29 Agosto, 2007

The adventures of The Red Pizpirette (I)

-¡Eso no es justo! –grita The Red Pizpirette irrumpiendo en el lugar del entuerto.

Los dos perros se detienen, le miran y vuelven a mirarse entre ellos. ¿Por qué tan rubia y tan blanca y con aquellas botas de agua rojas? ¿Qué pretende decir con esa mirada? ¿Desde cuándo dos perros no pueden discutir en un parque?

El perro grande, bonachón, bigotudo y pausado, toma el ladrido:

-¿Tendría la amabilidad de decirnos qué pretende exactamente, señorita?

-¿Disimulando? ¡Os he oído! ¡Estáis maquinando algo malvado!

-¡Estamos discutiendo! –el pequeño, rabietoso y pelón, tiene peores pulgas- ¡Somos perros! ¡Esto es un parque! ¿Cuál es el maldito problema?

The Red Pizpirette frunce sus mínimos labios rosas y, pensativa, realiza unos breves pasos de claquet. Sus katiuskas rojas hacen ronronear la gravilla. Mientras tanto, compone una mueca extraña: está empezando a silbar. De repente, el silbido se detiente y The Red Pizpirette apunta con su anillo mágico a los dos canes:

-¡No subestiméis mi super-oído, pérfidos pulgosos! ¡Sé lo que estábais tramando hacer con el balón de aquellos niños! Y ahora… si no os marcháis inmediatamente de aquí y dejáis a los niños tranquilos, haré fuerza y pondré mi cara tan roja que pensaréis que estáis hablando con un tomate… ¡y después haré más fuerza todavía y mi cara estará tan roja que os abrasará enteros!

Los perros guardan un silencio significativo. El pequeño tose y se aclara la voz:

-Sí, claro. Si nos disculpa… -hace amago de reiniciar la conversación, ninguneando a la intrusa.

The Red Pizpirette inicia un baile sinuoso y saltarín, mientras apunta más con el anillo a los perros. Su cara empieza a enrojecer. Más y más. Los dos perros se miran.

-Cómo está el parque. Ya ni pinchar balones puede uno –dice el grande.

-Pero ¿tú estás viendo lo que yo estoy viendo?

-Bah, vamos a tomar algo. ¿Hace un orujo?

-Venga.

Los dos perros se giran y empiezan a andar muy dignamente y sin prisa, pero cuando miran atrás de reojo y comprueban que algo incandescente se acerca a ellos, echan a trotar y trotar sin mirár atrás, y no paran hasta estar bien lejos del parque…

 

*   *   *

 

Un bonito día se cuela por la ventana. The Red Pizpirette se despereza en la cama, los ojos grisazules y risueños posados en el techo blanco. En la cocina, Minine manda un mensaje por el móvil mientras el café se termina de hacer. Maúlla por lo bajini su canción favorita de Marisol.

El humo de la cafetera revolotea por la cocina y explora la casa. Un ático blaaaanco y tranquilo, donde el sol rebota en todas las paredes. Una pequeña voluta recorre el estrecho pasillo y llega hasta la cama. Hace unas piruetas acrobáticas y se posa justo en la punta de la nariz de The Red Pizpirette: en un minuto, se ha plantado las katiuskas rojas, se ha hecho dos coletas y está entrando en la cocina.

A Minine le gusta tomar en silencio el primer café de la mañana, a ella también. Una mueve de vez en cuando su cola negra. La otra, mira por la ventana el cielo azul. Cuando terminan, ella va a la sala, abre el gran ventanal y se acuclilla frente a su flor favorita: una orquídea blanca con millones de pecas rosas. Como cada día, observa detenidamente sus pétalos, convencida de que se mueven un poquito cuando abre la ventana. Satisfecha, le da un levísimo beso, se levanta y se estira soltando un ligero gemido. Desde la cocina, Minine contesta con un maullido cantarín mientras empieza a fregar los cacharros.

Es hora de empezar el día…

 

*   *   *

 

The Red Pizpirette pasea por el campo, en una refulgente tarde primaveral, cuando un pequeño pajarillo le sale al paso. Conduce un diminuto triciclo a una velocidad bastante superior a la permitida en caminos forestales. Se detiene ante ella con un sonoro derrape.

-¡Cáspita! –pía mirando las botas de arriba abajo- ¡Si parecen dos semáforos y son dos botas rojas!

-Hola, pajaruelo. Sí, son mis Botas Rojas. Me dan poder, como mi Anillo Mágico.

-¿Botas y anillos mágicos? ¡Chorradas! Si hace el favor de dejarme pasar, menudo lío tenemos en la ciudad-árbol como para perder el tiempo con botas con poderes…

-¿Cómo? ¿Una injusticia? ¡¿Dónde?!

El pájaro, por primera vez, le mira de arriba abajo, detenidamente.

-¿Qué eres, una especie de Quijote con botas?

-¡Soy The Red Pizpirette! ¡Y no hay injusticia a la que no me enfrente!

-Suenas un poco loca, la verdad. Pero menos es nada… Si quieres seguirme, no estamos muy lejos.

El pajarillo sale disparado con su triciclo de carreras. A campo traviesa. The Red Pizpirette le sigue, con cuidado de no pisarle ni de pisar ningún otro animal aún más pequeño, como hormigas, escarabajos, etc.

Tal es el cariño que tiene The Red Pizpirette por los animales.

 

[tobecontinued]

 

Indiscutiblemente, uno de mis personajes craneales favoritos, tanto sobre el blanco como en el blanco refulgente: la Pizpireta Escarlata, también conocida como The Red Pizpirette, se convirtió en cuento a principios de este año. Maquinado, escrito y manufacturado con gran laboriosidad y para alborozo de la más torpeda entre todas las torpedas.

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