24 Agosto, 2007

Ya tengo perro (y II)

Cuando el perro estuvo a más de diez metros, pude volver a respirar. Era lo más grande que había visto jamás sobre cuatro patas, y parecía tener muchas ganas de jugar conmigo. Del miedo me dejé hasta una pata fuera… Y Marta encima no callaba, que se fueran de nuestro camino, que teníamos una misión, y que cuando yo me enfadaba… Sí, cuando yo me enfadaba era muy peligroso, pero mejor dentro del caparazón.

Desde mi refugio vi cómo el perro se alejaba, pero todavía no me parecía seguro salir.  Marta y su dedo se encargaron de hacerme cambiar de opinión. El camino seguía, y la charca no estaba cerca, pero la motivación de saludar a algunos compañeros de especie me empujaron a seguir. Marta tiraba de mí, sin mala intención pero sin tregua…

 

Aquel dragón jorobado nos miraba todo el rato. Echaba humo por la boca y no se movía, pero nos miraba. Me acerqué hasta él y le dije que se apartara de nuestro camino, a ver si era tonto o qué por mirarnos tanto. Él se rio y dijo algo. Hablaba muy raro, me imagino que como todos los dragones –era el primero que veía en mi vida-, y sólo se le entendían algunas palabras. Y además no se movía. Seguía diciendo cosas raras. Luego señalaba a mi perro y se reía.

Yo le dije que no tenía que reírse, y que además olía muy mal. Creo que eso no le gustó mucho, porque dejó de reírse un poco. Al final, cogí al perro en brazos, pero por que quise, y nos fuimos. Yo le saqué la lengua al dragón y le dije todas las palabrotas que sabía seguidas. Él se rió y echó mucho humo. La verdad es que sí que daba un poco de miedo…

 

Marta me animaba diciendo que estábamos cerca de la charca. Yo, por mi parte, estaba destrozado con la caminata. Y por supuesto, con mi grán ángulo de visión, no veía ni la charca ni nada. Pero pronto la oí. Y había ambiente, al menos un par de ranas jovencitas. Todavía me costó un triunfo llegar, pero al final pude zambullirme en ese agua tibia y maravillosa, al sol, tan ricamente…

La alegría tampoco duró demasiado esta vez. Marta había encontrado nuevos enemigos. Eran un par de niños que jugaban en la otra orilla de la charca a cazar renacuajos y que además tenían secuestrada a una ranita. Marta chillaba y saltaba en la orilla de la charca, ellos no podían hacer eso, iban a ver lo que era bueno. Yo intenté desaparecer bajo el agua, pero no fui lo suficientemente rápido.

Me esgrimió como un arma peligrosísima. A mí, que soy pacifista de vocación. Me obligó a encararme con ellos. Dales su merecido. Una vez más, qué iba a decir… Solté algunos ladridos poco convincentes. Un pisotón de cualquiera de ellos hubiera causado daños irreparables en mi reducido pero confortable hogar. Mientras yo ladraba, Marta aplaudía y saltaba. A estas alturas ya se había metido en la charca y se estaba poniendo realmente perdida. Pero no parecía importarle…

Para mi sorpresa, los niños se acabaron marchando, y no sin soltar todos los renacuajos y la ranita. Ésta volvió al agua y empezó a nadar feliz, estirando grácilmente sus pequeñas y bonitas ancas. Estuve un rato coqueteando con ella; era simpática, pero nos separaban demasiados años: su familia nunca me habría aceptado.

Cuando Marta se hubo despedido de todos y cada uno de los habitantes de la charca, llegó el momento de seguir nuestro camino.

 

Ya estábamos llegando al Solar Más Allá de la Charca. Como allí no había nadie, le pregunté al perro a ver dónde estaba la gente que nos necesitaba. Él me miró pero no dijo nada. Jo, en los momentos más importantes siempre se callaba.

Entonces apareció. Era un Príncipe muy guapo acompañado de su perro pequeño y blanco. Entonces supe cuál era nuestra misión: había que salvar al Príncipe. Fui a donde él y le dije que me llamaba Marta y que iba a salvarle. Él no me miraba y se tocaba las manos todo el rato. Decía que tenía que irse enseguida a casa. También dijo que se llamaba Luis. Yo le dije que nuestros perros eran amigos, y que entonces nosotros también teníamos que ser amigos.

La parte más importante de la misión era cuando le tenía que dar un beso al Príncipe. Era difícil porque él no sabía que esa era nuestra misión y que así le salvaría. Además no paraba de decir que se tenía que ir.

Al final fui corriendo y le di el beso, y casi me caigo con su perro. Bueno, me caí un poco pero los dos nos reímos. Entonces dijo que se tenía que ir a casa. Yo le dije que me había gustado salvarle, y que si quería mañana le podía salvar otra vez. Él dijo que no sabía si podría bajar y empezó a andar. Luego, cuando ya estaba un poco lejos, se dio la vuelta y yo le saludé con la mano y saltando un poco. Él también me saludó con la mano.

Entonces cogí al perro en brazos y me fui para casa. Seguro que mamá estaba un poco enfadada…

 

1 Comentario »

  1. k maravilla de cuento. :)

    ya sabe que soy su fan.

    Escribi algo yo tb en demian.. ya sabe..
    besos.

    por Lolitakisses — 24 August, 2007 @ 10:19 pm



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