita a los sensores de las puertas. Pero cuando llega al andén, el tren está empezando a moverse. Corre un poco con él, encuentra una puerta y salta sobre ella. No es como en una película: está a punto de caer de vuelta al andén y el revisor le encuentra agarrado a la puerta con la cara lívida. Le recrimina con palabras que no oye, y en nada se puede desplomar sobre su asiento. El paisaje vuelve a arrancar y su pulso, muy poco a poco, vuelve a la calma…

En cuanto se duerme, ellos aparecen. La mirada inocente y expectante del niño, los ojos fríos de ella. Él está nervioso, el puzzle tiene tantas piezas que se le caen de las manos, sin que pueda hacer nada. Se agacha y recoge alguna, pero caen otras. Parecen cobrar vida, escapar de sus manos. Entonces recuerda -un fogonazo de ilusión- y hunde la mano en el bolsillo de la cazadora. Ahí está, el pequeño cristal. Lo toma entre los dedos y aprieta con fuerza. Siente cómo la piel se abre en una fina línea de agudo dolor. Aunque no quiere, grita. Pero ellos no dicen nada porque ya no están allí. No pueden estar muy lejos. Echa a correr, está en un bosque. Corre hasta que no puede más, pero allí no hay nadie… ¿O sí?

Primero huele la pipa y después le ve, detrás de un árbol. Se acerca y allí está, cómodamente instalado en el mugriento asiento de coche. Con sus zapatos brillantes y sus rizos rojos pegados al cráneo. Le sonríe mientras le sostiene la mirada. Luego deja de sonreír y enciende su pipa, ahora pequeña y oscura. No hay ni una palabra. Él no sabe que hacer, pierde las fuerzas y se va al suelo, que ya no es verde ni hierba sino naranja y rugoso. Además palpita, al ritmo de sus propias sienes, mientras empieza a quedarse inmovilizado…

Se despierta. El tren entero duerme. Fuera, es de noche y el paisaje es negro y apenas parece moverse. Saca el dedo del bolsillo, está sangrando. Mira el rojo brillante y es entonces cuando tiene la total seguridad de que no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer para arreglar todo aquello…

En la oscuridad del viejo almacén de la estación, el brillo de las hojas de cristal del minúsculo árbol empieza a apagarse. Él lo mira, chasquea los dientes y enciende otra vez la pequeña pipa, que se ha apagado de pura decepción. Tal vez Ellos tengan razón. Tal vez esté empezando a hacerse viejo…

 

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