7 Agosto, 2007

La boda

Todo estaba listo. Los invitados lucían sus trajes impecables. El cura se reubicaba por enésima vez el alzacuello. Los anillos estaban en su sitio. El sol brillaba. El cielo era enteramente azul. Un poco más allá, en la zona del inminente banquete, el cuarteto de cuerda ensayaba muy bajo, de forma casi imperceptible.

La novia, delante de todos, esperaba y se desesperaba. La marmórea belleza de su largo y elaborado vestido contrastaba violentamente con el tono rojo –casi violáceo- que a oleadas cruzaba su cara. Una incontrolable congestión que hacía vibrar su ojo derecho y disparaba el tic de su labio inferior. No duraba más que unos segundos. El peinado, que sí duraba y duraría todavía muchas horas, cumplía sin mayor problema los cánones de ridiculez establecidos para este tipo de ocasiones. Un nuevo tic le hizo perder un poco más los nervios:  

-¡Llega tarde! ¡Le mato! ¡¡Y todo por estar viendo el maldito fútbol!!

El padre de la novia, elegante y con la garganta colapsada por la emoción como nunca, intentó tranquilizarla en vano. Carecía de voz. Tal vez su pajarita le oprimía demasiado… Carraspeó levemente y volvió a su lugar, sonriendo al cura.  

Entre los invitados, algunas almas malpensadas empezaron a cuchichear. Ya era la hora. Aquello era flagrante, llegar tarde a su propia boda, por un miserable partido de fútbol. Aunque fuera una final histórica, una boda era una boda.  

Entonces irrumpieron, el novio y sus dos amigotes. Nadie diría que fueran sobrios, pero tampoco nadie se atrevió a acusarles de lo contrario. La mirada de la novia lanzaba saetas envenenadas al cráneo del novio cuando éste llegó junto al altar. Comprendió que no era un buen momento para un beso de saludo.

El cura se reubicó el alzacuello y aquello comenzó. Los cuchicheos se detuvieron, pero el susurro del audífono instalado en el oído izquierdo de uno de los amigotes siguió con su cantinela: faltaban muy pocos minutos para el pitido final.

Entonces el amigote abre la boca como nunca. Emite un agudísimo silbido que sólo el novio parece escuchar. El futuro y ebrio marido se gira, el pánico en el rostro, pero ya no hay tiempo para nada.

Es cuando aquel enorme meteorito de extraños colores y brillos irrumpe en la ceremonia y aplasta literalmente todo: los bancos, los invitados, los músicos…  En apenas dos milisegundos, todo es destrozado por el salvaje impacto de aquella maldad esférica.

Y mientras el estadio cantaba el gol en pleno delirio, nadie pudo escuchar una pobre vocecilla que lloraba maldiciendo su suerte. La novia, herida de muerte, maldecía el aciago día en que había conocido a esa hormiga que le había robado el corazón, y maldecía su idiotez por no haber escuchado las sabias palabras de su madre: “Hija mía, el maldito fútbol acabará con tu pareja”.  

En cuanto sacaron de medio campo, el árbitro pitó el final y la hormiga vestida de novia feneció con los ojos abiertos. 

 

Compromiso etílico con un viejo compañero de la universidad. Aunque parezca increíble, Dimitri puede colaborar hasta con revistas de fúmbol, su gran desconocido. Pero fue el segundo cuento publicado, que pasó por las manos de miles de los trastorners que pueblan los estadios patrios cada domingo. ¿Lo leerían? ¿Les haría gracia? ¿Serviría el cuento para envolver el bocadillo de mortadela del lunes? Esta última opción me reconforta…

2 Comentarios »

  1. que guay! soy tu fan total!!! me encantan los cuentos y en este cuento me encanta lo del meteorito! sigue subiendo muchas cosas!

    por nina — 8 August, 2007 @ 11:23 am

  2. que verdad lo del futbol!! Me encanta

    por ainara — 8 August, 2007 @ 6:54 pm



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