Podéis llamarme Krill. Vale, igual es un poco pretencioso hacerse llamar como toda tu especie, pero ¿acaso creéis que algún otro krill va a contaros alguna vez algo? Pues eso… ¿Preparados para conocer la auténtica historia de la banda de rock and roll que revolucionó la música submarina? Bien. He aquí el origen nunca contado de esa banda conocida como Laura and The Fabulous Krills…
Recordaremos por si acaso que los krill somos una especie de minúsculos langostinos que pululamos por la superficie del mar, en grandes grupos, hasta que llega una ballena que aspira y ahí se acaba todo. Una existencia apasionante, ciertamente.
Yo siempre me he negado a tener una vida tan corta y tan idiota. Siempre he ido a mi aire. Enseguida me dejé los bigotes largos y me escapaba del grupo a nadar por ahí. Nunca soporté las tradicionales canciones que entonábamos todos a una, todo eso de los krills, las pecas del mar, los krills, siempre juntos vaaaan… Chorradas. Además de ser un krill, digamos, peculiar, me propuse cambiar mi suerte. Rebelarme contra mi destino. Sí. Yo inventé el Sistema Definitivo de Agarre a Barbas de Ballena. El famoso SDABB, hoy utilizado por multitud de jóvenes y rebeldes krills.
El desarrollo del sistema de agarre no fue tarea fácil. Imaginad que un huracán os lanza por el aire a toda velocidad, y que vuestra única posibilidad de escapar de una muerte segura es agarraros a un árbol en pleno vuelo descontrolado. Bueno, vale, no parece TAN difícil. ¿Y si menciono las palabras con-los-dientes? Ah, pues a mí gracia ninguna. ¿O alguien pensaba que estos minibrazos podían servir para algo?
Mi gran técnica estaba depurada hasta el más mínimo detalle, pero no testada, cuando llegó la hora de la verdad. Ballena a la vista. Todos empezaron a gritar y a dejarse arrastrar por la súbita corriente moviendo sus bracitos. Yo me atusé el bigote y me dejé llevar con todos los sentidos alerta. No se trataba de una succión muy potente, lo que hacía más fácil un agarre exitoso. Según me iba acercando a las barbas, me sentía más ágil, preparado, sabía que podía hacerlo. En el momento exacto, descargué toda mi fuerza mandibular en una pequeña muesca de las barbas. Crank.
Qué dolor. Qué terrible dolor. Pero allí me quedé, bien sujeto hasta que el maremoto se detuvo. Por supuesto, no quedó ni uno de mis congéneres. Bueno, en el mar habría miles de millones más. Entonces, muy poco a poco, abrí los ojos y comprobé que me encontraba en la boca de una joven ballenita. Hasta me hubiera parecido dulce y frágil si no sintiera casi todos mis dientes rotos…
Su estilo natatorio era elegante y delicado. Me gustaba. Escupí algunos dientes y empecé a acomodarme en la muesca. Cuando ella salió a la superficie a echar un poco de agua, dejé que el sol me espabilara un poco. Bueno, no tenía dientes pero seguía vivo. La ballenita se movía despacio, como de forma observadora, siempre cerca de la superficie. Ella no paraba de echar sus chorros de agua y aire, y yo estaba feliz de la vida. Al poco empezó a cantar, y tenía una voz poderosa, entre dulce y salvaje.
Cerré los ojos y me relajé durante un buen rato. Cuando me decidí a hablarle, se pegó un susto del demonio. Se detuvo, miraba a todas partes y no decía nada. Es lógico, supongo. ¿Quién espera que le hable alguien que está tranquilamente alojado en su boca?
Con cuidado, le expliqué quién era y dónde estaba. Y le aseguré que un krill más no iba a llenarle en absoluto, y que no sería muy sabroso porque no me cuidaba nada, y que una vez había fumado –hay una técnica acuática para fumar, pero no es el momento…- y que bueno, que hiciera el favor de no ingerirme. Para terminar, le dije que su voz me recordaba a la de una famosa cantante que me inventé. Al parecer, algo de todo eso hizo efecto. Lo digo porque se rió. Cuando le expliqué mi sistema de agarre a barbas y le pregunté si conocía algún dentista experto en microdientes se rió mucho más. Lo bueno es que esto último iba en serio…
Se llamaba Laura. Nos dedicamos a nadar por la superficie –vale, ella nadaba-, dando saltos y tumbos sin rumbo fijo. Yo le conté mi vida como krill, los viajes de multitudes, los brazos inútiles, las canciones idiotas, lo aburrido de formar parte minúscula de una mancha idiota que arrastran las corrientes hasta que llega una ballena. Pero sobre todo, -y esto fue lo que más le gustó- le conté todas mis aventuras en solitario: mis viajes a las costas, a los suburbios de los puertos, los garitos de conciertos, las noches locas…
Ella no tenía muchas historias para contar. Era muy joven, y su madre era un poco autoritaria. De hecho, ya andaría buscándole. Pobre mamá. Estaba destinada a odiarme para siempre… Cuando Laura me contó que quería presentarse al Acuatic Rock Festival al que le entró la risa fue a mí. Pero el principio de una suave succión que movió toda su boca me hizo callar inmediatamente.
Iba en serio. Se puso un poco tensa mientras me contó que pensaba presentarse con una amiga, cantando una de The Salmonetes, unos representantes de la cara más deleznable del acné rock. Noté que aquello era importante para ella. Aunque no podía verlos, sabía que sus ojos brillaban mientras me lo contaba. Y así, sin darme cuenta, me vi quedando con ella para ir a verles ensayar al día siguiente.
Por el bien de todos, omitiré lo que presencié durante aquel ensayo. Después, cuando fuimos a dar una vuelta, le dije a Laura lo que pensaba. Si quería hacer algo en el festival, necesitaba ayuda de algún experto. Y de todas formas siempre estaría difícil. Había oído que este año se presentaba un grupo de cangrejos rockabillys que tenían un directo realmente incendiario…
Fuimos a ver a Pulpo Joe. Estaba como siempre, en su gruta poniéndose de gasolina. En las ciudades submarinas –que están siempre cerca de los puertos- la gasolina era la droga más popular. Los barcos varados la proporcionaban y la mafia de los corrocones –los peces más guarros y rastreros- la controlaban: la cogían de la superficie, la envasaban y la vendían.
Pulpo Joe fue, en otro tiempo, el mejor pianista de rock and roll de todo el fondo submarino. Sus tentáculos volaban sobre las teclas, su energía ponía a bailar hasta a las ostras más pasivas. Luego tuvo un poco de mala suerte con varios grupos y fue vapuleado por muchos managers de rapiña. Para terminar, tuvo un affaire con una espectacular langosta pelirroja que le dejó arruinado. Y demasiado viejo para el rock and roll…
De ahí a la gasolina apenas hay un paso. Cuando llegamos a su gruta, se notaba que hacía mucho tiempo que no tocaba una tecla. Se estaba viniendo abajo, su mirada le delataba. Yo salté de la muesca de la boca de Laura y nadé hacia él. Chocamos las manos y nos abrazamos. Éramos buenos amigos. Durante un tiempo frecuenté un garito donde él tocaba cada noche. Le presenté a Laura y le conté nuestro problemilla. Él se limitó a sonreír con sus ojos vidriosos de yonki gasolinero. Laura le miraba con una intensa mirada, mitad sorpresa y mitad impaciencia. Tuve que insistir bastante para que Pulpo Joe accediera a hacerle una prueba. Yo sólo quería que escuchara su voz. Si le gustaba y veía posibilidades, haríamos lo que quisiera para que tocara con ella en el Acuatic Rock Festival.
Pulpo Joe guardó con primor su reserva de gasolina, encendió un pitillo y se puso al piano. Maldijo sus entumecidos tentáculos pero enseguida sacó a relucir su inigualable estilo. Laura me miró nerviosa, y yo le sonreí. Entonces tomó aire y se puso a cantar. No hizo falta mucho. Pulpo Joe detuvo sus tentáculos y la miró. Le guiñó uno de sus enormes ojos tristones. Estaba bien. Pulpo Joe iba a ayudarnos…
[tobecontinued]


Me encanta! Gracias, Gracias y siempre gracias!!!
por nina — 16 August, 2007 @ 11:23 am