23 Septiembre, 2007

Compañeras

-Que viene. Disimula.

Las dos han pasado la última media hora quejándose de todo. Que si todo el día encerradas allí, que si apenas ven la luz, que si las horas extras, que si así no hay quien conozca a un chico… Normalmente, un “es lo que hay” basta. Pero hay días, tal como hoy, que no es suficiente. Por eso cuando él entra, cada una de ellas teme que la otra diga lo que no debe y las cosas empeoren.

-Que viene. Disimula.

Él abre el armario y las mira. Sonríe a Paula, acaricia su pelo y la saca del armario. Cierra la puerta y, al poco, se oye la puerta de la calle. Se la ha llevado, como siempre. Y mientras juega a soplarse el flequillo en la oscuridad del armario, ella piensa que, al fin y al cabo y en los tiempos que corren, no deberían quejarse tanto. Muchas pagarían por ser una de las dos pelucas favoritas de un travesti educado, con buen gusto y una prodigiosa puntería para elegir perfumes excitantes…  

 

18 Septiembre, 2007

Ito

Lo que más le gusta es volar. Flotar a gran velocidad mientras asciende altas cumbres nevadas, para luego hacer giros imposibles entre la niebla, entre las nubes. Sólo muy de vez en cuando, se encuentra algún pájaro con el que echar alguna carrera, pero aún estando solo es lo que más le gusta. Lo malo es que, siempre en el mejor momento, la voz de Emerh suena desde allí abajo.

-¡Ito! Te estoy esperando.

-Un poquito más -responde siempre él-, unos giros locos y ya bajo.

No es un niño desobediente, Emerh lo sabía bien. Pero tampoco iba a bajar. Así que, tras un profundo y tranquilo suspiro, el anciano se eleva del suelo y alcanza al niño. Se coloca junto a él, los brazos cruzados y la mirada seria.

-Llevas volando un 87,38% del tiempo total de conexión. ¿No crees que ya es hora de aprender algo hoy?

Ito revolotea a su alrededor.

-Hoy me apetece volar, el cole ha sido muy aburrido.

-No lo dudo, pequeño. Pero tengo que cumplir con mis programadores. Sólo visitaremos un espacio PL y luego volaremos juntos un rato… en la Ciudad de Hielo.

-¿La Ciudad de Hielo? ¡¡¡¡¡Síííííííííí!!!!!

-Pero antes, ya sabes…

Refunfuñando, Ito ejecuta una cabriola en el aire y se lanza en picado hacia abajo. Con una sonrisa, Emerh se deja caer hacia atrás como un submarinista y le sigue.

 

En el suelo, el anciano se recompone su vestimenta agitada por el vuelo. Ito, junto a él, mira a todas partes, con ojos inquietos y curiosos.

-Ito, desconecta ese sistema de modelación de personajes. Venga, vacía toda tu memoria virtual de bajo recorrido y prepárate para estudiar. Hoy tenemos una clase muy interesante.

-No me gusta la cinemática, ni la gravedad aplicada al sonido, no me gusta lo que me has enseñado últimamente, Emerh. Quiero jugar con los instrumentos virtuales y hacer música plástica.

Mientras termina su frase, Ito se ha transformado en un elefante de hierro que empieza a bailar break-dance.

-Hoy no toca música, diablillo. Vamos, aspecto normal para estudiar.

-Pero mira qué baile…

-Ito, a este paso el holograma de información instantánea de hoy no va a gustar a tu madre.

-¡Pero yo quiero ir de otra cosa! ¡Así ya voy al cole!

-Pues cambiate de ropa, pero no de especie. Eres un niño.

El niño se muestra entonces con un ropaje idéntico al del anciano, y empieza a imitar su voz, con un marcado problema respiratorio: "eres un niño, eres un niño". Emerh suspira profundamente, hinchando el pecho, primero un poco, y después descomunalmente. Con un rugido, el pecho se rasga y sale de él una cabeza de materia fluctuante que se convierte en boca, miles de ojos o nada en cuestión de nanosegundos.

Ito retrocede un par de pasos, impresionado. Emerh vuelve a su apariencia tranquila y afable.

-¿Ves? Haces perder la calma hasta a un sistema de comprensión infantil DIIR-M-3000. Te aseguro que eres de lo que no hay. He instalado miles de gigas y creado proto-ilusiones en muchos niños. Pero como tú…

-¿Habrá algún mamut en la Ciudad de Hielo?

-Si te portas bien, igual. Bueno, ¿qué tal ha pasado el día tu micro-procesador cerebral?

-Bien. Todavía tengo mucho sitio, y no me crea conflictos de datos. Ni electro-escapes.

-Eso está bien. Todavía te queda tiempo para la primera ampliación, no tengas prisa por llenarlo. Es importante que aprendas a almacenar bien toda tu información, así serás algún día un ciber-hombre completamente libre.

-Libre, eso quiero. Libre para volar.

-¿Qué le parece al caballerete aprender cómo fueron los primeros implantes cerebrales? ¿Cómo el hombre empezó a intentar mejorar artificialmente el cerebro sin haberlo conocido bien antes?

-No suena mal…

-Pues andando. Vamos al Museo Digital de la Robótica.

Ito pone cara triste.

-¿Por qué andando? Andar es aburrido, además volando llegaremos antes.

-No podemos ir volando, Ito. Sabes que no llegaríamos.

-¡Vaya plut!

-Ese archivo léxico, jovencito. Lo siento, pero yo no programé esta plataforma. Hay que andar y punto. Así aprovecharemos para ir entrando en materia. Ciber-nene -le dice agachándose- desconecta TODOS los programas y accesorios. Empieza la clase.

-Está bien -Ito recupera su vestimenta habitual, en su hombro aparece un pequeño mamífero con casco, que se tira al vacío y se desintegra- todo sea por la Ciudad de Hielo.

-Pues caminando -Emerh se mesa la luenga perilla- que llegamos enseguida. El principio de la historia de hoy se sitúa el 26 de octubre de 2008, momento en que cerebro y máquina inician su tempestuosa relación. ¿Crees que es posible injertar un micro-chip binario en una zona parietal-frontal?

Ito piensa unos segundos.

-¿Qué zona es ésa?

Emerh se detiene.

-¿Tienes fallos en los programas de información básica? Déjame que te examine…

Empieza a sacar un enorme aparato del bolsillo, pero el niño le detiene.

-¡No, no! Está todo bien, sólo me ha tardado unos milisegundos más la info, tranquilo. ¿En la zona parietal-frontral, dices? ¡Vaya chorrada, eso es imposible que funcione!

-Pues créeme, amiguito, que en el año 2008, los mejores científicos del mundo apostaban por ello.

-¡Qué idiotas!

-Bueno, eran otros tiempos.

-Como te iba diciendo, aquel primer experimento fue un desastre…

 

Niño y anciano avanzan por un camino terroso, flanqueado por llanuras de un verde lisérgico y cambiante. No hay animales. No hay ruido. Sólo ellos y el cielo gris. El camino serpentea entre colinas, sube, baja, gira sobre sí mismo asesinando a la física. Poco a poco, en las llanuras verdes van apareciendo multitud de caminos adoquinados que no van a ninguna parte. Emerh se detiene un instante ante uno de ellos. Luego asiente. 

Entran en el adoquinado, e inmediatamente surge del suelo una especie de cabeza negra y roja cuarteada, que queda suspendida a un metro del suelo. Emerh se acerca, la cabeza se eleva un poco hasta ponerse a su altura, y él apoya su frente sobre ella. La cabeza emite dos pequeños resoplidos y vuelve a hundirse en la tierra.

Se alza ante ellos una imponente construcción metálica. Como una enorme catedral de acero, cristal y aire. Majestuosa, hierática. Emerh coge de la mano al niño y juntos suben los escalones de la entrada principal. Saludan al ojo mecánico que sestea en su garita y entran.

 

Sí, sé que no termina, pero es lo que hay. Fue el principio de un cuento compartido que se truncó. No es un mal principio de historia, tal vez algún día la continúe. Hoy por hoy, sirve para amenizar la espera mientras escribo una nueva historieta. Llega en breve, por cierto. Téngase en cuenta a partir de ahora que las actualizaciones serán más espaciadas, pues todo será nuevo, oyes. Poseso. Salute. 

12 Septiembre, 2007

Bingo

Germaine pasa las largas tardes escuchando los seriales de la radio y con la única compañía en la mesa del pequeño bombo de bingo, que cada poco le dedica su vibrante ronroneo y una bola que tal vez ponga otra pastilla en sus cartones. Ha jurado que el día que complete los tres cartones con las primeras 57 bolas, será su último día: se tragará de golpe todas las pastillas.

 

8 Septiembre, 2007

Hojas, puertas

Justo en el momento en que va a frenar en seco, las hojas transparentes se abren –parece que el maldito sensor sí le ha detectado- y el interior de la estación aparece ante su cara de susto. Siente cómo todos los ojos que esperan entre maletas se posan sobre su figura delgaducha, perdida en ropa siempre demasiado grande, que entra con paso desgarbado en el amplio hall. No se le ocurre nada mejor que cruzarlo y, cuando ve al otro lado una pequeña puerta y gente fumando fuera, la empuja y sale.

Toma aire como si le hubiera faltado durante horas, y le parece más fresco y natural que el de hace medio minuto. Mira a los fumadores. Aquello es más como estar en casa. Saca un pitillo, lo enciende y empieza a pasear por el abandonado andén. Casi pertenece al exterior, al resto del mundo semiverde y derruido que empieza un poco más allá, justo detrás de la roñosa vía y el pequeño muro. El suelo, de un granate vahído, está agrietado y en pleno proceso de integración con la naturaleza. Mira el reloj. Las cinco menos siete, y el tren no sale hasta y veinte.

Se lleva el cigarro a la boca, y al mismo tiempo –tal vez por ese comentario infantil sobre cómo coger el humo con las manos- todo vuelve a su cabeza. Con la misma sensación. La misma situación incómoda, la pastosa falta de palabras. La punzada en el pecho ante el terreno imposible de reconquistar. Y los ojos fríos de ella –tan bellos- diciendo, con esa seguridad glacial, todo esto es culpa tuya y solamente tuya…

Sin darse cuenta, se ha parado frente a una brecha que divide al muro en dos. Más allá, el edificio ruinoso llama su atención. Tal vez quiera huir de sus pensamientos y un tren en veinte minutos no es suficiente por el momento. Pasa por encima de las malas hierbas y, como un chiquillo explorador en tarde de verano –aunque es noviembre y hace frío-, se deja seducir hasta la entrada del edificio.

Es un portón doble, enorme, y está entornado. Por las dimensiones, aquello parece un antiguo almacén, o incluso un mercado. Durante unos segundos, lo imagina lleno de vida, de puestos, de frutas y verduras y de voces. Empuja la puerta y entra. Es muy amplio y tiene aquí y allá cristales rotos, restos de hogueras y desperdicios.

Las cinco en punto. Empieza a cruzar la gran estancia, y cuando pisa un trozo de cristal que se rompe, el chasquido parece activar otro chasquido, éste eléctrico, y tras un breve zumbido, los altavoces –pero, ¿qué altavoces?- empiezan a sonar. Es una voz femenina, aséptica, que apenas se distingue entre los crujidos de un sistema de sonido a punto de fenecer. Sólo alcanza a distinguir palabras sueltas. Clientes. Ofertas. Durar. Enfermería. Oportunidad. Desde 295. Lo quisiste. Escolar. Precio.

La voz se apaga definitivamente. Él se ha quedado quieto, sintiendo un escalofrío espalda abajo. El silencio ahora es sepulcral, salvo el pulso acelerado en las sienes. No puede haber un viejo circuito de altavoces que suene solo. Alguien le debe de estar gastando una broma, pero allí ni se oye ni se ve a nadie. Las cinco y cuatro. Sigue avanzando, haciendo crujir la gravilla, hacia el fondo, donde una puerta sin puerta esconde algo en penumbras.

Entra. Huele a excrementos, vino, tabaco y algo más que no puede identificar. Algo se mueve en la esquina oscura, hay un chispazo y una cerilla ilumina la estancia. Está recostado sobre un viejo asiento de coche, y no viste tan mal como cabría esperar. Con la cerilla, enciende una vela y después su pipa de hueso. El aroma dulzón lo impregna todo mientras suelta las bocanadas de humo. Le mira sin decir nada. Él no puede dejar de fijarse en sus brillantes zapatos de hebilla, en sus calcetines verdes, en sus rizos rojos pegados al cráneo. Luego, esa alfombra, ese cenicero de pie maravillosamente demodé. La mesita romboidea y diminuta. Y sobre todo, ese árbol tintineante. Ese pequeño bonsai de hojas de cristal, con mil reflejos que no provienen de ninguna luz.

-Tu tren va a salir –le dice mientras deja que el humo salga de su boca para colarse por la nariz-. No lo vayas a perder, no habrá otro. Coge una hoja del árbol y guárdala. Hazla añicos cuando tengas un problema, pero sólo cuando se trate de uno de ésos que no sabes cómo resolver.

Traga saliva, no da crédito, todo eso es absurdo, pero se acerca al arbolito. Una hoja de cristal se desprende y cae, flotando, hasta la base musgosa del pequeño tiesto granate. Se agacha y la coge. Está afilada. Entonces la luz empieza a bajar y él, como un actor con su pequeño papel bien aprendido, hace mutis por el foro. No pregunta nada. No da las gracias. No se despide.

Guarda la hoja de cristal con cuidado en el bolsillo de la cazadora y, cuando está a medio camino en el viejo almacén, se detiene. Las cinco y catorce. ¿Qué ha pasado realmente hay dentro? Saca la pequeña hoja transparente del bolsillo y la observa. Se vuelve y mira hacia la oscura estancia. Le parece oír el pitido lejano de un tren. Las cinco y diecisiete. ¡¡Las cinco y diecisiete!! No puede -por mil razones- perder el tren, así que echa a correr con todas sus fuerzas.

Salta por la brecha del muro, vuela sobre el andén granate y verde, grita a los sensores de las puertas. Pero cuando llega al andén, el tren está empezando a moverse. Corre un poco con él, encuentra una puerta y salta sobre ella. No es como en una película: está a punto de caer de vuelta al andén y el revisor le encuentra agarrado a la puerta con la cara lívida. Le recrimina con palabras que no oye, y en nada se puede desplomar sobre su asiento. El paisaje vuelve a arrancar y su pulso, muy poco a poco, vuelve a la calma…

En cuanto se duerme, ellos aparecen. La mirada inocente y expectante del niño, los ojos fríos de ella. Él está nervioso, el puzzle tiene tantas piezas que se le caen de las manos, sin que pueda hacer nada. Se agacha y recoge alguna, pero caen otras. Parecen cobrar vida, escapar de sus manos. Entonces recuerda -un fogonazo de ilusión- y hunde la mano en el bolsillo de la cazadora. Ahí está, el pequeño cristal. Lo toma entre los dedos y aprieta con fuerza. Siente cómo la piel se abre en una fina línea de agudo dolor. Aunque no quiere, grita. Pero ellos no dicen nada porque ya no están allí. No pueden estar muy lejos. Echa a correr, está en un bosque. Corre hasta que no puede más, pero allí no hay nadie… ¿O sí?

Primero huele la pipa y después le ve, detrás de un árbol. Se acerca y allí está, cómodamente instalado en el mugriento asiento de coche. Con sus zapatos brillantes y sus rizos rojos pegados al cráneo. Le sonríe mientras le sostiene la mirada. Luego deja de sonreír y enciende su pipa, ahora pequeña y oscura. No hay ni una palabra. Él no sabe que hacer, pierde las fuerzas y se va al suelo, que ya no es verde ni hierba sino naranja y rugoso. Además palpita, al ritmo de sus propias sienes, mientras empieza a quedarse inmovilizado…

Se despierta. El tren entero duerme. Fuera, es de noche y el paisaje es negro y apenas parece moverse. Saca el dedo del bolsillo, está sangrando. Mira el rojo brillante y es entonces cuando tiene la total seguridad de que no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer para arreglar todo aquello…

En la oscuridad del viejo almacén de la estación, el brillo de las hojas de cristal del minúsculo árbol empieza a apagarse. Él lo mira, chasquea los dientes y enciende otra vez la pequeña pipa, que se ha apagado de pura decepción. Tal vez Ellos tengan razón. Tal vez esté empezando a hacerse viejo…

 

4 Septiembre, 2007

En gramos

Es un establecimiento único, con un olor muy especial. La carnicería de Nouredine es conocida en todo el país, pero nadie quiere entrar nunca. Y cuando alguien lo hace es en grupo, en familia. Las caras contraídas, los ojos muy abiertos y todo ese silencio. Nouredine les saluda mostrando su viejo cuchillo, es la tradición. Entonces el familiar elegido se coloca y Nouredine procede. El honor familiar y un pañuelo en la boca ahogan los gritos. Nouredine es muy habilidoso desollando, así que pronto la carne cae sobre la balanza. El peso señalado mide el sacrificio del familiar en gramos.

En silencio, con un sollozo sordo de fondo, la familia sale. Tendrán comida para unas semanas más. Dentro, Nouredine esparce el charco de sangre con una mugrienta escoba y después limpia su cuchillo, mientras no piensa absolutamente en nada.

 

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