Parapetado en esta esquina, tengo un buen ángulo de visión de la cabina.
El enlace de un downtempo con un ritmo más acelerado y bronco es bastante desafortunado: el rebaño humeante de la pista se queda sin sacudidas de bombo demasiado tiempo. 5,7 segundos. Una eternidad suficiente para que suenen algunos abucheos. Un joven de larga perilla incluso dedica a la cabina un provocador y humillante pino. El afrentado pinchadiscos simula no haberlo visto, pero yo sé que lo ha visto. Traga saliva justo antes del primer bombo.
Con los recién estrenados 130 bpm, el rebaño vuelve a ser una masa mutante al ritmo. “Danzad malditos” pienso y le doy un trago al vaso que tengo en la mano. Craso error. Enseguida empiezo a notar los efectos. Los bombos impares me bailan, se me escapan por los lados; algunas cajas crean sus propios ecos, rebeldes y desacompasados; las melodías se me enfrentan chulescas, desarmonizándose cuando ya debían permanecer quietas en su nicho cerebral.
Intento restablecer el orden y en pocos minutos noto cómo el desvarío se va diluyendo. No tarda en desaparecer casi del todo. Tiro el vaso hacia atrás y oigo un grito. Vaya, ahí estaba el ropero. Dentro, ella se quita las gafas de sol y señala las prendas afectadas. El vaso se ha instalado en el bolsillo de un pantalón corto, supongo que la moda que viene. Yo me encojo de hombros y me llevo la mano a la boca mientras guardo disimuladamente el cronómetro. Mi cara quiere decir: no sabía que estabas ahí, y es que con este cambio tan lento me he alterado un poco.
Me insulta por dos veces, coge la minúscula prenda, saca el vaso y camufla la mancha dándole la vuelta a la percha. Luego vuelve a sentarse y sigue haciendo ganchillo con una pericia apabullante.
Pero he descuidado mi vigilancia. La sala se revuelve ahora bajo un ritmo muy recortado y violento. He perdido el cronometraje de este cambio pero no importa: la sesión empieza a ponerse interesante. Vuelvo a centrarme completamente en la cabina y su habitante, que ahora parece un poco más relajado. Vigila con rápidos vistazos al rebaño, todo humo y bullicio, y sabe que no puede permitirse otro pino insultante. Yo también espero no estar perdiendo el primer tramo de la noche…
Le observo colocar el siguiente disco, calzarse un auricular y clavar sin problema las bases del ritmo. No es malo, sólo le falta un poco más de noche. Yo vigilo y espero: mi dedo acaricia nervioso el botón del cronómetro. Hazme un buen cambio. Vamos. Él respira hondo y, simplemente, lo clava: los dos ritmos se miran, se reconocen y se hacen uno.
El rebaño responde con un rugido y una mayor dedicación en el baile. En la penumbra de la cabina, veo que él sonríe. Por mi parte, la respuesta física a esa maravilla sónica es ciertamente espectacular. No puedo parar las piernas. Van a lo suyo, perfectamente ajustadas a las pulsaciones del ritmo: los tobillos se me disparan espasmódicamente a la altura del ombligo, doblando las rodillas en posturas imposibles. Por un momento, me parece oír cómo la chica del ropero aplaude con las agujas.
Pero no es momento para desconcentrarse. Hay un ritmo magistralmente soltado, inundando la sala con su plenitud salvaje. Es lo que estaba esperando. Aunque no pueda parar las piernas, el resto del cuerpo me responde al 98%. Del bolsillo interior de la chaqueta, saco con cuidado la caja de mimbre rojo para ritmos recortados y violentos. La abro con cuidado, manteniéndola bien alejada de mis desbocadas piernas.
Entre espasmo y espasmo, como puedo, abro la caja y la alzo. Cierro los ojos y puedo notar cómo se va acercando, remolón, y entonces sé que va a ser mío. Me sumerjo más en él y espero. Muy por debajo, el siguiente ritmo empieza a acechar, no hay demasiado tiempo. Vamos, vamos.
Lo noto llegar y la caja me vibra en las manos. La descarga me recorre todo el cuerpo. Feliz, abro los ojos y veo cómo entre el rebaño un enorme guardián de la seguridad se abre paso a manotazos hacia mí. Es hora de salir pitando.
Cierro la caja, la guardo y me cuelo el rebaño en la otra dirección. Es complicado avanzar entre el baile embravecido. Miro atrás, el orangután está cada vez más cerca. Puedo ver su cara furiosa y cómo empieza a comunicarse con los de su especie. Aprovecho la transición al nuevo ritmo, cada vez más prometedor, para empezar a medio correr.
Salgo de la pista por la otra puerta y me lanzo hacia el pasillo y escaleras arriba. Si no paso entre los grandes simios de la puerta antes de que él grite, la huida será ya imposible. Intento tranquilizarme mientras subo las escaleras de dos en dos. Sólo hay tiempo para el truco más básico: “¡Hey, hay un tipo pillando ritmos por ahí!”, digo señalando hacia dentro. Uno se lanza escaleras abajo como un poseso mientras el otro me pone el sello en la mano temblorosa.
En cuanto pongo un pie en la calle echo a correr. Enseguida llegan los insultos, pero ya es muy tarde. Tres gorilas enfurecidos que rugen y corren un poco: saben que nunca me cogerían. A modo de celebración, estiro mis zancadas, sonriente y veloz, mientras los gritos simiescos se van extinguiendo. Lo último que oigo es ladrón. Odio que me llamen ladrón. Yo cazo. Cazo ritmos. Los mejores ritmos. ¿Qué tiene de malo? No cobro precios dementes por alcohol ínfimo en tugurios, no vendo drogas. Sólo cazo los mejores ritmos y se los ofrezco a quien quiera pagarlos. De algo hay que vivir…
Ya a salvo, me siento en un banco mal iluminado y saco la caja con sumo cuidado. Me la acerco al oído, muy despacio, y contengo la respiración. Ahí está. Puedo sentirlo. Atrapado, latiendo con fuerza ahí dentro. En poco menos de un minuto puedo certificar que es uno de los buenos. Lanzado a unas 133 bpm y con una precisión de más del 90%. Seco, duro, recortado pero no demasiado arisco. Podré sacar una buena pasta por él.
Todo esto sería bastante fácil si no fuera un ritmo de los que a ella más le gustan. Llamaría a su puerta y no tendría más que enseñarle la caja. Veo su sonrisa agradecida, oigo su risa impaciente. Imagino una noche entera de baile desenfrenado. Horas y horas, risas, y el olor de su pelo…
Mañana, el ritmo usado valdrá poco más de la mitad. Miro al cielo esperando encontrar una respuesta. Las estrellas me recuerdan que no tengo un céntimo, pero también me recuerdan algo que me hace sonreír.
Me levanto del banco, guardo la caja y me dirijo hacia su casa. Hace una noche preciosa para bailar…
Me gusta sobremanera. Fue el primero un poco elaborado y sin premisas, después de una tanda de regalos cuentiles. Tal vez tiene un final un poco precipitado, pero bueno, es una verdad como un templo…


hola chato! me he estrenado con este texto tuyo y reservo los otros para momentos laborales más relajados.
un placer leerte.
por miren (tb conocida como ninaz) — 9 August, 2007 @ 2:30 pm
Buenísimo, Dimitri y ¡qué ritmo!
por La Piedra Cerebral — 18 October, 2007 @ 4:45 am