Caminaba por el bosque, no hacía frío y estaba contento porque el sol entraba entre las ramas de los árboles y le daba en la cara. Tenía un buen rato por delante para inventar algún juego nuevo. Entonces la vio, y sus colores le atrajeron poderosamente. Era una manta de lana. Se tumbó sobre ella, se arropó y, sin darse cuenta, se quedó dormido…
Cuando se despertó, supo que llegaba tarde a casa y que habría bronca. Empezó a alejarse pero oyó cómo alguien le silbaba. ¿Era la manta? ¿Una de sus esquinas se levantaba como una mano y le invitaba a volver? Empezó a acercarse, muy despacio, y fue entonces cuando la manta saltó hasta él y se extendió junto a sus pies. Silbó y frotó sus zapatos. Cuando se subió, la manta realizó un movimiento de aviso y luego levantó el vuelo.
Se agachó, despacio, y no tardó en cogerle el truco al pilotaje. Era fácil. Adelante para ir más rápido, hacia atrás para frenar, levantar un lado para girar… Tomó altura y observó la belleza del bosque desde arriba: parecía un enorme gato verde durmiendo, con motas marrones y morro de arbustos grisáceos. Voló sobre el río y luego hasta la montaña más alta, donde había nieve pero él no tenía frío. Unos pingüinos que jugaban a rubgy le saludaron y le dedicaron un baile típico y una melée. Él aplaudió a rabiar mientras les animaba a gritos.
Mientras sobrevolaba una ladera, pasó cerca de una bonita cabritilla que pacía en una ladera. Primero fue un complicado viraje. Luego, como quien no quiere la cosa, una demostración de cabriolas dignas de un piloto profesional. Ella se hizo la interesante y siguió masticando, pero en el último giro le sonrió con sus grandes dientes blancos. Él respondió con un solemne saludo y volvió a coger altura.
Se dirigió de nuevo al bosque, estaba atardeciendo y había que volver a casa. Aterrizó –con ciertos problemas- cerca y caminó hasta la puerta. Llamó. Era bastante tarde. Abrió ella, con preocupación en sus bonitos ojos de mujer madura:
-Aita, ¿cómo tengo que decirte que no salgas al bosque con la manta?
Otro regalo familiar, este como agradecimiento -siempre por debajo de la altura- a la mejor manta que he tenido nunca para practicar el noble arte de la siesta.


Muy bueno
por algaabad — 31 August, 2007 @ 4:07 pm