17 Agosto, 2007

Laura and The Fabulous Krills (y II)

Hubo ensayos, hubo ensayos, y luego hubo más ensayos. Al final, me sabía el tema de memoria hasta yo. Pero Laura había mejorado una barbaridad. Y Pulpo Joe, bueno, la verdad es que a él le había venido muy bien el cambio. Aunque no lo pregonaba, se notaba que le daba menos a la gasolina. Había recuperado parte de la ilusión por vivir, y eso ya era mucho. Yo les escuchaba cada ensayo, sonriente, desde uno de los gastados sofás de su gruta…

Llegó el día del Acuatic Rock Festival. Era sábado in the night y la Sala Acqualung estaba a reventar, no cabía ni el más mínimo y tembloroso pececillo. El prestigio de este  concurso venía de años atrás, cuando había dado a conocer a grandes bandas como The Tiburon Kings o las geniales Crazy Sardinas. Últimamente el nivel había decaído un poco pero seguía siendo alto.

Allí nos plantamos. Laura, por supuesto, temblaba más que un mero asustado. Yo llevaba mi mejor chupa de cuero e intentaba tranquilizarla, pero no había manera. Teníamos un diminuto camerino donde pudimos beber algo mientras Laura se preparaba. Pulpo Joe llevaba un ciego considerable, pero qué podía decirle. Se le veía feliz y confiado en la actuación. Laura quería estar un rato sola, así que me escabullí entre bambalinas para ver algunos grupos.

Pillé a los cangrejos rocketas en plena actuación. Eran buenos. Tocaban un rock-a-billy old school muy currado. Y sabían moverse en escena. Peligrosos rivales. Luego fue el turno de aquel enorme tiburón disfrazado de Elvis. La verdad es que era patético, un simple fan de The Tiburon Kings, todavía en activo por cierto. Si estaban en alguna parte de las gradas del puerto, se estarían muriendo de vergüenza.

Volví al camerino y allí estaba Laura, calentando la voz sin parar quieta. Pulpo Joe, en cambio, estaba demasiado quieto. Con esa sonrisa suya de felicidad en otra dimensión. Les dije que era nuestro turno. Di un beso tranquilizador a Laura y me alojé en su boca, como el primer día. Quería estar muy cerca de ella. Pulpo Joe se levantó de un supuesto salto lleno de vitalidad, pero no llegó a convencerme, sobre todo cuando tiró el cenicero y su copa y ni se enteró… Salimos al pasillo, rumbo a las luces y la muchedumbre impaciente.

Cuando llegamos al escenario, vi que Pulpo Joe había olvidado ponerse la pajarita. Se sentó y tanteó levemente las teclas. Laura estaba tan nerviosa que sus jadeos eran pequeños gemidos. Pero yo estaba seguro de que iba a hacerlo de maravilla. Porque aquella noche yo contaba con un arma secreta. Algo que nadie aún conocía. Mi mejor invento desde el sistema de agarre a barbas.

La canción era “Te espero entre las rocas” de Tony Anguila. Un buen tema, perfecto para lucimiento de la voz de Laura. Pulpo Joe atacó con la intro y se zambulló en la primera estrofa. Estaba en estado de gracia. Laura emitió un imperceptible carraspeo que me hizo vibrar los bigotes y empezó.

Ni siquiera la típica inseguridad inicial. Nada. Laura empezó a cantar y aquello sonaba perfecto. Apoteósico. Pulpo Joe se inclinaba sobre las teclas en su éxtasis particular. Yo, cuando Laura abría mucho la boca, podía ver al público. Y parecía que les iba gustando.

En el segundo estribillo, entré en acción. Una vez más, todo estaba calculado. ¿Nadie se ha parado a pensar qué tipo de coro se puede hacer desde dentro de una boca? Sobra decir que de joven había hecho mis pinitos como cantante. Empecé a cantar y el resultado fue increíble. La voz de Laura cogió otro tono, se reforzó, se agravó sin perder su dulzura. Se convirtió en un prodigio vocal, algo raro, nuevo, mágico que encendió al público.

Acabamos un segundo estribillo insuperable. El concurso iba a ser nuestro, no había ninguna duda. El público rugía, el garito se venía abajo. Pero entonces ocurrió algo increíble. Nunca lo hubiera imaginado. De repente, Pulpo Joe y su piano desaparecieron. Sí, era posible. Se habían caído del escenario con un estruendo horrible. La maldita manía de Pulpo Joe de mover la pierna como un poseso mientras toca, un piano con las ruedas sin fijar. Simplemente surrealista…

Al ver que Pulpo Joe y su piano desaparecían, Laura se quedó paralizada, en estado de shock. Yo, evidentemente, no podía salir de su boca y descubrir el pastel. Le dije que se volviera y salté de su boca, simulando que llegaba de entre bambalinas. Fui hasta Pulpo Joe y vi que no se había hecho nada. Sólo murmuraba algo sobre los malditos pianos con ruedas…

Para colmo de males, en vez de la enorme ovación que estábamos cosechando, el público nos dedicó una descomunal risotada. Una lluvia de carcajadas humillantes que no, ni lo soñéis, no terminó evolucionando a aplausos de caridad. Por si no lo he dicho, el público de los conciertos submarinos es muy, pero muy hijo de puta.

De vuelta en el camerino, Laura no podía parar de llorar y yo no sabía qué hacer. Pulpo Joe se dio a la gasolina. En media hora nos invitaron a irnos. Y encima con risitas. Salimos del garito por un callejón, todo glamour, basura y miradas bajas. Pero allí estaba él, como salido de una vieja película en blanco y negro. Un congrio de mirada turbia envuelto en cuero negro. Un productor de medio pelo, interesado en la voz de Laura. Bueno, menos era nada. Y, claro tío, claro que queremos conocer tus estudios, tío. ¿O es que no ves nuestras caras de derrota?

Dejamos –literalmente- a Pulpo Joe en su gruta y fuimos hacia los estudios. Fred Somme daba miedo de cerca: tenía unos dientes horribles y la mirada encendida. Le daba a la gasolina sin ningún tipo de control. Continuamente nos ofrecía, pero nosotros pasábamos. Ya estábamos bastante flipados con la nochecita.

En los estudios, cuando estaba ya bien puesto, Fred nos habló claro. Quería un grupo con esa voz. No le importaba cómo conseguía esa voz. Pero la quería. Eso sí, hacía falta un grupo, una banda de rock and roll. No le interesaban las solistas. Nos ofreció un  contrato que parecía justo y nos dijo que lo pensáramos tranquilamente. Por nuestra parte, no había nada que pensar, pero nos hicimos los interesantes. Salimos de los estudios y, claro, nos  fuimos de juerga…

Cuando nos recuperamos de la resaca, llamamos a Fred y aceptamos. Lo primero fue el interminable casting. Se busca banda completa a la que añadir vocalista cetácea. Nunca pensamos que fuera tan complicado. Tuvimos que aguantar de todo. Atunes electro-rockers, medusas mods, y ¿quién dejó pasar a aquellos lenguados punkies? Tuvimos hasta una solista muy venida a menos, una tal Nina que apenas se tenía en pie… El caso es que nadie gustó a Fred.

Aburrido de perder el tiempo con todos estos castings, maquiné otro de mis planes. Recluté a unos cuantos krills y les expliqué la situación. Montamos la supuesta banda previa y se dejaron caer por los estudios. La canción de prueba -que por supuesto habíamos ensayado a escondidas- sonó de maravilla y vimos cómo los ojos vidriosos de Fred brillaron como después del mejor chute de gasolina. Ya teníamos banda…

Laura and The Fabulous Krills tuvo un éxito arrollador. Nos comimos el mercado discográfico submarino en dos meses. Nuestro primer hit, “Fuck the fisherman”, reventó los altavoces de los mejores garitos acuáticos de muchas millas a la redonda.

Y eso sólo fue el principio. Tuvimos una larga y prolífica carrera musical. Estuvimos sacando discos durante más de cinco años, llenando estadios marítimos, forrándonos con las giras, el merchandising y todo eso. Para muchos entendidos, Laura and The Fabulous Krills fue la banda definitiva de rock and roll submarino.

Y, todavía hoy, nadie ha conseguido demostrar lo contrario…

 

Regalo escrito y manufacturado durante meses -antes era más vago aún- para una super-crítica y amiga insustituible. Basado en dos paridas internas, la situación fue degenerando hasta llegar a esto. Hay que ver lo que puede dar de sí el rock and roll, el fondo marino y un poco de gasolina…

2 Comentarios »

  1. Muy, muy bueno hermano. ¿Para cuando el primer libro de cuentos amorfónicos?

    por Rubén — 17 August, 2007 @ 1:58 pm

  2. Estoy con Rubén… ¿para cuándo?

    por La Piedra Cerebral — 18 October, 2007 @ 5:14 am



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