31 Agosto, 2007

The adventures of The Red Pizpirette (y II)

En la copa del roble centenario, el pájaro más anciano y más sabio del árbol-ciudad acaba de relatar los recientes acontecimientos. Tiene cara de preocupación. The Red Pizpirette, sentada a horcajadas sobre una rama cercana, bailotea con las botas rojas colgando y le hace preguntas y más preguntas. Algunas incluso sobre pequeños detalles que se diría no tienen importancia alguna.

La situación no es nada buena. Desde hace algunos días, el árbol-ciudad está recibiendo una desagradable visita. Esta comunidad de pájaros, conocida en todo el bosque por su trabajo coral –premiado incluso en certámenes interbosques- se está viendo seriamente amenazada. La responsable no es otra que Ni-nah, la Brujilla Cantante. Una joven y malvada hechicera muy interesada en el aprendizaje de los conjuros melódicos, para lo que necesita capturar a bebés-pajarillo para robarles sus primeras melodías.

Así pues, desde hace una semana se presenta un día sí y otro también en el árbol-ciudad. Enseñada por el inefable mago sónico Piotr, Ni-nah domina las oscuras artes de la cetrería podal. Aquesto consiste en dominar a las aves con movimientos de los pies.

-¡Se las verá conmigo esa Ni-Nah! –saltó en la rama The Red Pizpirette- ¿Y cómo son esos movimientos de pie que tanto os aterran?

El anciano cierra los ojos como queriendo alejar un mal recuerdo.

-Se trata de unos horribles movimientos rítmicos contra el suelo. Nos atraen irremediablemente, sin nada que hacer. Nosotros, los adultos, lo podemos controlar relativamente, ¡pero los más jóvenes caen a sus pies como si fueran fruta madura!

Entonces aterriza junto a él el pajarillo piloto. Lleva puesto un mono de mecánico.

-¿Podrás ayudarnos, señorita Botas de Semáforo? –inquiere a The Red Pizpirette.

Ella se ha puesto de un salto en pie sobre la rama. Luce una pose casi triunfal:

-No os preocupéis, ¡The Red Pizpirette os salvará! Se me está ocurriendo un plan… ¿Qué tal funciona el suministro eléctrico de vuestro árbol-ciudad?

 

*   *   *

 

Hace una espléndida mañana en el bosque. Todo está tranquilo, demasiado tranquilo. En el árbol-ciudad, todos aguardan en tensa calma lo que está por llegar. Y no se hace esperar: el cántico jovial de Ni-Nah se oye desde lejos. Los párajos tiemblan en sus ramas. Se hace un silencio sepulcral.

Ni-nah llega hasta la base del árbol. Para su sorpresa, no está sola:

-¿Quién eres y qué haces ahí?

-Oh viajero, soy un peregrino descansando a la sombra de este buen árbol…

-¡Eres un gato negro con una túnica horrible! ¿Qué pretendes? ¡Ese es mi sitio favorito! ¡¡Fuera!!

-Vaya, lo siento. Pero estoy tan cansado que no puedo mover ni una pata.

-¡Necesito ese sitio para llamar a mis amigos!

El gato peregrino ha cerrado los ojos y empieza a dormitar. Ni-nah se enfurece y lanza un grito musical. Mira con furia hacia las ramas del árbol y se dispone a empezar con sus maléficos movimientos podales desde ahí mismo, un poco más lejos será igualmente efectivo… Pero entonces oye la música. Los primeros acordes de “Campanera” suenan desde dentro del árbol. Ni-nah se pone como una furia. Con la música, su técnica no servirá de nada.

En las ramas, los pájaros se dividen entre los que observan en silencio y los que cantan animados por The Red Pizpirette: “¿Por qué han pintao tus ojeraaaaaaaaaas?”. Es una bella estampa: los pájaros cantando al gran Joselito, unas botas rojas bailando de rama en rama y abajo, una furia de pelo negro revuelto echando pestes hacia arriba. A su lado, Minine representando a la perfección su papel de siesta profunda.

Con el maravilloso estribillo “Dile que pare esa noriaaaaaaaa…” llega el momento. De forma sorpresiva, The Red Pizpirette cae sobre Ni-nah. Al fin cara a cara, se dicen las dos con las miradas. Ni-nah es muy rápida. Saca de su selvática melena un afilado pincho y lo lanza con precisión. Una rápida reacción de las botas rojas evitan una tragedia. Seguidamente, las dos intercambian unos amistosos saludos a modo de crítica estética. Me encanta tu ridículo peinado, a ver hacemos un poquito de deporte, no compres más ropa en el chino, por favor.

-¡Tengo más fuerza de la que crees! –le grita The Red Pizpirette blandiendo bíceps- Te reto a un duelo de meñiques. Si gano, abandonarás el árbol-ciudad y no volverás pero jamás de los jamases. En cambio, si tú vences –intercambio de mirada de pesar con la comunidad pajaril- podrás realizar hoy también tus horribles movimientos de pie.

-¿Y tú te haces llamar justiciera más allá de las lindes del bosque? –le espeta Ni-nah con una amenazante sonrisa- ¡Me mofo! ¡Te reto a un duelo de dedos gordos de pie! ¡Ahí está la auténtica fuerza! ¡Seguro que no te atreves, cobarde!

Nadie puede llamar cobarde a The Red Pizpirette. Absolutamente nadie. Consciente de la pericia podal de Ni-nah y de su pérdida de fuerza sin una bota, acepta el reto. Tiene que ganarle en su propio terreno. Ni-nah se ríe muy alto, saca un extraño bote, bebe un trago de su interior y el combate da comienzo.

Pies en alto, el enfrentamiento es feroz. Ni-nah cuenta con un pie más robusto y más grande que el de nuestra heroína favorita, que lucha sin cuartel, supliendo su menor fuerza con nervio y pericia.

En las ramas, los pájaros no pierden detalle. En la zona oeste, se está empezando a organizar una peña ruidosa que anima el combate. Alguien luce una pancarta de apoyo a The Red Pizpirette. El combate no acaba de inclinarse por ninguna de las dos partes. Las fuerzas empiezan a flaquear. Pero entonces, Ni-nah saca a relucir sus malas artes: en un momento en el que tiene medio dominado al pie rival, coge una pequeña rama del suelo y ataca con un mortífero ataque de cosquillas. ¡Y he aquí que ha descubierto el punto flaco de The Red Pizpirette!

-¡Trampa! ¡Eso no es justo…

Es todo lo que puede decir antes de caer al suelo entre sonoras carcajadas. Arriba, los pájaros se echan las alas a la cabeza: aquello tiene muy mala pinta. Incluso la música se detiene. Por su parte, Ni-nah parece disfrutar sobremanera con aquello… Revolviéndose pero incapaz de huir, The Red Pizpirette intenta sacar su arma secreta de incandescencia facial, pero nada puede hacer sino reírse y reírse como una loca. En poco tiempo la rendición está muy cerca…

Entonces algo vuela como un rayo hacia Ni-nah, un destello blanco que apenas puede ver. Minine, enfundada en un kimono de karate que astutamente llevaba bajo el disfraz, vuela hacia ella soltando un furibundo maullido en japonés. El golpe resuena en la cabeza de Ni-nah y en buena parte del bosque. Ni-nah suelta un grito y cae al suelo. El árbol-ciudad estalla en jubilosos vítores y gorgoritos. Minine se viene arriba y despliega todo su arte, encadenando una sarta de certeros golpes. Sus menudas y rápidas patas dan su merecido a la malvada brujilla cantante, que apenas puede defenderse del aluvión de patadas. En menos de un minuto, Ni-nah es forzada a la rendición e invitada a la retirada. Lo hace blandiendo un vengativo puño en alto.

La alegría se desata. Vuelve a sonar “Campanera”, esta vez cantada por el árbol-ciudad entero. The Red Pizpirette y Minine se funden en un abrazo y bailan felices al pie del árbol. En las ramas, aparecen incluso algunos instrumentos de madera: pequeños tambores, un sonoro organillo, un arpa.

Y cuentan que así empezó una gran fiesta que se alargó durante varios días de cánticos y bailes sin fin…

 

29 Agosto, 2007

The adventures of The Red Pizpirette (I)

-¡Eso no es justo! –grita The Red Pizpirette irrumpiendo en el lugar del entuerto.

Los dos perros se detienen, le miran y vuelven a mirarse entre ellos. ¿Por qué tan rubia y tan blanca y con aquellas botas de agua rojas? ¿Qué pretende decir con esa mirada? ¿Desde cuándo dos perros no pueden discutir en un parque?

El perro grande, bonachón, bigotudo y pausado, toma el ladrido:

-¿Tendría la amabilidad de decirnos qué pretende exactamente, señorita?

-¿Disimulando? ¡Os he oído! ¡Estáis maquinando algo malvado!

-¡Estamos discutiendo! –el pequeño, rabietoso y pelón, tiene peores pulgas- ¡Somos perros! ¡Esto es un parque! ¿Cuál es el maldito problema?

The Red Pizpirette frunce sus mínimos labios rosas y, pensativa, realiza unos breves pasos de claquet. Sus katiuskas rojas hacen ronronear la gravilla. Mientras tanto, compone una mueca extraña: está empezando a silbar. De repente, el silbido se detiente y The Red Pizpirette apunta con su anillo mágico a los dos canes:

-¡No subestiméis mi super-oído, pérfidos pulgosos! ¡Sé lo que estábais tramando hacer con el balón de aquellos niños! Y ahora… si no os marcháis inmediatamente de aquí y dejáis a los niños tranquilos, haré fuerza y pondré mi cara tan roja que pensaréis que estáis hablando con un tomate… ¡y después haré más fuerza todavía y mi cara estará tan roja que os abrasará enteros!

Los perros guardan un silencio significativo. El pequeño tose y se aclara la voz:

-Sí, claro. Si nos disculpa… -hace amago de reiniciar la conversación, ninguneando a la intrusa.

The Red Pizpirette inicia un baile sinuoso y saltarín, mientras apunta más con el anillo a los perros. Su cara empieza a enrojecer. Más y más. Los dos perros se miran.

-Cómo está el parque. Ya ni pinchar balones puede uno –dice el grande.

-Pero ¿tú estás viendo lo que yo estoy viendo?

-Bah, vamos a tomar algo. ¿Hace un orujo?

-Venga.

Los dos perros se giran y empiezan a andar muy dignamente y sin prisa, pero cuando miran atrás de reojo y comprueban que algo incandescente se acerca a ellos, echan a trotar y trotar sin mirár atrás, y no paran hasta estar bien lejos del parque…

 

*   *   *

 

Un bonito día se cuela por la ventana. The Red Pizpirette se despereza en la cama, los ojos grisazules y risueños posados en el techo blanco. En la cocina, Minine manda un mensaje por el móvil mientras el café se termina de hacer. Maúlla por lo bajini su canción favorita de Marisol.

El humo de la cafetera revolotea por la cocina y explora la casa. Un ático blaaaanco y tranquilo, donde el sol rebota en todas las paredes. Una pequeña voluta recorre el estrecho pasillo y llega hasta la cama. Hace unas piruetas acrobáticas y se posa justo en la punta de la nariz de The Red Pizpirette: en un minuto, se ha plantado las katiuskas rojas, se ha hecho dos coletas y está entrando en la cocina.

A Minine le gusta tomar en silencio el primer café de la mañana, a ella también. Una mueve de vez en cuando su cola negra. La otra, mira por la ventana el cielo azul. Cuando terminan, ella va a la sala, abre el gran ventanal y se acuclilla frente a su flor favorita: una orquídea blanca con millones de pecas rosas. Como cada día, observa detenidamente sus pétalos, convencida de que se mueven un poquito cuando abre la ventana. Satisfecha, le da un levísimo beso, se levanta y se estira soltando un ligero gemido. Desde la cocina, Minine contesta con un maullido cantarín mientras empieza a fregar los cacharros.

Es hora de empezar el día…

 

*   *   *

 

The Red Pizpirette pasea por el campo, en una refulgente tarde primaveral, cuando un pequeño pajarillo le sale al paso. Conduce un diminuto triciclo a una velocidad bastante superior a la permitida en caminos forestales. Se detiene ante ella con un sonoro derrape.

-¡Cáspita! –pía mirando las botas de arriba abajo- ¡Si parecen dos semáforos y son dos botas rojas!

-Hola, pajaruelo. Sí, son mis Botas Rojas. Me dan poder, como mi Anillo Mágico.

-¿Botas y anillos mágicos? ¡Chorradas! Si hace el favor de dejarme pasar, menudo lío tenemos en la ciudad-árbol como para perder el tiempo con botas con poderes…

-¿Cómo? ¿Una injusticia? ¡¿Dónde?!

El pájaro, por primera vez, le mira de arriba abajo, detenidamente.

-¿Qué eres, una especie de Quijote con botas?

-¡Soy The Red Pizpirette! ¡Y no hay injusticia a la que no me enfrente!

-Suenas un poco loca, la verdad. Pero menos es nada… Si quieres seguirme, no estamos muy lejos.

El pajarillo sale disparado con su triciclo de carreras. A campo traviesa. The Red Pizpirette le sigue, con cuidado de no pisarle ni de pisar ningún otro animal aún más pequeño, como hormigas, escarabajos, etc.

Tal es el cariño que tiene The Red Pizpirette por los animales.

 

[tobecontinued]

 

Indiscutiblemente, uno de mis personajes craneales favoritos, tanto sobre el blanco como en el blanco refulgente: la Pizpireta Escarlata, también conocida como The Red Pizpirette, se convirtió en cuento a principios de este año. Maquinado, escrito y manufacturado con gran laboriosidad y para alborozo de la más torpeda entre todas las torpedas.

27 Agosto, 2007

Libro

El libro estaba nuevo, y sin saber cómo tuvo la certeza de que aún nadie lo había abierto. Lo cogió con las dos manos y se sentó en la gastada butaca. Abrió la tapa dura y vio con extrañeza lo que allí había: un trozo de una especie de masa sucia pegada en el interior de la tapa. Pensó que era imposible que no se hubiera dado cuenta en la librería. Cerró el libro y comprobó extrañado que cerraba perfectamente. Lo abrió otra vez y, acercando con cuidado el libro a su cara, examinó la masa con curiosidad. Era de un tono blanco mortecino, y tenía pegadas numerosas partículas de suciedad. No desprendía ningún olor.

Este último detalle le hizo sentir una repentina y profunda náusea. Pasó la primera página y empezó a leer tan rápido como pudo. La lectura era pesada y monótona. Cada línea era una carga que parecía irse echando a la espalda. Los párrafos inmensos, pedregosos, interminables. Al fin consiguió pasar la primera página y tuvo el deseo de buscar el índice y ver cuántas páginas iba a durar ese primer capítulo. Tal vez no había índice. Tal vez no había capítulos. Decidió que lo mejor sería seguir leyendo.

Cuando iba por la página cuatro, la masa superaba la superficie de la tapa y asomaba por las esquinas. La lectura seguía su insufrible camino de monotonía. Línea a línea, palabra a palabra. Letra a letra. Para cuando empezó la página siete, la masa le cubría toda la mano. Ya sólo podía pasar las páginas con la mano derecha, pero era tarea fácil porque la masa ayudaba sujetándolas. Según fue avanzando en la lectura, la masa se extendió por el brazo y el cuello, llegando hasta la barbilla y taponando el oído. Tragó saliva para experimentar la nueva sensación de escucha en mono. Carraspeó, disfrutando del sonido interior, y siguió leyendo.

Cuando ellos llegaron, la masa cubría todo el sofá y no había nada más.

 

24 Agosto, 2007

Ya tengo perro (y II)

Cuando el perro estuvo a más de diez metros, pude volver a respirar. Era lo más grande que había visto jamás sobre cuatro patas, y parecía tener muchas ganas de jugar conmigo. Del miedo me dejé hasta una pata fuera… Y Marta encima no callaba, que se fueran de nuestro camino, que teníamos una misión, y que cuando yo me enfadaba… Sí, cuando yo me enfadaba era muy peligroso, pero mejor dentro del caparazón.

Desde mi refugio vi cómo el perro se alejaba, pero todavía no me parecía seguro salir.  Marta y su dedo se encargaron de hacerme cambiar de opinión. El camino seguía, y la charca no estaba cerca, pero la motivación de saludar a algunos compañeros de especie me empujaron a seguir. Marta tiraba de mí, sin mala intención pero sin tregua…

 

Aquel dragón jorobado nos miraba todo el rato. Echaba humo por la boca y no se movía, pero nos miraba. Me acerqué hasta él y le dije que se apartara de nuestro camino, a ver si era tonto o qué por mirarnos tanto. Él se rio y dijo algo. Hablaba muy raro, me imagino que como todos los dragones –era el primero que veía en mi vida-, y sólo se le entendían algunas palabras. Y además no se movía. Seguía diciendo cosas raras. Luego señalaba a mi perro y se reía.

Yo le dije que no tenía que reírse, y que además olía muy mal. Creo que eso no le gustó mucho, porque dejó de reírse un poco. Al final, cogí al perro en brazos, pero por que quise, y nos fuimos. Yo le saqué la lengua al dragón y le dije todas las palabrotas que sabía seguidas. Él se rió y echó mucho humo. La verdad es que sí que daba un poco de miedo…

 

Marta me animaba diciendo que estábamos cerca de la charca. Yo, por mi parte, estaba destrozado con la caminata. Y por supuesto, con mi grán ángulo de visión, no veía ni la charca ni nada. Pero pronto la oí. Y había ambiente, al menos un par de ranas jovencitas. Todavía me costó un triunfo llegar, pero al final pude zambullirme en ese agua tibia y maravillosa, al sol, tan ricamente…

La alegría tampoco duró demasiado esta vez. Marta había encontrado nuevos enemigos. Eran un par de niños que jugaban en la otra orilla de la charca a cazar renacuajos y que además tenían secuestrada a una ranita. Marta chillaba y saltaba en la orilla de la charca, ellos no podían hacer eso, iban a ver lo que era bueno. Yo intenté desaparecer bajo el agua, pero no fui lo suficientemente rápido.

Me esgrimió como un arma peligrosísima. A mí, que soy pacifista de vocación. Me obligó a encararme con ellos. Dales su merecido. Una vez más, qué iba a decir… Solté algunos ladridos poco convincentes. Un pisotón de cualquiera de ellos hubiera causado daños irreparables en mi reducido pero confortable hogar. Mientras yo ladraba, Marta aplaudía y saltaba. A estas alturas ya se había metido en la charca y se estaba poniendo realmente perdida. Pero no parecía importarle…

Para mi sorpresa, los niños se acabaron marchando, y no sin soltar todos los renacuajos y la ranita. Ésta volvió al agua y empezó a nadar feliz, estirando grácilmente sus pequeñas y bonitas ancas. Estuve un rato coqueteando con ella; era simpática, pero nos separaban demasiados años: su familia nunca me habría aceptado.

Cuando Marta se hubo despedido de todos y cada uno de los habitantes de la charca, llegó el momento de seguir nuestro camino.

 

Ya estábamos llegando al Solar Más Allá de la Charca. Como allí no había nadie, le pregunté al perro a ver dónde estaba la gente que nos necesitaba. Él me miró pero no dijo nada. Jo, en los momentos más importantes siempre se callaba.

Entonces apareció. Era un Príncipe muy guapo acompañado de su perro pequeño y blanco. Entonces supe cuál era nuestra misión: había que salvar al Príncipe. Fui a donde él y le dije que me llamaba Marta y que iba a salvarle. Él no me miraba y se tocaba las manos todo el rato. Decía que tenía que irse enseguida a casa. También dijo que se llamaba Luis. Yo le dije que nuestros perros eran amigos, y que entonces nosotros también teníamos que ser amigos.

La parte más importante de la misión era cuando le tenía que dar un beso al Príncipe. Era difícil porque él no sabía que esa era nuestra misión y que así le salvaría. Además no paraba de decir que se tenía que ir.

Al final fui corriendo y le di el beso, y casi me caigo con su perro. Bueno, me caí un poco pero los dos nos reímos. Entonces dijo que se tenía que ir a casa. Yo le dije que me había gustado salvarle, y que si quería mañana le podía salvar otra vez. Él dijo que no sabía si podría bajar y empezó a andar. Luego, cuando ya estaba un poco lejos, se dio la vuelta y yo le saludé con la mano y saltando un poco. Él también me saludó con la mano.

Entonces cogí al perro en brazos y me fui para casa. Seguro que mamá estaba un poco enfadada…

 

22 Agosto, 2007

Ya tengo perro (I)

Ella me miraba y me miraba con aquellos grandes ojos rebosantes de ilusión, esperando a que algo ocurriera, pero ¿qué podía hacer yo? ¿Qué culpa tenía yo de ser una tortuga y no un perro? Cada mañana, venía corriendo por el pasillo entre gritos y canciones, y allí se plantaba. Yo, somnoliento, le miraba. Lo siento. Sigo siendo una tortuga.

Durante el resto del día venía a visitarme regularmente, supongo que para ver si me había convertido en perro de una vez. También es verdad, todo hay que decirlo, que algunas veces se olvidaba del tema y me trataba como una tortuga se merece: me acariciaba, metía las manos en mi agua, me hacía esconder la cabeza…

Yo pensaba que todo aquello del perro se le olvidaría, suele pasar con los niños. Pero  Marta tenía demasiada imaginación para darse por vencida… 

 

Estaba segura, le había oído ladrar desde la cama. Me levanté y fui corriendo al cuarto de baño. Pero el perro no estaba. Estaba la tortuga. Miré bien, muy de cerca, a ver si le estaban empezando a salir ya los pelos, o a crecer los dientes de perro. Nadie lo entendía, pero yo necesitaba un perro. Yo tenía que tener un perro.

Decidí ladrarle. Igual era un perro pero todavía no lo sabía. Así se daría cuenta. Le  ladré. Me miró y no dijo nada. Le ladré algunas veces más y, como no pasaba nada, me fui corriendo a jugar mientras seguía ladrando.

Estuve jugando un rato a saltar en la cama, cantando canciones que me inventaba. Me di un cabezazo contra la pared y entonces paré de saltar. Volví corriendo al cuarto de baño y ladré un poco más, pero nada. Entonces jugué un poco a las princesas que se bañan en el agua, y luego jugué a meterle la cabeza adentro para ver si podía respirar. Sí podía, pero no le gustaba estar siempre dentro. Como a los perros…

 

¿Alguien puede decirme que tipo de actitud debe tomar una tortuga cuando su dueña empieza a ladrarle? Fue una mañana, como siempre demasiado temprano para mi vida ociosa. Después de la meticulosa observación de rigor, me soltó un ladrido. Y luego otro, y otro… Lo hacía con cariño, con toda esa ilusión que regalaba al mundo en cada gesto, en cada lento parpadeo. Supongo que fue en ese preciso instante cuando empecé a plantearme hacerlo…

A la mañana siguiente, cuando llegó corriendo como cada día, yo le recibí con un ladrido. Primero se quedó muy quieta. Volví a ladrar, un poco peor esta vez, pero creo que no importó, porque entonces se puso a gritar y a saltar y a dar palmas. Y luego me cogió en brazos y me dio muchos besos. Si lo hubiera sabido antes…

Ciertamente, la alegría no duró demasiado. Lo siguiente que recuerdo fue una correa. Y luego la calle. Fue terrible, podéis creerme, una tortuga tiene que realizar un gran esfuerzo para orinar con una pata en alto…

 

La correa le quedaba un poco grande, pero se la apreté bien para que le quedara mejor. Ya tenía perro. Dije que me iba a la calle y me fui. En el portal, un vecino me miró y yo le dije que tenía perro. Me miró, miro a mi perro, volvió a mirarme y después se fue. ¡Qué vecino tan raro!

Cuando salimos a la calle, el perro empezó a hablar. Me dijo que teníamos que ir al solar, más allá de la charca. Que era muy importante porque alguien nos necesitaba.

Yo no había pensado ir allí, pero si alguien nos necesitaba teníamos que ir. Así que fuimos. Era una pena porque el perro andaba muy despacio. Yo tiraba de él, pero no demasiado para no hacerle daño. Como era el primer día que tenía un perro, tampoco sabía muy bien cómo tratarle.

Y de repente, empezó la pelea. Aquel perro era enorme, uno de los peligrosos, pero el mío era valiente y le ladraba sin parar. El otro perro también tenía un dueño, y yo le dije que nos dejara tranquilos, que teníamos que ir al solar porque alguien nos esperaba allí. Él tiró de su perro, seguro que le hizo mucho daño, y nosotros nos reímos y les llamamos cobardes. Luego seguimos nuestro camino.

 

[tobecontinued] 

 

De todos los hasta ahora subidos, aqueste es el que más se acerca al género infantil. Era un regalo para una amiga y salió así, nada pude hacer, oigan. Pensaba marcar las diferentes voces en verde y negro, como en el original, pero parece que esto no da para tanto…

20 Agosto, 2007

Una manta

Caminaba por el bosque, no hacía frío y estaba contento porque el sol entraba entre las ramas de los árboles y le daba en la cara. Tenía un buen rato por delante para inventar algún juego nuevo. Entonces la vio, y sus colores le atrajeron poderosamente. Era una manta de lana. Se tumbó sobre ella, se arropó y, sin darse cuenta, se quedó dormido…

Cuando se despertó, supo que llegaba tarde a casa y que habría bronca. Empezó a alejarse pero oyó cómo alguien le silbaba. ¿Era la manta? ¿Una de sus esquinas se levantaba como una mano y le invitaba a volver? Empezó a acercarse, muy despacio, y fue entonces cuando la manta saltó hasta él y se extendió junto a sus pies. Silbó y frotó sus zapatos. Cuando se subió, la manta realizó un movimiento de aviso y luego levantó el vuelo.

Se agachó, despacio, y no tardó en cogerle el truco al pilotaje. Era fácil. Adelante para ir más rápido, hacia atrás para frenar, levantar un lado para girar… Tomó altura y observó la belleza del bosque desde arriba: parecía un enorme gato verde durmiendo, con motas marrones y morro de arbustos grisáceos. Voló sobre el río y luego hasta la montaña más alta, donde había nieve pero él no tenía frío. Unos pingüinos que jugaban a rubgy le saludaron y le dedicaron un baile típico y una melée. Él aplaudió a rabiar mientras les animaba a gritos.

Mientras sobrevolaba una ladera, pasó cerca de una bonita cabritilla que pacía en una ladera. Primero fue un complicado viraje. Luego, como quien no quiere la cosa, una demostración de cabriolas dignas de un piloto profesional. Ella se hizo la interesante y siguió masticando, pero en el último giro le sonrió con sus grandes dientes blancos. Él respondió con un solemne saludo y volvió a coger altura.

Se dirigió de nuevo al bosque, estaba atardeciendo y había que volver a casa. Aterrizó –con ciertos problemas- cerca y caminó hasta la puerta. Llamó. Era bastante tarde. Abrió ella, con preocupación en sus bonitos ojos de mujer madura:

-Aita, ¿cómo tengo que decirte que no salgas al bosque con la manta?

 

Otro regalo familiar, este como agradecimiento -siempre por debajo de la altura- a la mejor manta que he tenido nunca para practicar el noble arte de la siesta.

17 Agosto, 2007

Laura and The Fabulous Krills (y II)

Hubo ensayos, hubo ensayos, y luego hubo más ensayos. Al final, me sabía el tema de memoria hasta yo. Pero Laura había mejorado una barbaridad. Y Pulpo Joe, bueno, la verdad es que a él le había venido muy bien el cambio. Aunque no lo pregonaba, se notaba que le daba menos a la gasolina. Había recuperado parte de la ilusión por vivir, y eso ya era mucho. Yo les escuchaba cada ensayo, sonriente, desde uno de los gastados sofás de su gruta…

Llegó el día del Acuatic Rock Festival. Era sábado in the night y la Sala Acqualung estaba a reventar, no cabía ni el más mínimo y tembloroso pececillo. El prestigio de este  concurso venía de años atrás, cuando había dado a conocer a grandes bandas como The Tiburon Kings o las geniales Crazy Sardinas. Últimamente el nivel había decaído un poco pero seguía siendo alto.

Allí nos plantamos. Laura, por supuesto, temblaba más que un mero asustado. Yo llevaba mi mejor chupa de cuero e intentaba tranquilizarla, pero no había manera. Teníamos un diminuto camerino donde pudimos beber algo mientras Laura se preparaba. Pulpo Joe llevaba un ciego considerable, pero qué podía decirle. Se le veía feliz y confiado en la actuación. Laura quería estar un rato sola, así que me escabullí entre bambalinas para ver algunos grupos.

Pillé a los cangrejos rocketas en plena actuación. Eran buenos. Tocaban un rock-a-billy old school muy currado. Y sabían moverse en escena. Peligrosos rivales. Luego fue el turno de aquel enorme tiburón disfrazado de Elvis. La verdad es que era patético, un simple fan de The Tiburon Kings, todavía en activo por cierto. Si estaban en alguna parte de las gradas del puerto, se estarían muriendo de vergüenza.

Volví al camerino y allí estaba Laura, calentando la voz sin parar quieta. Pulpo Joe, en cambio, estaba demasiado quieto. Con esa sonrisa suya de felicidad en otra dimensión. Les dije que era nuestro turno. Di un beso tranquilizador a Laura y me alojé en su boca, como el primer día. Quería estar muy cerca de ella. Pulpo Joe se levantó de un supuesto salto lleno de vitalidad, pero no llegó a convencerme, sobre todo cuando tiró el cenicero y su copa y ni se enteró… Salimos al pasillo, rumbo a las luces y la muchedumbre impaciente.

Cuando llegamos al escenario, vi que Pulpo Joe había olvidado ponerse la pajarita. Se sentó y tanteó levemente las teclas. Laura estaba tan nerviosa que sus jadeos eran pequeños gemidos. Pero yo estaba seguro de que iba a hacerlo de maravilla. Porque aquella noche yo contaba con un arma secreta. Algo que nadie aún conocía. Mi mejor invento desde el sistema de agarre a barbas.

La canción era “Te espero entre las rocas” de Tony Anguila. Un buen tema, perfecto para lucimiento de la voz de Laura. Pulpo Joe atacó con la intro y se zambulló en la primera estrofa. Estaba en estado de gracia. Laura emitió un imperceptible carraspeo que me hizo vibrar los bigotes y empezó.

Ni siquiera la típica inseguridad inicial. Nada. Laura empezó a cantar y aquello sonaba perfecto. Apoteósico. Pulpo Joe se inclinaba sobre las teclas en su éxtasis particular. Yo, cuando Laura abría mucho la boca, podía ver al público. Y parecía que les iba gustando.

En el segundo estribillo, entré en acción. Una vez más, todo estaba calculado. ¿Nadie se ha parado a pensar qué tipo de coro se puede hacer desde dentro de una boca? Sobra decir que de joven había hecho mis pinitos como cantante. Empecé a cantar y el resultado fue increíble. La voz de Laura cogió otro tono, se reforzó, se agravó sin perder su dulzura. Se convirtió en un prodigio vocal, algo raro, nuevo, mágico que encendió al público.

Acabamos un segundo estribillo insuperable. El concurso iba a ser nuestro, no había ninguna duda. El público rugía, el garito se venía abajo. Pero entonces ocurrió algo increíble. Nunca lo hubiera imaginado. De repente, Pulpo Joe y su piano desaparecieron. Sí, era posible. Se habían caído del escenario con un estruendo horrible. La maldita manía de Pulpo Joe de mover la pierna como un poseso mientras toca, un piano con las ruedas sin fijar. Simplemente surrealista…

Al ver que Pulpo Joe y su piano desaparecían, Laura se quedó paralizada, en estado de shock. Yo, evidentemente, no podía salir de su boca y descubrir el pastel. Le dije que se volviera y salté de su boca, simulando que llegaba de entre bambalinas. Fui hasta Pulpo Joe y vi que no se había hecho nada. Sólo murmuraba algo sobre los malditos pianos con ruedas…

Para colmo de males, en vez de la enorme ovación que estábamos cosechando, el público nos dedicó una descomunal risotada. Una lluvia de carcajadas humillantes que no, ni lo soñéis, no terminó evolucionando a aplausos de caridad. Por si no lo he dicho, el público de los conciertos submarinos es muy, pero muy hijo de puta.

De vuelta en el camerino, Laura no podía parar de llorar y yo no sabía qué hacer. Pulpo Joe se dio a la gasolina. En media hora nos invitaron a irnos. Y encima con risitas. Salimos del garito por un callejón, todo glamour, basura y miradas bajas. Pero allí estaba él, como salido de una vieja película en blanco y negro. Un congrio de mirada turbia envuelto en cuero negro. Un productor de medio pelo, interesado en la voz de Laura. Bueno, menos era nada. Y, claro tío, claro que queremos conocer tus estudios, tío. ¿O es que no ves nuestras caras de derrota?

Dejamos –literalmente- a Pulpo Joe en su gruta y fuimos hacia los estudios. Fred Somme daba miedo de cerca: tenía unos dientes horribles y la mirada encendida. Le daba a la gasolina sin ningún tipo de control. Continuamente nos ofrecía, pero nosotros pasábamos. Ya estábamos bastante flipados con la nochecita.

En los estudios, cuando estaba ya bien puesto, Fred nos habló claro. Quería un grupo con esa voz. No le importaba cómo conseguía esa voz. Pero la quería. Eso sí, hacía falta un grupo, una banda de rock and roll. No le interesaban las solistas. Nos ofreció un  contrato que parecía justo y nos dijo que lo pensáramos tranquilamente. Por nuestra parte, no había nada que pensar, pero nos hicimos los interesantes. Salimos de los estudios y, claro, nos  fuimos de juerga…

Cuando nos recuperamos de la resaca, llamamos a Fred y aceptamos. Lo primero fue el interminable casting. Se busca banda completa a la que añadir vocalista cetácea. Nunca pensamos que fuera tan complicado. Tuvimos que aguantar de todo. Atunes electro-rockers, medusas mods, y ¿quién dejó pasar a aquellos lenguados punkies? Tuvimos hasta una solista muy venida a menos, una tal Nina que apenas se tenía en pie… El caso es que nadie gustó a Fred.

Aburrido de perder el tiempo con todos estos castings, maquiné otro de mis planes. Recluté a unos cuantos krills y les expliqué la situación. Montamos la supuesta banda previa y se dejaron caer por los estudios. La canción de prueba -que por supuesto habíamos ensayado a escondidas- sonó de maravilla y vimos cómo los ojos vidriosos de Fred brillaron como después del mejor chute de gasolina. Ya teníamos banda…

Laura and The Fabulous Krills tuvo un éxito arrollador. Nos comimos el mercado discográfico submarino en dos meses. Nuestro primer hit, “Fuck the fisherman”, reventó los altavoces de los mejores garitos acuáticos de muchas millas a la redonda.

Y eso sólo fue el principio. Tuvimos una larga y prolífica carrera musical. Estuvimos sacando discos durante más de cinco años, llenando estadios marítimos, forrándonos con las giras, el merchandising y todo eso. Para muchos entendidos, Laura and The Fabulous Krills fue la banda definitiva de rock and roll submarino.

Y, todavía hoy, nadie ha conseguido demostrar lo contrario…

 

Regalo escrito y manufacturado durante meses -antes era más vago aún- para una super-crítica y amiga insustituible. Basado en dos paridas internas, la situación fue degenerando hasta llegar a esto. Hay que ver lo que puede dar de sí el rock and roll, el fondo marino y un poco de gasolina…

14 Agosto, 2007

Laura and The Fabulous Krills (I)

Podéis llamarme Krill. Vale, igual es un poco pretencioso hacerse llamar como toda tu especie, pero ¿acaso creéis que algún otro krill va a contaros alguna vez algo? Pues eso… ¿Preparados para conocer la auténtica historia de la banda de rock and roll que revolucionó la música submarina? Bien. He aquí el origen nunca contado de esa banda conocida como Laura and The Fabulous Krills…

Recordaremos por si acaso que los krill somos una especie de minúsculos langostinos que pululamos por la superficie del mar, en grandes grupos, hasta que llega una ballena que aspira y ahí se acaba todo. Una existencia apasionante, ciertamente.

Yo siempre me he negado a tener una vida tan corta y tan idiota. Siempre he ido a mi aire. Enseguida me dejé los bigotes largos y me escapaba del grupo a nadar por ahí. Nunca soporté las tradicionales canciones que entonábamos todos a una, todo eso de los krills, las pecas del mar, los krills, siempre juntos vaaaan… Chorradas. Además de ser un krill, digamos, peculiar, me propuse cambiar mi suerte. Rebelarme contra mi destino. Sí. Yo inventé el Sistema Definitivo de Agarre a Barbas de Ballena. El famoso SDABB, hoy utilizado por multitud de jóvenes y rebeldes krills.

El desarrollo del sistema de agarre no fue tarea fácil. Imaginad que un huracán os lanza por el aire a toda velocidad, y que vuestra única posibilidad de escapar de una muerte segura es agarraros a un árbol en pleno vuelo descontrolado. Bueno, vale, no parece TAN difícil. ¿Y si menciono las palabras con-los-dientes? Ah, pues a mí gracia ninguna. ¿O alguien pensaba que estos minibrazos podían servir para algo?

Mi gran técnica estaba depurada hasta el más mínimo detalle, pero no testada, cuando llegó la hora de la verdad. Ballena a la vista. Todos empezaron a gritar y a dejarse arrastrar por la súbita corriente moviendo sus bracitos. Yo me atusé el bigote y me dejé llevar con todos los sentidos alerta. No se trataba de una succión muy potente, lo que hacía más fácil un agarre exitoso. Según me iba acercando a las barbas, me sentía más ágil, preparado, sabía que podía hacerlo. En el momento exacto, descargué toda mi fuerza mandibular en una pequeña muesca de las barbas. Crank.

Qué dolor. Qué terrible dolor. Pero allí me quedé, bien sujeto hasta que el maremoto se detuvo. Por supuesto, no quedó ni uno de mis congéneres. Bueno, en el mar habría miles de millones más. Entonces, muy poco a poco, abrí los ojos y comprobé que me encontraba en la boca de una joven ballenita. Hasta me hubiera parecido dulce y frágil si no sintiera casi todos mis dientes rotos…

Su estilo natatorio era elegante y delicado. Me gustaba. Escupí algunos dientes y empecé a acomodarme en la muesca. Cuando ella salió a la superficie a echar un poco de agua, dejé que el sol me espabilara un poco. Bueno, no tenía dientes pero seguía vivo. La ballenita se movía despacio, como de forma observadora, siempre cerca de la superficie. Ella no paraba de echar sus chorros de agua y aire, y yo estaba feliz de la vida. Al poco empezó a cantar, y tenía una voz poderosa, entre dulce y salvaje.

Cerré los ojos y me relajé durante un buen rato. Cuando me decidí a hablarle, se pegó un susto del demonio. Se detuvo, miraba a todas partes y no decía nada. Es lógico, supongo. ¿Quién espera que le hable alguien que está tranquilamente alojado en su boca?

Con cuidado, le expliqué quién era y dónde estaba. Y le aseguré que un krill más no iba a llenarle en absoluto, y que no sería muy sabroso porque no me cuidaba nada, y que una vez había fumado –hay una técnica acuática para fumar, pero no es el momento…- y que bueno, que hiciera el favor de no ingerirme. Para terminar, le dije que su voz me recordaba a la de una famosa cantante que me inventé. Al parecer, algo de todo eso hizo efecto. Lo digo porque se rió. Cuando le expliqué mi sistema de agarre a barbas y le pregunté si conocía algún dentista experto en microdientes se rió mucho más. Lo bueno es que esto último iba en serio…

Se llamaba Laura. Nos dedicamos a nadar por la superficie –vale, ella nadaba-,  dando saltos y tumbos sin rumbo fijo. Yo le conté mi vida como krill, los viajes de multitudes, los brazos inútiles, las canciones idiotas, lo aburrido de formar parte minúscula de una mancha idiota que arrastran las corrientes hasta que llega una ballena. Pero sobre todo, -y esto fue lo que más le gustó- le conté todas mis aventuras en solitario: mis viajes a las costas, a los suburbios de los puertos, los garitos de conciertos, las noches locas…  

Ella no tenía muchas historias para contar. Era muy joven, y su madre era un poco autoritaria. De hecho, ya andaría buscándole. Pobre mamá. Estaba destinada a odiarme para siempre… Cuando Laura me contó que quería presentarse al Acuatic Rock Festival al que le entró la risa fue a mí. Pero el principio de una suave succión que movió toda su boca me hizo callar inmediatamente.

Iba en serio. Se puso un poco tensa mientras me contó que pensaba presentarse con una amiga, cantando una de The Salmonetes, unos representantes de la cara más deleznable del acné rock. Noté que aquello era importante para ella. Aunque no podía verlos, sabía que sus ojos brillaban mientras me lo contaba. Y así, sin darme cuenta, me vi quedando con ella para ir a verles ensayar al día siguiente.

Por el bien de todos, omitiré lo que presencié durante aquel ensayo. Después, cuando fuimos a dar una vuelta, le dije a Laura lo que pensaba. Si quería hacer algo en el festival, necesitaba ayuda de algún experto. Y de todas formas siempre estaría difícil. Había oído que este año se presentaba un grupo de cangrejos rockabillys que tenían un directo realmente incendiario…

Fuimos a ver a Pulpo Joe. Estaba como siempre, en su gruta poniéndose de gasolina. En las ciudades submarinas –que están siempre cerca de los puertos- la gasolina era la droga más popular. Los barcos varados la proporcionaban y la mafia de los corrocones –los peces más guarros y rastreros- la controlaban: la cogían de la superficie, la envasaban y la vendían.

Pulpo Joe fue, en otro tiempo, el mejor pianista de rock and roll de todo el fondo submarino. Sus tentáculos volaban sobre las teclas, su energía ponía a bailar hasta a las ostras más pasivas. Luego tuvo un poco de mala suerte con varios grupos y fue vapuleado por muchos managers de rapiña. Para terminar, tuvo un affaire con una espectacular langosta pelirroja que le dejó arruinado. Y demasiado viejo para el rock and roll…

De ahí a la gasolina apenas hay un paso. Cuando llegamos a su gruta, se notaba que hacía mucho tiempo que no tocaba una tecla. Se estaba viniendo abajo, su mirada le delataba. Yo salté de la muesca de la boca de Laura y nadé hacia él. Chocamos las manos y nos abrazamos. Éramos buenos amigos. Durante un tiempo frecuenté un garito donde él tocaba cada noche. Le presenté a Laura y le conté nuestro problemilla. Él se limitó a sonreír con sus ojos vidriosos de yonki gasolinero. Laura le miraba con una intensa mirada, mitad sorpresa y mitad impaciencia. Tuve que insistir bastante para que Pulpo Joe accediera a hacerle una prueba. Yo sólo quería que escuchara su voz. Si le gustaba y veía posibilidades, haríamos lo que quisiera para que tocara con ella en el Acuatic Rock Festival.

Pulpo Joe guardó con primor su reserva de gasolina, encendió un pitillo y se puso al piano. Maldijo sus entumecidos tentáculos pero enseguida sacó a relucir su inigualable  estilo. Laura me miró nerviosa, y yo le sonreí. Entonces tomó aire y se puso a cantar. No hizo falta mucho. Pulpo Joe detuvo sus tentáculos y la miró. Le guiñó uno de sus enormes ojos tristones. Estaba bien. Pulpo Joe iba a ayudarnos…

 

 [tobecontinued]

11 Agosto, 2007

Tormenta

Susana apagó la luz y se acurrucó en la cama. Las tormentas le daban miedo. Oía la lluvia arreciar contra la ventana y sobre el tejado, encima de su cabeza. El viento ululaba. Se encogió más, tenía los pies muy fríos.

Dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. La luz del viejo farol entraba por la ventana, creando una penumbra que le daba seguridad. Entonces lo oyó: un leve gemido, un aleteo mojado… ¿realmente se oía algo bajo la lluvia? Abrió los ojos como platos y esperó intentando escuchar entre la lluvia. Nada.

Se giró en la cama y allí estaba, una sombra en medio de su habitación. Se levantó de un salto. Era pálido y era joven y era como un niño pero no era un niño. Le miraba a través del cristal, pidiendo ayuda sin decir nada mientras la lluvia caía de su flequillo rubio y resbalaba por su cara.

Ella abrió la ventana y le dejó entrar. Estaba tiritando. Le metió en la cama y le arropó, con cuidado de no lastimarle las alas. Luego le secó el pelo, la frente y la cara. De puntillas, bajó a la cocina y volvió con un vaso de leche caliente. Él lo sujetó con las dos manos y lo bebió lentamente mientras entraba en calor. Empezó a sonreír. Susana le miraba junto a la cama, y pensó que era extraño que no tuviera los pies fríos.

No hubo ninguna palabra. Cuando hubo recuperado el color rosado de su cara, salió de la cama con un gesto felino, le dio un beso en la mejilla, abrió la ventana y salió. Llovía mucho menos cuando Susana le vio echar a volar y perderse entre la lluvia.

Al día siguiente, Susana oyó su nombre y bajó a desayunar. Había colegio. Cuando su madre le vio aparecer en la cocina, ahogó un grito con la mano y dejó caer contra el suelo la  taza de café. Después de años de falsas esperanzas, la cadera de su pequeña de siete años había vuelto a su sitio. Susana ya no cojeaba. La madre se agachó, le dijo “ven” con los ojos y la abrazó, envolviéndola con su mullida bata y sin decir una sola palabra.

 

Regalo navideño para un familiar. Empezó sin forma y con poco que decir, pero acabó -él mismo se fue retroalimentando, ante mis atónitos ojos- alcanzando un punto mágico que tiene su aquel. Ya saben, lo bueno si breve… Y no, no es un ángel.

10 Agosto, 2007

Manjares

    -¿Las crudités de alcachofas y zanahoria con esa salsa de cacao y menta?
    -Mmmm…
    -¿Y las albóndigas de jamón y paté a la almendra?
    -Ah.
    -Qué trato.
    -…
    -Qué corrección al servir.
    -Ajá.
    -Una impecable selección de caldos, fríos y calientes.
    -Sí.
    -Una decoración plausible.
    -Ciertamente.
    -Hay que reconocer que la comida estuvo a muy buen nivel.
    -Buen nivel, sí.
    -Y así lo haré saber en mi columna.
    -Yo tengo una página. Creo.
    -La sobremesa, en cambio, siempre me aburre…
    -Buf.
    -Malditos vasos de colores, malditas cartas… ¡te puedes creer que nos intentó colocar una baraja de cartas!
    -Je. Baraja.
    -Ahí sí que perdieron unos buenos puntos.
    -Bueno…
    -La tarde siempre es larga. Sigue siendo el problema de todos hoy en día.
    -Laaaaargas.
    -¿Qué hacer tantas horas? ¡La merienda es un oasis que nunca llega!
    -Siesta…
    -Siesta, sí, claro. La siesta siempre está ahí. Pero ¿cuántas horas vas a dormir? ¿Siete? Hace falta algo más para matar todo el tiempo de una eterna tarde.
    -…
    -Tu nunca te aburres, sabes mirar y esperar.
    -Sí.
    -¡La merienda me gustó sobremanera!
    -Brillante.
    -Esos dulces, esa variedad de tés, la selección de bombones…
    -Ah…
    -Sin olvidar la sección de salados, que no estaba mal ideada y presentada, pero por supuesto desechamos.
    -Claro.
    -Cenar pronto, eso sí ha estado bien.
    -…
    -¿Y la gente que ha venido a cenar?
    -Puaj.
    -Qué mal gusto. Qué poco criterio.
    -Lamentable.
    -Llevarse todo así…
    -Pff.
    -La ensalada caliente de setas y nueces en nido de coliflor ha estado sabrosa.
    -Ajá.
    -Y muy lograda la contundencia definitoria de los otros tres platos…
    -Ciertamente.
    -En su punto exacto de pesadez. La morcilla en salsa de avena, la entraña de cervatillo al pesto, la tortilla de melón.
    -Perfecto.
    -He querido gritar de placer cuando sentía cómo se mezclaba todo en mi estómago, cómo empezaba a deslizarse por mi intestino…
    -Maravilloso.
    -Y luego ese eficaz desatascador…
    -Jeje.
    -¡Ah, esto hace que todo merezca la pena!
    -Mmmm…
    -Hace una noche fabulosa, temperatura agradable, un poco de brisa…
    -Aaaah…
    -Y estos increíbles retretes en la azotea del piso diecisiete…
    -¡Mmmmmm!
    -Con estas vistas…
    -¡¡Mmmmmmpgh!!
    -Ah, estás con la parte final de la cena… ¿fantástica la textura, verdad?
    -¡Mmaauuupffg!
    -¡¡Qué delicia para nuestros esfínteres!!
    -¡Ah!
    -Y esta vista, esta brisa lo sublima todo.
    -Ggggggrr.
    -Abajo, el suave bullicio de la ciudad…
    -Mmmm…
    -Habiendo probado esto, los retretes de balcón nunca serán lo mismo.
    -…
    -¡Y los interiores ni te cuento! ¡Qué ordinariez!
    -Uf…
    -¿Tabaco? No, ahora no. Siento cómo se acerca, seguro que ya puede ver la luz al final del túnel. Es el último de hoy. Voy a disfrutarlo con los cinco sentidos.
    -…
    -Viene… ah… ahí viene…
    -…
    -Síiii…
    -…
    -Oh. Aquí está.
    -…

 

Et voilà la incursión escatológica de Dimitri. Cómo no, otro compromiso. Era aqueste el que pretendía forzar a una amiga -brillante narradora- a escribir un cuento. No lo conseguí, pero al menos probé con la técnica del ultradiálogo, que promete,  y saqué una idea idiota que tenía en mente hace tiempo. De todas formas, no me importaría pasar por ese lugar…

9 Agosto, 2007

133 bpm

Parapetado en esta esquina, tengo un buen ángulo de visión de la cabina.

El enlace de un downtempo con un ritmo más acelerado y bronco es bastante desafortunado: el rebaño humeante de la pista se queda sin sacudidas de bombo demasiado tiempo. 5,7 segundos. Una eternidad suficiente para que suenen algunos abucheos. Un joven de larga perilla incluso dedica a la cabina un provocador y humillante pino. El afrentado pinchadiscos simula no haberlo visto, pero yo sé que lo ha visto. Traga saliva justo antes del primer bombo.

Con los recién estrenados 130 bpm, el rebaño vuelve a ser una masa mutante al ritmo. “Danzad malditos” pienso y le doy un trago al vaso que tengo en la mano. Craso error. Enseguida empiezo a notar los efectos. Los bombos impares me bailan, se me escapan por los lados; algunas cajas crean sus propios ecos, rebeldes y desacompasados; las melodías se me enfrentan chulescas, desarmonizándose cuando ya debían permanecer quietas en su nicho cerebral.

Intento restablecer el orden y en pocos minutos noto cómo el desvarío se va diluyendo. No tarda en desaparecer casi del todo. Tiro el vaso hacia atrás y oigo un grito. Vaya, ahí estaba el ropero. Dentro, ella se quita las gafas de sol y señala las prendas afectadas. El vaso se ha instalado en el bolsillo de un pantalón corto, supongo que la moda que viene. Yo me encojo de hombros y me llevo la mano a la boca mientras guardo disimuladamente el cronómetro. Mi cara quiere decir: no sabía que estabas ahí, y es que con este cambio tan lento me he alterado un poco.

Me insulta por dos veces, coge la minúscula prenda, saca el vaso y camufla la mancha dándole la vuelta a la percha. Luego vuelve a sentarse y sigue haciendo ganchillo con una pericia apabullante.  

Pero he descuidado mi vigilancia. La sala se revuelve ahora bajo un ritmo muy recortado y violento. He perdido el cronometraje de este cambio pero no importa: la sesión empieza a ponerse interesante. Vuelvo a centrarme completamente en la cabina y su habitante, que ahora parece un poco más relajado. Vigila con rápidos vistazos al rebaño, todo humo y bullicio, y sabe que no puede permitirse otro pino insultante. Yo también espero no estar perdiendo el primer tramo de la noche…

Le observo colocar el siguiente disco, calzarse un auricular y clavar sin problema las bases del ritmo. No es malo, sólo le falta un poco más de noche. Yo vigilo y espero: mi dedo acaricia nervioso el botón del cronómetro. Hazme un buen cambio. Vamos. Él respira hondo y, simplemente, lo clava: los dos ritmos se miran, se reconocen y se hacen uno.

El rebaño responde con un rugido y una mayor dedicación en el baile. En la penumbra de la cabina, veo que él sonríe. Por mi parte, la respuesta física a esa maravilla sónica es ciertamente espectacular. No puedo parar las piernas. Van a lo suyo, perfectamente ajustadas a las pulsaciones del ritmo: los tobillos se me disparan espasmódicamente a la altura del ombligo, doblando las rodillas en posturas imposibles. Por un momento, me parece oír cómo la chica del ropero aplaude con las agujas.

Pero no es momento para desconcentrarse. Hay un ritmo magistralmente soltado, inundando la sala con su plenitud salvaje. Es lo que estaba esperando. Aunque no pueda parar las piernas, el resto del cuerpo me responde al 98%. Del bolsillo interior de la chaqueta, saco con cuidado la caja de mimbre rojo para ritmos recortados y violentos. La abro con cuidado, manteniéndola bien alejada de mis desbocadas piernas.

Entre espasmo y espasmo, como puedo, abro la caja y la alzo. Cierro los ojos y puedo notar cómo se va acercando, remolón, y entonces sé que va a ser mío. Me sumerjo más en él y espero. Muy por debajo, el siguiente ritmo empieza a acechar, no hay demasiado tiempo. Vamos, vamos.

Lo noto llegar y la caja me vibra en las manos. La descarga me recorre todo el cuerpo. Feliz, abro los ojos y veo cómo entre el rebaño un enorme guardián de la seguridad se abre paso a manotazos hacia mí. Es hora de salir pitando.

Cierro la caja, la guardo y me cuelo el rebaño en la otra dirección. Es complicado avanzar entre el baile embravecido. Miro atrás, el orangután está cada vez más cerca. Puedo ver su cara furiosa y cómo empieza a comunicarse con los de su especie. Aprovecho la transición al nuevo ritmo, cada vez más prometedor, para empezar a medio correr.

Salgo de la pista por la otra puerta y me lanzo hacia el pasillo y escaleras arriba. Si no paso entre los grandes simios de la puerta antes de que él grite, la huida será ya imposible. Intento tranquilizarme mientras subo las escaleras de dos en dos. Sólo hay tiempo para el truco más básico: “¡Hey, hay un tipo pillando ritmos por ahí!”, digo señalando hacia dentro. Uno se lanza escaleras abajo como un poseso mientras el otro me pone el sello en la mano temblorosa.

En cuanto pongo un pie en la calle echo a correr. Enseguida llegan los insultos, pero ya es muy tarde. Tres gorilas enfurecidos que rugen y corren un poco: saben que nunca me cogerían. A modo de celebración, estiro mis zancadas, sonriente y veloz, mientras los gritos simiescos se van extinguiendo. Lo último que oigo es ladrón. Odio que me llamen ladrón. Yo cazo. Cazo ritmos. Los mejores ritmos. ¿Qué tiene de malo? No cobro precios dementes por alcohol ínfimo en tugurios, no vendo drogas. Sólo cazo los mejores ritmos y se los ofrezco a quien quiera pagarlos. De algo hay que vivir…

Ya a salvo, me siento en un banco mal iluminado y saco la caja con sumo cuidado. Me la acerco al oído, muy despacio, y contengo la respiración. Ahí está. Puedo sentirlo. Atrapado, latiendo con fuerza ahí dentro. En poco menos de un minuto puedo certificar que es uno de los buenos. Lanzado a unas 133 bpm y con una precisión de más del 90%. Seco, duro, recortado pero no demasiado arisco. Podré sacar una buena pasta por él.

Todo esto sería bastante fácil si no fuera un ritmo de los que a ella más le gustan. Llamaría a su puerta y no tendría más que enseñarle la caja. Veo su sonrisa agradecida, oigo su risa impaciente. Imagino una noche entera de baile desenfrenado. Horas y horas, risas, y el olor de su pelo…

Mañana, el ritmo usado valdrá poco más de la mitad. Miro al cielo esperando encontrar una respuesta. Las estrellas me recuerdan que no tengo un céntimo, pero también me recuerdan algo que me hace sonreír.  

Me levanto del banco, guardo la caja y me dirijo hacia su casa. Hace una noche preciosa para bailar…

 

Me gusta sobremanera. Fue el primero un poco elaborado y sin premisas, después de una tanda de regalos cuentiles. Tal vez tiene un final un poco precipitado, pero bueno, es una verdad como un templo…

7 Agosto, 2007

La boda

Todo estaba listo. Los invitados lucían sus trajes impecables. El cura se reubicaba por enésima vez el alzacuello. Los anillos estaban en su sitio. El sol brillaba. El cielo era enteramente azul. Un poco más allá, en la zona del inminente banquete, el cuarteto de cuerda ensayaba muy bajo, de forma casi imperceptible.

La novia, delante de todos, esperaba y se desesperaba. La marmórea belleza de su largo y elaborado vestido contrastaba violentamente con el tono rojo –casi violáceo- que a oleadas cruzaba su cara. Una incontrolable congestión que hacía vibrar su ojo derecho y disparaba el tic de su labio inferior. No duraba más que unos segundos. El peinado, que sí duraba y duraría todavía muchas horas, cumplía sin mayor problema los cánones de ridiculez establecidos para este tipo de ocasiones. Un nuevo tic le hizo perder un poco más los nervios:  

-¡Llega tarde! ¡Le mato! ¡¡Y todo por estar viendo el maldito fútbol!!

El padre de la novia, elegante y con la garganta colapsada por la emoción como nunca, intentó tranquilizarla en vano. Carecía de voz. Tal vez su pajarita le oprimía demasiado… Carraspeó levemente y volvió a su lugar, sonriendo al cura.  

Entre los invitados, algunas almas malpensadas empezaron a cuchichear. Ya era la hora. Aquello era flagrante, llegar tarde a su propia boda, por un miserable partido de fútbol. Aunque fuera una final histórica, una boda era una boda.  

Entonces irrumpieron, el novio y sus dos amigotes. Nadie diría que fueran sobrios, pero tampoco nadie se atrevió a acusarles de lo contrario. La mirada de la novia lanzaba saetas envenenadas al cráneo del novio cuando éste llegó junto al altar. Comprendió que no era un buen momento para un beso de saludo.

El cura se reubicó el alzacuello y aquello comenzó. Los cuchicheos se detuvieron, pero el susurro del audífono instalado en el oído izquierdo de uno de los amigotes siguió con su cantinela: faltaban muy pocos minutos para el pitido final.

Entonces el amigote abre la boca como nunca. Emite un agudísimo silbido que sólo el novio parece escuchar. El futuro y ebrio marido se gira, el pánico en el rostro, pero ya no hay tiempo para nada.

Es cuando aquel enorme meteorito de extraños colores y brillos irrumpe en la ceremonia y aplasta literalmente todo: los bancos, los invitados, los músicos…  En apenas dos milisegundos, todo es destrozado por el salvaje impacto de aquella maldad esférica.

Y mientras el estadio cantaba el gol en pleno delirio, nadie pudo escuchar una pobre vocecilla que lloraba maldiciendo su suerte. La novia, herida de muerte, maldecía el aciago día en que había conocido a esa hormiga que le había robado el corazón, y maldecía su idiotez por no haber escuchado las sabias palabras de su madre: “Hija mía, el maldito fútbol acabará con tu pareja”.  

En cuanto sacaron de medio campo, el árbitro pitó el final y la hormiga vestida de novia feneció con los ojos abiertos. 

 

Compromiso etílico con un viejo compañero de la universidad. Aunque parezca increíble, Dimitri puede colaborar hasta con revistas de fúmbol, su gran desconocido. Pero fue el segundo cuento publicado, que pasó por las manos de miles de los trastorners que pueblan los estadios patrios cada domingo. ¿Lo leerían? ¿Les haría gracia? ¿Serviría el cuento para envolver el bocadillo de mortadela del lunes? Esta última opción me reconforta…

Un zapato

El incendio nos sorprendió en la cama. Yo cayendo en lo más hondo de sus ojos. Él casi dentro de mí. Fue él quien oyó y quien tomó las decisiones rápidas. Las más difíciles…

Salimos. Corrimos. Vimos el acelerado espectáculo de humo y caras de pánico. Los coches a toda velocidad, descontrolados, huyendo todos en la misma dirección. El caos. Un tanque, algunos helicópteros. Colgando de su mano, yo sonreía por inercia…

-Espera –le dije y me detuve-, he perdido un zapato.

-…

-Son mis favoritos. ¿…?

-Si corremos tal vez pueda descalzarte otros.

Corrimos y corrimos. Fuera de todo estaban los demás. Muchos no habían logrado escapar y era más que tarde para salvar a nadie. Mi sonrisa, ya torcida sin zapato, se resquebrajó y empezó a temblar.

Todas nuestras miradas decían lo mismo, y no podían escapar de la contemplación. Animales que miran al fuego con horror, robots que se llevan las manos a la cabeza. Él me abraza. A una muñeca soñadora que levanta un pie sin zapato. Y no podemos dejar de mirar cómo desaparece entre las llamas el mejor almacén de juguetes que conoceríamos en nuestras vidas…

 

Escrito con una rapidez poco usual, la historia de éste fue ver -¿leer?- la noticia y tenerlo listo en muy poco tiempo. En horas, quiero decir. Bueno, a veces pasa. Pocas. Es uno de mis favoritos absolutos.

Regalos

…por cierto que a ver si venís un poco más, que me tenéis abandonada y ya sabéis que desde lo de vuestro padre estoy mucho más sensible, aparte de que me pongo triste por tonterías, y encima me venís sin las mujeres, no te fastidia… yo creo que estas chicas trabajan mucho, que no hace falta trabajar tanto, yo toda mi vida he trabajado en casa y mira, tampoco me ha ido tan mal, ¿no? sólo la pena de no poder compartir estos momentos con vuestro padre, con lo que le gustaba a él cuando estábamos así todos juntos, comiendo redondo relleno… pues sabes que hoy es el día, Ignacio, en que cada vez que voy a abrir el horno me acuerdo de tu mano, sí, todavía, de cómo gritabas en las curas, y de cómo tu padre fue un día y no pudo volver a ir, porque era un suplicio verte llorar así, tan fuerte, con lo pequeñito que eras, que no tenías más que un año y apenas sabías andar, vaya susto que nos llevamos, yo creía que me moría cuando vi que tus manos se quedaban casi pegadas al cristal… y hablando de hornos, Jorge, dile a Gemma que ya he encontrado la receta del otro día, esa del pato a la naranja con salsa de nueces y pasas que me salía tan buena, mira por dónde la voy a hacer un día de éstos, que hace mucho que no la hago y antes la hacía muchos días de fiesta… sí, días de fiesta ¿es que no vais a decirme nada?, que pronto es mi cumpleaños, ya lo sabéis, y quiero que vengáis todos a casa, y cuando digo todos digo todos, con mujeres y niños y todo, ¿eh? que parece que os tengo que obligar a vernir a verme, y me decís qué queréis que os prepare, porque últimamente no sé qué preparar cuando venís, como para mí sola me hago cualquier cosita, aunque pensándolo mejor, igual prefiero sorprenderos y ver que todavía soy capaz de ilusionaros, que es algo que siempre me ha importado pero que cada vez me importa más, la ilusión, porque mientras se tiene ilusión se está vivo, y ya veréis cómo no hay verdad más grande que al hacernos mayores nos hacemos otra vez niños, no os digo más que estoy deseando ver mis regalos de cumpleaños, como una niña, lo que es la vida, pues que de repente me hace una ilusión loca abrir los paquetes, como cuando corría por el pasillo de mi casa, y los ojos se me llenaban de lágrimas al ver los regalos que habían traído los Reyes, uy que tonta, que me emociono de pensarlo, así que ya sabéis, en mi cumpleaños comemos todos aquí, y ya sabéis qué hacer para verme contenta…

Llega hasta su espalda, se coloca bien el cinturón del uniforme y se aclara la voz, pero una vez más no es capaz de decir nada. No puede acabar con aquello. Antes de irse apaga la luz y, como cada jueves, ella sigue hablando, sus palabras rebotando en las paredes de la vacía sala de visitas, mientras fuera la noche se rompe a jirones con el despuntar del alba…

 

Lo reconozco, este cuento desde su mismo ideamiento estaba pensado para ir a un concurso. Me atraía -por lo resultón- el recurso de la metafrase sin fin, y lo demás fue viniendo solo… No sé que pasó con aquel concurso, sé que a los dos años, alguien me pasó un link y me pegó una colleja. Era un concurso de cuentos ultracortos. Lo recorté un pelo y lo mandé. De entre más de 1100, fue elegido con otros 100 para ser publicado en un libro recopilatorio. Todo un éxito. Eso sí, me costó convencer a mi madre que no estaba basado en ella…

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