24 Junio, 2009

Ojos de lobo

    Entra en el cine, medio oculto, despeinado, se recuesta en la butaca con un movimiento felino. Empieza la proyección. 3, 2, 1, 0. El corazón es arrancado, se atasca, se niega a continuar.

    Es la noche de brujas, noche de lobos. Los ojos de lobo reflejan la infamia cinematográfica y todo se para. Algunas voces gritan, pero el film no deja de verterse.

   Así feneció, tal día como ayer, el auténtico lobo-hombre. Descanse en paz el genio mientras sus imágenes revolotean de alcoba en alcoba.

 

27 Mayo, 2009

Rhino

     Se mira la pezuña mientras la arrastra instintivamente antes de la embestida. Alza su pesada cabeza y apunta con el cuerno. Se lanza.

     No pasa del trote medio, aunque bien le gustaría acelerar, acabar con todo y perder el trabajo. Pero no lo hace. Así, cuando la embiste nota como siempre algo crujir ahí dentro. Un sonido irrepetible, una sensación de ahogo.

     Ella cae torpemente. Él sólo mira al suelo y vuelve a la sombra. Sabe que ha sido un golpe perfecto. La ex embarazada se levanta y se marcha llorando.

     Mientras se reacomoda en la hamaca, vuelve a pensar que sus jefes saben lo que hacen al cobrar por adelantado, y simplemente dormita hasta que la campanilla vuelva a rebelarse contra la tediosa y plomiza tarde.

5 Marzo, 2009

Un buñuelo para Beni

    Estoy atascado. Salgo del despacho dando un portazo y me deslizo pasillo abajo entre los fluorescentes agonizantes. Entro en un ascensor y pulso el botón del la planta-sector 17E. El aparato arranca de un tirón y me lanza hacia abajo, después en diagonal y finalmente hacia la izquierda, hasta que se detiene con un quejido metálico.

    La zona de restauración bulle, como siempre. En los bares, los actores parlotean con sus egos; los guionistas fuman con miradas perdidas; los directivos se relajan. Avanzo entre la gente hasta el minúsculo puesto de Marga, encajado entre otros igualmente humeantes. Ella emerge entre el vapor infecto como un enorme títere grasiento y se recoloca el pañuelo en la cabeza. Le pido un cucurucho de sus buñuelos, esas microbombas de grasa rellenas de dios-sabe-qué. Son deliciosamente poco saludables pero, misterios de la vida, me desatascan cuando estoy sin ideas. Mientras lo prepara, ella ataca con su cantinela de los últimos meses:

    —Hazle a la Marga uno bonito, anda, que tengo pesadillas todas las noches.

    Le sonrío y contesto lo de siempre:

    —Yo sólo hago escenarios, Marga. Sólo escenarios.

    Me despido y vuelvo hacia el despacho mientras doy cuenta de varios buñuelos. El chute de grasa me sienta bien. En el ascensor me asalta una idea, otro enfoque, el nuevo ángulo que necesito. Entro en el despacho y engullo otro buñuelo. Me limpio los dedos en el pantalón y me inclino sobre la enorme pantalla táctil, que me espera en azul titubeante.

    Las manos se mueven solas, todo empieza a coger forma. En poco tiempo lo tendré listo. Más me vale, porque al otro lado, tan lejos y tan cerca, Beni empieza a cabecear frente a la tele, en su gastado sofá. Pronto se apagarán las luces y empezará a soñar.

    Y si no tiene preparado un buen escenario donde hacerlo, será mejor que vaya pensando en buscarme otro trabajo…

 

26 Enero, 2009

Instrucciones para seducir a una fémina

Lo primero es elegir a la futura amada. Se recomienda una desconocida diaria del autobús, la camarera de ese café que frecuentamos o una compañera de trabajo. Seguidamente se debe planear un encuentro fortuito perfectamente  orquestado. Se desecharán los recursos manidos tipo preguntar la hora o convidar a un emparedado de salami. El salami no es romántico. Por ejemplo, vale un verso moderno o una canción de moda.

En este primer encuentro, ejerceremos la simpatía pero con mesura. Es importante sonreír en todo momento al 100% de nuestras capacidades bucales y fijar nuestra mirada en el rostro de la elegida, lanzando alguna mirada furtiva a sus órganos oculares. De vuelta a la soledad, procederemos a la redacción de una carta de amor, en verso o no. En ella exaltaremos las bellezas de la amada con abundancia de epítetos, hipérboles encendidas y otros recursos al gusto. Tras ello, nos prepararemos para el encuentro clave con nuestras mejores galas y fragancias.

La declaración de amor exige, al contrario de lo que pudiera parecer, presencia de público. Cuanto más mejor. Pongamos un autobús atestado, una cafetería en hora punta o el lugar de trabajo de la amada. Irrumpiremos en escena, precedidos por una enorme flor (se recomiendan de tipo acampanadas) y, sin mediar palabra, nos colocaremos a unos dos metros de nuestro amor.

A continuación, previo hincamiento de rodilla en suelo, procederemos a la lectura de la carta o poema. Se valorará positivamente el temblequeo mandibular y/o lágrimas en los ojos. La lectura debe ser declamante, encendida y poderosa. Se finalizará ésta con gran intensidad y los ojos cerrados en actitud expectante. Entonces, esperar mientras se cuenta hasta cien.

Si nada ocurriere, recomenzar operación desde el principio. No hemos dado con la mujer de nuestra vida.

 

24 Noviembre, 2008

Blanco

Te despiertas en una cama,
un prado blanco
de fina hierba y la brisa
limpia sobre tu cara.
Ellos te miran, todos te miran.
Todos tus seres queridos
que se pudrieron
al borde del camino.
Saltas abrazas besas,
te rebozas gritas
sobre la blanca hierba.
Y a lo lejos ves
un bosque verde verde
lleno de nínfulas
que te llaman
con sus pechos turgentes
sus rojas melenas al viento
y entrepiernas en llamas.
Tu verga púrpura palpitante
te lleva trotando a ellas,
y fornicas y besas y muerdes
y cuelgas de las ramas
bocabajo.
Te corres una y cien veces
hasta que te desmayas
y te despiertas en una cama.
Un prado blanco, todo blanco
la fina brisa sobre tu cara.

 

19 Noviembre, 2008

Infernáculo

Te despiertas en una cama
que huele a heces y no son tuyas.
No puedes respirar bien.
Otros cuerpos, secos, ásperos,
duermen junto a ti.
Te medioyergues.
La nariz te silba seca y sorda,
pegoteada en blanco y rosa.
Estás sudando.
Un ritmo sórdido permanece
las paredes de tu cráneo
crec-crec, crec-crec.
Empujas, te empujan,
alientos negros te insultan,
y te intentan besar
lenguas ásperas de vino.
Sales de la cama,
fútil erección querido, 
y los insectos crujen bajo tus pies,
entre tus dedos escapan,
explotan en pus contra tus plantas.
Te acercas a la ventana.
imposible ver día o noche.
La pestilencia te gana,
vomitas contra tus pies y así limpias
los bichos, que celebran eufóricos
la nueva comida.
Te sientas, esperas,
no hay puerta ni nada ahí fuera.
Sólo cuerpos y mierda y potas
que anidan en las esquinas.
Ymientras vuelves a potar,
qué cojones pasó ayer,
no te atreves siquiera…
que la nueva rutina
sólo acaba de comenzar.

Defecas sobre tus piernas,
esperando encontrar ahí
una respuesta.
Pero nada.
Las heces resbalando
y luego
nada.

 

8 Noviembre, 2008

Amigo

-Que le digo que… bueno, no importa, pase usted primero.
-Yo sólo voy a colgarme y ya. Cosa de cinco minutos.
-Vaya, yo también venía a colgarme.
-Pues… emm… que digo que nos podríamos colgar juntos.
-…
-Bah, qué tontería, perdóneme.
-No. Sí. Sí. Nos podemos colgar juntos.
-¿Sí?
-Sí.
-¿Vamos?
4 Noviembre, 2008

La broma (y V)

Fui directo a la sangría y bebí unos vasos a ver si reaccionaba. Ni los noté. Intenté buscar con la vista a Pedro pero ya no estaba sentado y tampoco me volví loco por buscarle. Me senté y cerré los ojos.Saqué un cigarro y lo encendí. Bebí la sangría y fui a por más. La música seguía bien, pero me sentía muy cansado. Tal vez otra raya…

Saqué la cartera y pinté una línea continua sobre ella. La esnifé cuidadosamente y recuperé el cigarro del cenicero. Bebí sangría mientras bajaban los gargajos. Me encontré otra vez con los ojos cerrados y con la sonrisa puesta. Notaba los subidones de la media pastilla de Pedro. Pues sí que eran potentes. Como aquella vez , la carretera giraba a la derecha bruscamente pero pude reaccionar a tiempo. Culeé un poco sin llegar a perder el control. Una enorme recta se estiró ante mí. Era uno de esos canales con peralte a los lados, de un metal brillante y oscuro al que las cubiertas se agarraban como lapas. Entreabrí los ojos y por un momento la tenue luz de la fiesta se coló en el túnel. Me cubrí contra una columna. Eran tres o cuatro y estaban al otro lado de la estancia. Salí a campo abierto y me lancé sobre sobre uno de ellos. Bastaron un par de puñetazos para tumbarlo. Cuando iba a coger su arma, algo me golpeó y me lanzó contra la pared. Di media vuelta y el tío sonreía mientras me disparaba otra vez.

El pasillo era estrecho y largo. Muy largo. Empecé a correr, tenía que encontrar a alguien. Giré a la izquierda y corrí más. Nadie. La balsa se mueve demasiado y estoy empapado. Voy a volcar con este temporal. El cielo se mueve y el mar picado se inclina y retuerce como un mundo de chatarra imantado. Voy a volcar. Cielo, mar, balsa de madera. Es preciosa y se desviste muy lentamente, como si supiera que la estoy mirando. Siento su suave piel morena rozando mi cuerpo y me estremezco. Está completamente desnuda. Su abundante melena revuelta me está incitando a que entre y me sumerja en ella, pillándola por sorpresa de espaldas. Voy a entrar.

Golpeo el cristal con la mano, y luego con las botas, pero no tiene pinta de romperse. La diosa de piernas infinitas se mira en el espejo y parece no percatarse de mi presencia. No consigo ver bien su cara. Sus rasgos empiezan a desfigurarse. Es una masa informe que burbujea y suelta humo. Las piernas, fundidas a esa especie de barro mate, se extienden y se recogen sobre las sábanas. La babosa gigante mueve los cuernos hacia mí. Cuando el charco burbujeante se encuentra a un metro del cristal, una forma emerge lentamente del centro de la masa. Un cuerpo de mujer viscoso pero firme se eleva ante mis ojos y empieza a coger forma. Las gotas resbalan sobre la figura y vuelven al charco burbujeante. Respiro hondo y me subo a la barandilla. Allí abajo, las olas rompen con furia contra las rocas.

Al principio creí que me había pasado toda la fiesta flipando en el sofá, con la sonrisa puesta y los ojos cerrados. Pero el desvaríe fue mucho mayor, y no fui el único que desvarió aquella noche en aquella habitación. Las situaciones absurdas, según supe después, se sucedieron una detrás de otra. Supongo que al final alguien, de los pocos sanos, llegó a la conclusión de que algo raro pasaba. Ya con el día rompiendo demoledor contra el suelo, la habitación parecía un depósito de cadáveres. Sin música, sólo balbuceos e incoherencias rompiendo el severo silencio matutino.

Aquella grotesca escena tenía una explicación lógica. Algún hijo de la gran puta había añadido un ingrediente sorpresa a la sangría. Ni más ni menos que veinte tripis en cada barreño. Y al contrario de lo que pensaba, yo no había sido el único bebedor de sangría…

Pero sí fui el primero en sufrir los trastornos. Mis insistentes ataques al barreño me condujeron a una vertiginosa y sudorosa locura que me convirtió en pocos segundos en el centro de la fiesta. Primero fueron unos esprines por la sala y el resto de la casa, llevándome por delante a gente, botellas, muebles e incluso puertas. Después irrumpí en una habitación y, al parecer, tuve un ruidoso altercado con un perchero, después de haber partido en dos una lámpara de pie y volcado una mesita.

Aquello me llevó a una visita obligada a la ducha. Entre cuatro, consiguieron someter mi furia aventurera y me pusieron bajo un chorro helado. Me resistí al principio, pero finalmente caí rendido y allí me dejaron. Por supuesto, el valeroso caballero andante no se iba a dar por vencido. Al poco estaba rondando a mi amiga de las botas blancas, con bailes provocadores y los bolsillos llenos de agua. La muy santa tuvo una enorme paciencia, pero debí de ser imposible de aguantar. Ella y sus amigas acabaron sacándome a empujones al balcón donde, cómo no, tuve la necesidad de demostrarle que mi amor superaba lo terrenal. Mis equilibrios sobre la barandilla del balcón helaron la sangre hasta a los más duros. 

Así que cuando recuperé el conocimiento -boca arriba en el balcón, empapado y tiritando- y vi el penoso percal que me rodeaba, salí de aquel lugar a paso ligero. Más tarde supe que incluso un par acabaron en el hospital.

En la calle, yo iba dejando un poco de agua con cada paso. Era mediodía y la gente, limpia, duchada y afeitada, me miraba y cuchicheaba. Me daba igual. Si supieran las grandiosas aventuras que había vivido aquella noche me habrían hecho reverencias. Pero cómo iban a saberlo ellos, pobres, que nunca se enteran de nada…

 

30 Octubre, 2008

La broma (IV)

Aceptó sin vacilar, pero el viaje al baño le parecía excesivo. No había problema para hacerlas allí mismo, porque había confianza, él estaba poniendo la música.

Fue una auténtica tortura. Saqué las herramientas e hice todo lo más rápido posible, pero el tío era una locomotora. Al final me hartó, y tuve que interrumpir la tarea y mirarle fijamente:

-Mira -le dije blandiendo mi DNI-, siento decirte esto pero no me taladres tanto, por favor, así no hay quien trabaje ni nada.

Se calló inmediatamente y se disculpó, pero antes de que me lo creyera del todo volvió a la carga. Primero tímidamente, pero el hijoputa cogía velocidad enseguida. Acabé a marchas forzadas, sintiendo mi oreja deshacerse sobre mi hombro. Le pasé la cartera y se calló. Hizo desaparecer la raya y yo hice lo propio. Me levanté y le ofrecí mi servicio de sangría a domicilio. No dijo que no.

La fiesta seguía animada. Al otro lado de la habitación, el grupito interesante seguía bailando y riendo. Esas botas blancas, vaya forma de moverse. Llegué al barreño y tuve la sensación de que era el único que le daba a la sangría. Llené un vaso y me lo eché adentro. Volví a llenarlo, llené otro y regresé al sillón. Si el tipo seguía en el mismo plan palizas me obligaría a dejarle solo. Estaba dispuesto hasta a volver a mi refugio para huir de él.

El tío sacó su cajita mágica y la abrió. Miré adentro con descaro y vi que tenía cinco pastillas. Le toqué con el brazo y le insistí sin palabras. Nuevamente, y por alguna razón me pareció totalmente sincero, me dijo que no podía, que si no ya me vendería alguna. Pero no era un uñas, porque sacó una, mordió la mitad y me dio el resto.

La ingerí y me arrellané en el sofá. Encendí un pitillo. El tío sería un palizas de miedo, pero la verdad es que la cinta sonaba bien. Me cepillé el vaso de sangría y fui a por otro. Bebí dos seguidos, llené el depósito y volví a sentarme. Sorprendentemente, empezamos a hablar los dos y con calma. Hasta nos presentamos y todo. Se llamaba Pedro.

Mientras seguíamos hablando, iba pensando que no era normal el ritmo que estaba cogiendo aquel ciego. Descontrolaba más de lo normal y las manos me sudaban. Era muy raro. Le dije ahora vengo, me levanté y me dejé llevar un poco. Acabé en el baño sin saber muy bien por qué. Me miré en el espejo y vi una cara lívida y sudorosa. Abrí el grifo y dejé que el agua se enfriara. El frío me espabiló un poco, pero algo no me cuadraba. Unas rayas, ni una pastilla entera y unos vasos de sangría no deberían haberme puesto así. Encendí un cigarro y salí del baño. Me paré ante la puerta de mi cuartel secreto y pensé durante un tiempo la posibilidad de tirarme dentro a examinar mejor mi situación. Al final me decidí por la fiesta.

 

28 Octubre, 2008

La broma (III)

De repente, una sonrisa enorme y unas botas marmóreas interminables me pasaron un porro. Devolví la sonrisa y para cuando fui a abrir la boca se habían esfumado. Localicé el objetivo al instante, pero no fui correspondido visualmente. Bailaba de una manera que empezó a embrujarme peligrosamente. No podía quitarle la mirada de encima. Las botas hasta la rodilla dejaban paso a unas piernas que imaginé marmóreas y suaves. Los muslos tersos me condujeron inevitablemente a la bonita falda. De un rápido vistazo, examiné su rostro y vi cómo se reía y golpeaba a una amiga. La amiga tampoco estaba mal. El grupo entero no estaba nada mal.

Volví al barreño y trasegué unos cuantos vasos de sangría más. Cada vez me sabía mejor. Busqué a alguien para rularle el porro pero no vi a nadie a mi alrededor. Detecté a alguien en un tresillo a mi derecha y cuando me dirigía hacia él observé que se trataba de mi viejo amigo el ideólogo musical. Como un flash, una gran idea cruzó mi cerebro. Pastillas.

El tío estaba apoyado sobre el respaldo del sofá mirando al techo. Mejor dicho, descansaba con los ojos cerrados, pero no estaba despatarrado. Guardaba una extraña compostura que no encajaba con su cara afilada y sudorosa. Vacilé sobre si alterar su trance o no. Me senté al lado y dejé que el humo del porro se colara por sus fosas. Tardó un poco, pero al final abrió un ojo y me miró. Sonreímos y le grité en la oreja a ver si me vendía alguna pastilla. Cerró los ojos, negando y sonriendo. Insistí. Abrió el ojo otra vez y cogió el porro. Fumó con ansia y se reincorporó un poco. Volví a decirle que me vendiera alguna, pero me contestó que no tenía ya casi, que lo sentía. Me recosté y bebí un buen trago del vaso. Entonces él abrió fuego:

-Buena música, ¿eh? La he puesto yo, es una cinta que me acaban de pasar de un garito guapo, el One More, ¿lo conoces? ¿No?, pues está de puta madre tío, está por la Cuenta, ahí, justo al lado de esa tienda de ropa, como es llama… joder ésta tan grande que hace esquina ahí con… bueno es igual. Pues el garito es guapo, tío, pincha un tal DJ Reptor que es cojonundo, yo últimamente no salgo de allí, es la hostia…

Desconecté. No podía seguir tanto rollo. Después de un tiempo que no pude medir, el tipo soltó un enorme bufido y se paró a coger aire. Mi oreja había sufrido un terrible calentón. Naturalmente, no le dejé volver a empezar y le ofrecí ir al baño a meternos una raya. Había tenido en cuenta la posibilidad de que el tío se convirtiera en un maníaco comeorejas, pero yo la necesitaba más que nunca. Podría tumbarme con otra ofensiva como ésa…

23 Octubre, 2008

La broma (II)

Probé el sillón y me sorprendió su comodidad y su infrautilización en la fiesta. Tal vez fuera caro, evitaría mancharlo de sangría. Junto al sofá había una mesita con un ganchillo blanco cubierto de fotos de todos los tamaños. Había marcos pequeños con mugrientas y torcidas fotos en blanco y negro. Había marcos medianos con fotos de parejas, de niños con perros. Y había uno grande con una familia al completo. Me costó ver en la niña de las coletas a la Lucía que yo conocía.

Elegí la foto familiar inmediatamente. Puse el marco sobre las piernas y descargué un montoncito de speed sobre la cara de la abuelita sonriente. Lo estiré con paciencia y esmero, haciendo una raya que iba exactamente desde el hombro derecho del niño sonriente hasta el pelo -o peluca- del abuelete sin piños. Sonriéndoles también a ellos, trasladé la fila hasta mi nariz. El ojo derecho se quejó de inmediato, inundándose de enormes lagrimones. Bebí un trago del vaso de sangría y encendí un cigarro.

Acabé el vaso y el cigarro enseguida, así que me vi obligado a visitar el barreño otra vez. Lo hice y enseguida estuve de vuelta en el sillón. El vistazo general por la fiesta no había tenido ningún éxito, así que me eché un vaso adentro y llevé otros dos a la salita. Tuve el detalle de abrir la ventana para no hacer un submarino de humo y volví a recurrir a la foto familiar para no perder el ritmo. Bebí durante un rato traguitos pequeños, saboreando tanto el empalagoso dulzor de la sangría que al final me acabó dando asco. Cuando volví a incorporarme, escupí por la ventana, limpié bien la foto y abandoné mi refugio para unirme a la fiesta.

Escogí un sofá negro que estaba vacío y lo ocupé, después de prepararme un trago. Nada más sentarme se me acercó un tipo con gafas y se sentó a mi lado. Sin muchos preámbulos, empezó a contarme no se qué movida sobre fusiones musicales y esos rollos y yo le decía que sí a todo sin entender nada. Tampoco le hacía mucho caso. Al tío parecía darle igual. Gesticulaba como un loco y se subía las gafas continuamente. Bebía y fumaba sin parar. Se estaba poniendo realmente insoportable. Cuando ya me encontraba al borde de la locura, a punto de levantarme y amenazarle para que no me siguiera, el tío sacó media pastilla y la partió. Me tendió un trozo y me dijo que era un tío de puta madre. Supuse que yo era el único de la fiesta que había aguantado sus pelmadas musicales sin cortarme las venas y cogí mi trofeo. Nos las tragamos con las bebidas y el tío se fue, despidiéndose muy amistosamente. Suspiré profundamente y encendí un cigarro.

Seguí bebiendo a buen ritmo vasos y vasos de sangría. Fumaba cigarros y hacía enormes aros que se elevaban impecables hasta estrellarse contra el techo. La gente bailaba y yo me notaba cada vez más entonado. Me fui al baño y, por alguna extraña razón, me hice dos rayas. Nunca me hago dos rayas, ni una para cada agujero ni cosas de ésas, básicamente porque me parece una chorrada. Me hago una grande y me la meto por un agujero, por el que toque. Pero en aquel momento una fuerza superior me indicó que debía hacerme dos rayas. Y las hice.

Volví a la fiesta a paso ligero y pasé del sofá. Empecé a bailar tímidamente cerca del cubo de sangría, al que seguía azotando sin tregua. El ambiente y la música se me antojaban cada vez más sórdidos, me molaba. O eso o ya estaba demasiado ciego.

 

20 Octubre, 2008

La broma

Me planté a una hora prudente con La broma de Milan Kundera envuelto en un papel de regalo desesperante. La casa era una de ésas tan viejas que tienen ascensor de rejilla, con muchas puertas y sitio para dos. El trasto dio un tirón y empezó a subir.

-¿Quién es? -dijo alguien desde dentro de la casa.

No contesté, me abrió y nos saludamos aunque no nos conocíamos. Pasé ante su imbécil reverencia y crucé el pasillo, sumergiéndome en el bullicio y el humo. Entré en el amplio salón con el final de una canción cutre, pero aun así pasé totalmente inadvertido. Examiné la estancia y sus ocupantes. Había ya bastante gente, pero poca conocida. Lucía me había asegurado que Ander, Boni y ésos se iban a dejar caer. A ver. Difícilmente una tía como Lucía se inventara mentiras para atraerme a mí a su fiesta. Recordé que debajo del brazo llevaba un papel arrugado con un libro dentro mientras me dirigía al baño para romper el hielo y de paso mi nariz.

Pasé por delante de un grupo que reía sobre unos sofás y empujé una puerta con centro de cristal opaco que supuse llevaba al resto de la casa. El pasillo era enorme y tenía miles de puertas a cada lado. Las posibilidades de encontrar un baño eran mínimas, pero algo había que hacer. Necesitaba una buena raya para empezar la fiesta. Me acerqué a la primera puerta y apoyé la oreja sobre la madera blanca. Nada. Di unos pasos y abrí una al tuntún. Una pequeña salita muy acogedora. Cerré la puerta cuando oí que más adelante se abría otra y se acercaban voces.

Lucía venía hacia mí y tardó en reconocerme. Gritó mi nombre y me dio dos besos, más preocupada en recomponerse la nariz antes de volver a la fiesta que de mí. Saqué el libro y se lo di. Realmente se quedó sorprendida. Lo abrió y me dijo que tenía muy buena pinta, sin siquiera leer nada. Me dio otros dos besos y me dijo que probara la sangría, que la había hecho ella misma. De la puerta que ella había dejado abierta empezaba a salir un buen número de gente, así que di media vuelta y fui con Lucía hacia el salón. Nada más entrar me dirigí hacia el barreño de la esquina más cercana y le dije a Lucía que si quería un vaso. Me dijo que no le gustaba desde el centro de la estancia y se perdió entre el gentío del otro lado. Observé los vasos con detenimiento y cogí el más grande. No quería hacer cien viajes. Lo llené hasta arriba y bebí la mitad de un trago. Estaba buena. Un poco demasiado dulzona, pero estaba buena. Acabé el vaso, lo llené y volví al pasillo.

Fui directo a la salita acogedora.

 

[tobecontinued]

 

Aunque hasta ahorarl lo he desechado, inicio una recuperación autonombrada Escritos Antiques, de una carpeta infolmática del pasado. Aqueste que inicia se escribió en época universitaria, y cómo no, tiene ligeros y ebrios tintes autobiográficos. Espero que les guste…

17 Octubre, 2008

La rebelión de las pecas

Un día, las pecas de todo el mundo se pusieron de acuerdo y se movieron a la vez. Así, la peca de la barbilla de Marieta, de siete años, se bajó al cuello buscando un poco de sombra. El lunar de la mano del frutero Manolín viajó hasta el dedo índice, para tocar las frutas frescas. Y la pequeña peca bajo el ojo izquierdo de la malhumorada Señora Clotilde hizo un salto mortal y se instaló en su oreja derecha, como si fuera un pendiente.

La gente, claro, empezó a enfadarse, porque pensaba que las pecas no podían hacer lo que quisieran y moverse a donde les diera la gana. Pero a las pecas les daba igual, y durante la noche siguiente se movieron todas a las puntas de las narices de la gente. ¡Vaya sorpresa que se llevaron todos cuando se miraron en el espejo por la mañana!

El que tenía pocas pecas, tenía la nariz un poco pecosa, pero ¡ay del que tenía muchas! Su nariz se había convertido en una enooooooooorme peca marrón. Y por mucho que se intentó hablar con las pecas y hacerles entrar en razón, ellas no se movieron. ¡Y cómo se reían entre ellas! (Nosotros no podemos oír esa risa, ya que es muy pequeña, cosa de pecas.)

La noticia salió en los periódicos y en la tele, y se empezó a pensar qué hacer con las pecas rebeldes. Los políticos proponían cosas imposibles y el Ejército quería usar la violencia, así que no se ponían de acuerdo. Pero hubo un sabio barbudo que fumaba en pipa que propuso una cosa diferente: todo lo que había que hacer era esperar.

Y esperaron. A los pocos días, las pecas se aburrieron y eligieron otro lugar. Todas a la nuca. Luego al dedo meñique del pie. Después a la espalda, incluso hicieron una gran reunión en los traseros de todo el mundo.

Pero al final se dieron cuenta de que lo más valioso que tenían era la libertad para elegir el sitio que más les gustase, y quedarse ahí para siempre. Así que cada peca, desde la más grande hasta la más diminuta, eligió bien su lugar favorito para vivir.

Y así, una mañana de octubre, todas las pecas del mundo amanecieron en su sitio favorito y ya no se movieron nunca más.

 

Cuento infantil para celebrar un buen día 17, de octubre para más jolgorio. Prometo volver a actualizar más en breve, he estado inmerso en otras historietas pero no se apuren que ideas no faltan… Próxima entrega, algo asín como ¿Con qué sueñan los dinosaurios del rock?

 

 

11 Septiembre, 2008

Alcalde-bala

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones. Estaba demasiado nervioso para ratificar su cargo. Se puso el casco, se santiguó, saludó a la concurrencia y se dejó caer dentro.

Silencio mortal. El siseo de la mecha. Fragaboooum, el alcalde sale dibujando un alto y bello trazado, pero en los giros para concejal empieza a perder puntos. Cuando intenta a la desesperada una carpa consistorial, se lía definitivamente y cae a la red de manera muy irregular.

El rebote lo lanza hacia el público, que celebra la pérdida del cargo con un sonoro y prolongado manteo.

 

Cuasimprovisado mecánicamente para el concurso Relatos en Cadena de la SER, ande tienes que empezar tu microcuento de cien palabras maximum con la última afrase del anterior ganador. Poseso. Que Santa Eulalia de la Frecuencia Modulada nos asista. Amén.

31 Agosto, 2008

Celebrations (y IV)

En la oscuridad del interior del árbol, la oronda criatura ciega mira hacia su adentro y ve la felicidad de sus retoños.

Ve el festín óptico, iris digerido, de Iphis; siente la excitación del pequeño, su letal y gelatinoso masaje; y oye la música y el chisporroteo escrotal…

Entonces prende una vela que ilumina el interior mohoso del árbol, gira el cráneo hacia arriba y la hunde en una de sus vacías cuencas.

Empieza a masturbarse, muy lentamente, mientras tararea una nueva canción.

 

22 Agosto, 2008

Celebrations (III)

Nunca suele acercarse tanto a la costa, pero hoy es un día especial.

Años atrás, en tiempos de infantería, la costa era el trabajo diario. Las pieles enrojecidas, el caos repentino, ese terror que se propagaba por todo el agua como una corriente eléctrica.

Hoy lo hace por puro vicio. Por volver a escuchar los gritos, sólo por ver desde el agua las muecas de espanto. Por sentir la piel contra su cuerpo, abrazarse con fuerza a la carne, notar cómo se tensa, disfrutar los espasmos de dolor.

Primero se pavonea muy cerca de todos ellos, arriesgando algún golpe, pero nadie se atreve, o no tiene con qué. Luego vuelve a zonas un poco más profundas y allí encuentra la víctima perfecta. Una incauta nadadora exhibiendo su estilo de espalda.

Se acerca, se relame mentalmente y, dejándose llevar perezosa, envuelve media pierna con su abrazo gelatinoso. El cuerpo se tensa y retuerce, pero el cariño transparente no ceja. Siente la pierna erizarse, enrojecer, retorcerse del dolor.

El baile dura poco. Ahora sólo queda un bonito viaje hacia el fondo. Una mirada perdida, un bonito pelo que peina el agua, un cuerpo que se funde con el azul del mar. Y encima ha tenido suerte. Tiene un rostro que, muy probablemente, sirva para los caprichos fetichistas de Mojj, señor de los señores.

El Dios Medusa se pondrá contento. Pero antes es su momento. Ella ya reposa sobre el fondo y es toda suya, toda de sus caricias sangrantes, de sus besos que erizarán su piel como nadie más puede. Y tienen tiempo, mucho tiempo…
 

 

11 Agosto, 2008

Celebrations (II)

Como siempre, atraviesa las copas de los árboles de forma brusca, luego aletea para recuperar el control, y finalmente realiza un aterrizaje forzoso sobre su rama favorita.

Cada vez vuelo peor, piensa Iphis, el niño lechuza, mientras sacude la cabeza y las últimas gotas pesadas saltan de ella. En su minúsculo y pálido cuerpo, hay nuevos rasguños que empiezan a sangrar. No les hace ni caso porque, como cada vez, examina cada centímetro de piel en busca de alguna nueva pluma. Descubre con un salto de alegría que esta vez el baño ha surtido efecto.

En su rodilla derecha asoma la punta de una fina pluma marrón. Esto hay que celebrarlo, piensa entre rápidos tics de cuello. Escudriña la oscuridad y ve que hay tiempo. Aún quedan unas dos horas antes de que el sol salga a molestar.

Vuela hasta dejar el bosque y planea sobre la zona de acampada. Siempre hay algún incauto que no cierra bien la tienda, y no tarda en encontrarlo.

Tal vez vuele raro, pero como merodeador nocturno es bueno. Así que para cuando ella abre un ojo somnoliento -él ni se entera-, Iphis está soltando su certero picotazo y en pocos segundos vuela feliz rumbo al hogar.

De su pico sonriente cuelga el ojo sanguinolento, un delicioso desayuno para terminar bien la noche…

 

7 Agosto, 2008

Celebrations (I)

La sala poliédrica entre placas de cristal rojo emite un suave rumor de expectación. Los chaparros seres esperan, calvos, inquietos y sudorosos.

La puerta se abre y entra él. Suda a mares. Según avanza, la capa que le cuelga de los hombros cae al suelo empapada. Se acerca desnudo al pedestal, sobre el que ya refulgen los fuegos planos.

Suena la música, ellos empiezan el baile. Él sube sobre los fuegos ardientes, baila despacio, sus pies chisporrotean mientras la piel y la carne se queman. Sonríe.

Cuando sus rodillas se pegan al fuego sin llama, empiezan los gritos de júbilo entre el respetable. El climax llega cuando su escroto desciende hasta tocar fuego. Se pega, se desfigura. Entonces su rojísima verga enhiesta estalla en chorros multicolores que los enanos pugnan por atrapar.

Él suelta un rugido, los brazos en cruz y la máscara vuelta al cielo, mientras ellos corean a voz en cuello el estribillo de la canción…

 

19 Julio, 2008

Clack

Cuando se despertó en la cama, Eder descubrió que algo no iba bien: habitaba otro cuerpo, se había convertido en otra cosa.

Intentó levantarse y se cayó de la cama. Sonó a plástico hueco contra el suelo y no le dolió en absoluto. Intentó andar pero aquello no era andar. Estiró las patas, arqueó la espalda, se sentía bien. Restalló sobre el suelo sus numerosas patas y salió de la habitación.

Clack, clack, clack. La nueva forma de arrastrarse parecía tan normal… Pero la manera de procesar intracranealmente -¿tenía cráneo?- era radicalmente diferente: sólo sentía un impulso de ir a alguna parte, sin saber a dónde.

Salió al rellano y empezó a bajar por las escaleras. Clack, clack, clack resonando en cada piso. En la calle, la gente gritaba y saltaba exhibiendo máscaras de horror y sorpresa. Una mujer convertida en mueble de diseño absurdo tarantuleaba por la acera. No faltó quien, ante la evidente provocación de sus patas desnudas y brillantes, buscara los tocamientos sin olvidar cierto romanticismo. Pero ella era cada vez más rápida.

Así y todo, a la altura de la calle Reticulière se vio arrinconada por varios encorbatados nabitiesos y tuvo que expeler un infecto gas que acabó con la escenita. Una nube tóxica gris violácea que dispersó efectivamente al galán público.

Claqueteaba y claqueteaba por la calle cuando se detuvo de golpe: supo que había llegado. La puerta abierta del garaje le atraía sobremanera. Entró y bajó. La semioscuridad y la humedad le eran propicias. Bailoteó sobre el suelo frío, canturreando. Además, allí nadie le molestaría…

Encontró un buen sitio, una esquina húmeda y limosa, se acurrucó y se quedó dormida.

 

15 Julio, 2008

Océano

Saare mira al horizonte, arquea las cejas. Ante el impresionante espectáculo, su gruesa y oscura trenza serpentea nerviosa sobre su espalda.

Ehmer, como quien vuelve a casa, sonríe a la vasta extensión rojiza, irregular, ondulante y nebulosa.

-Parecen orugas, gusanos… o como raíces de árboles subterráneos –dice ella cogiendo la trenza entre sus manos y tranquilizándola.

-Sólo son cuadernos.

-Cuadernos… –repite ella y, sin mirarle, se adentra.

Ehmer aspira con fuerza, dejándose invadir por el aroma del papel viejo y olvidado, antes de seguir sus pasos.

 

9 Julio, 2008

Yunque

Maese Homme de Ferro descubrió, después de 27 largos años sudando sobre el yunque, que su habilidad herreriana podía trasladarse sin problema a su ya semiachacoso cuerpo.

Primero probó con su brazo izquierdo, moldeando sin problema una mano aplastada, de dedos cuadrados y temible bofetón. Le gustó. A sus amigos no tanto. Después fabricó, a partir de su pie derecho, una formidable bota metálica que se convirtió en su mejor arma defensiva.

Sus problemas, aparte de las embarazosas situaciones en los aeropuertos, comenzaron cuando se empeñó en convertir su ya fláccida y desganada mascota genital en "un poderoso cañón taladrador sin rival".

Pobre. Algo falló. Como había venido, se había marchado.

Nunca jamás se escuchó a nadie gritar así cerca de un yunque.

 

3 Julio, 2008

Sanavabech (y V)

Petite Lièvre caía. Gritaba y caía.

Al fin, vio el suelo acercarse y gritó más. Sintió un golpe en el cuello, un amortiguamiento, un olor extraño. ¿Qué era aquello?

Se movía, era viscoso, olía mal. Y no era uno sino muchos… ¡miles de gusanos grises!

Pataleó y braceó intentando llegar a la superficie del mar pegajoso, pero no era posible. Intentó sin éxito dialogar con alguno. Estaban muy concentrados, nerviosos, expectantes.

Entonces llegó la orden. Era una cantinela gris, húmeda y aburrida. Diríase que salía de un organillo de plástico barato. Música sin alma.

Los gusanos se lanzaron al suelo, se pusieron erectos. Una amplia alfombra gris y viscosa, sobre la se quedó surfeando Petite Lièvre. Era una sensación extraña y algo asquerosa, pero al menos volvía a ver el cielo. O lo que permitía el árbol…

El árbol. Aquello ya no era un árbol. Una mole simiesca tan alta como el cielo. Un verde que ya era gris, una corteza limosa, rezumante de mal olor.

A un cambio de tono, los gusanos iniciaron una marcha militar y, en riguroso orden marcial, desfilaron hacia la base del árbol. Allí desaparecían por un minúsculo agujero por el que entraban, ahora reptando.

La alfombra se iba haciendo más pequeña. Petite Lièvre, cuando pudo, saltó a tierra firme. La tierra estaba seca y triste. Miró arriba, al inmenso árbol, y lo vio moverse y rugir de placer. Seguía creciendo sin parar…

Imaginó el interior del árbol. Una imparable autopista de gusanos moviéndose por todas partes, llenando las ramas, estirándolas, deformándolas al máximo…

Entonces ocurrió. El último gusano desapareció. Se hizo un silencio tenso. Allá, un poco arriba, vio el primero brotar. Luego otro aquí. Y otro. Gusanos atravesando la corteza del árbol. Y otro allí. Y cientos más.

A los minutos, Petite Lièvre vio con horror la nueva realidad. El árbol ya no era un árbol sino una increíble y pestilente construcción gusanil. Miríadas de gusanos moviéndose, dando y quitando forma a una especie de árbol deformado, enorme, terrible.

Y aquello le miraba. ¡No, se agachaba hacia ella! Conoció en un nanosegundo cómo se las gastaba Savanabech, el Dios Gusano. Vio cómo el mar de anélidos abría un hueco, que fue una boca y luego una torcida sonrisa de la que emergió una risa cavernosa que le hizo temblar.

¡Corre, Petite Lièvre! Pero estaba paralizada. Las piernas le temblaban, sólo podía mirar hacia arriba y ver cómo esa monstruosa montaña de gusanos se caía sobre ella.

Al principio no sintió nada, ni oyó sus gritos. Pero él se arrastró fuera de su oreja y le mordió. El dolor provocado por el gusano intracraneal –desertor de las huestes de Savanabech que moriría entre horribles tormentos- le hizo reaccionar. ¡Podía moverse! Gritó y corrió, mientras oía la masa de gusanos cayendo, cada vez más cerca.

Corrió, se cayó, se levantó y entonces lo vio. Corrió como una loca. Los gusanos caían, esa risa grave en sus oídos.

Justo en el momento en que el mar purulento se le venía encima, de un salto subió a su minúsculo ala-de-mosca delta y empezó a pedalear: las alas del difunto Ruud se agitaron, el aparato trastabilló sobre la yerba y finalmente tomó altura. Mientras escapaba oyó un rugido de furia viscosa…

Y Petite Lièvre pedaleó y pedaleó sin mirar atrás ni una sola vez.

 

1 Julio, 2008

Sanavabech (IV)

El descenso nunca terminaba. Petite Lièvre pensó en algún misterioso descenso que volvía arriba, en ciclos erráticos, en caminar en círculos sin saberlo.

Y siguió bajando. La musiqueta volvió a oírse. Rebell Yell, casi seguro. Y se oía cada vez más cerca. Entonces le vio.

Se acercó en silencio. Era una versión muy personal de la canción. Salía de un antiguo y elegante violín púrpura, que tocaba un solemne erizo con gafas de sol.

Petite Lièvre se acercó y carraspeó fuera de tono, pero el erizo ni se inmutó. Siguió extrayendo de las cuerdas ese lastimero Rebell Yell… Ella carraspeó más, hizo el pino, bailó moviendo la rama. Pero sólo cuando hubo terminado la interpretación, el erizo le miró. Sin verle, pues era ciego.

Ella le contó su historia, lo de la casa disparada hacia arriba, el gusano parásito, Hugo, el descenso sin fin.

Otto, que así se llamaba, lo sabía todo, y sus palabras no eran muy optimistas.

-Llevo años haciendo crecer este árbol con mi música. Demasiados para huir, para dejarle consumar su mutación. Aquí feneceré, tocando mis últimas notas contra él.
-Pero ¿quién? –se intrigó Petite Lièvre.
-Sanavabech. El hedor reptante. Escapa mientras puedas.
-¡No pienso dejar mi casa así por las buenas!
-Ya nada podemos hacer. Está dentro. Pronto todo será él.

Ella no entendió nada, pero Otto le convenció de que la única opción para llegar al suelo era saltando. Había que confiar. Si no, nunca llegaría, seguiría bajando eternamente.

Petite Lièvre se despidió, cerró los ojos, se tapó la nariz con los dedos y saltó al vacío. Aún pudo escuchar cómo el violín púrpura volvía a su lúgubre canto…

 

 

24 Junio, 2008

Sanavabech (III)

Petite Lièvre miró hacia abajo, se tragó el vértigo con una arcada e inició el peligroso descenso. Por suerte, sus zapatillas verdes de la suerte agarraban bien contra la rugosa superficie de la corteza.

Cuando hubo bajado unos metros, volvió a mirar. Nada. El suelo parecía estando taaaaaaaaaan lejos… Siguió bajando. Empezaron a dolerle los dedos, que se rasguñaban cada vez que se descolgaba de una rama a otra.

En un momento que paró a tomar resuello, sintió una molestia en la garganta. Un picor creciente, incómodo. Carraspeó y empezó a toser. Sus toses musicales rebotaron por todo el árbol, pero parecía no haber nadie cerca.

Entonces, con un fastuoso carraspeo en Fa#, el esputo emergió de su garganta, saltó de su boca y calló en una rama. Asombrada de lo que producía su cuerpo, lo miró.

No era un esputo, estaba vivo. Se acercó aún más… ¡Era un minúsculo sapo!

Lo cogió entre las manos. Ya no era tan pequeño. Era como una almohadilla, algo aplastable con patitas minúsculas que no servirían para andar.

Se lo puso en el hombro y hablaron. Hugo tenía buena conversación y varios idiomas animales. Ella le expuso su problema.

-Bajaría contigo –le contestó Hugo con su voz rasgada-. Pero como ves aquí fuera no dejo de crecer. En dos minutos luxaré tu hombro, en tres partiré casi todas las ramas, y en cuatro caeré cual fardo contra el suelo… Así que mejor me lanzo ya.
-¡Espera! ¿Cómo puedo llegar al suelo?
-Salta como yoooooooooooooooooo…

Lo vio caer y caer hasta que lo perdió de vista. Dudó que Hugo pudiera volar. Dudó que volviera a verle…

Reanudó el penoso descenso y no tardó en empezar a escuchar una música lejana que le hizo pararse y aguzar el oído. Se le erizó el vello de la espalda.

Era. Era Rebell Yell de Billy Idol. Pero… ¿de dónde demonios venía?

 

20 Junio, 2008

Señora

Hace un bonito día, piensa ella mientras mira al cielo. Se está bien aquí arriba.

En la calle, ve los grupos de gente, cómo le señalan. Incluso ve la barricada de contenedores de protesta vecinal. Nadie puede percibirlo desde tan lejos, pero ella sonríe triunfal.

Y más que sonreiría si supiera lo que hablan de ella las noticias. Lo impotentes que se sienten los vecinos, los agobios de los bomberos que buscan y buscan pero no encuentran.

Es mi territorio, piensa mientras se enrosca sobre sí misma. Y lo mejor que pueden hacer todos es aceptarlo, pues nadie, ni el más retorcido de los vecinos, puede imaginar la cantidad de crías que están naciendo estos días entre tejas y vigas.

Un ejército de serpientes que, capitaneado por La Señora, invadirá el viejo edificio esta misma noche…

 

17 Junio, 2008

Sanavabech (II)

Al día siguiente no pasó nada.

Al otro soñó sin recordar nada y se despertó mucho antes de lo normal. La casa entera se movía, y esta vez sí que era realidad. La impresión ventral hizo entonar un agudo Si b a Petite Lièvre, mientras su minúscula casa era lanzada sin control hacia arriba.

Luego la vio. Una enorme rama creciente había inundado su habitación y la propulsaba hacia el cielo. Cuando el ascenso se detuvo, ella salió despedida de la cama y cayó al suelo inclinado. Después probó el sabor de una pared y la dureza de un cuadro en la cabeza.

Se sentó en una esquina y reflexionó. Luego reptó hacia la parte alta y trepó hasta la ventana. El vértigo le puso los ojos en blanco. Respiró hondo y consiguió ver, allá tan abajo, su pequeño ala-de-mosca delta.

Ni corta ni perezosa, se despeinó un poco más, se calzó sus zapatillas verdes de la suerte y salió a la rama. Avanzó como pudo a horcajadas hasta que vio una gran manzana roja que lloraba. Se autobalanceaba con violencia.

-¡Porca miseria! ¡Saltaré al vacío y me condenaré a zumo de tercera clase!

Cuando Petite Lièvre se acercó para consolarle, un rápido, fino y blanco gusano emergió de la manzana y por arte de birilibirloque se coló por el oído de la niña. Visto y no visto.

Y por mucha negociación que se intentó, no salió de allí.

 

12 Junio, 2008

Sanavabech

En sueños, soltó algunos gruñidos en Re menor que salieron por la ventana a la negra quietud del bosque. Soñó primero con una enorme larva transparentuzca que, envuelta en filamentos grises grumosos, amenazaba a su pequeño aparato volador, el ala-de-mosca delta.

Luego soñó un ruido en su habitación. Habían entrado. Ella sacó un ojo negro inquieto entre las sábanas: le miraban. Un pájaro carpintero con una oxidada prótesis mecánica en su pico, acompañado de un colibrí que aleteaba sin parar, colgado del aire.

Petite Lièvre sacudió la cabeza para espantar al sueño, pero era real. Estaban ahí, junto a su cama.

-Lugar de paso por obras, la casa será meneada, reestructurada, maleada, lanzada por los aires tal vez –espetó el carpintero mecánico.

-Je. Esto es un sueño. Lo sé.

-Mide –el carpintero desoyó con desdén a la niña, que ya había sacado toda su cabeza despeinada de la cama.

El colibrí medidor voló a toda velocidad por las paredes de la habitación, piando y memorizando cifras. En cuanto terminó, se posó en el hombro del enojado carpintero y le susurró algo al oído. Éste abrió su oxidada prótesis hacia la cama:

-Mañana. Desaloje. Adiós.

-Pero… ¿qué obra si es un bosque?

-Expansión arbólica. Velocidad impredecible. Desaloje.

Se fueron. Ella intentó despertarse y vio que no podía. Se asustó. Si los pájaros eran reales…

Saltó de la cama y miró por la ventana. Ninguna larva. Y su pequeño ala delta, de alas de mosca donadas por el viejo Ruud, estaba intacto.

-Uf.

 

9 Junio, 2008

Naranja

Mientras sentía las últimas pulsaciones endemoniadas del eterno speed y los grupos de pensamientos móviles seguían saltando de cavidad en cavidad cerebral, la música empezó a sonar más lejos, la conversación cercana desapareció y de repente la oscuridad estalló en un formidable fogonazo naranja.

Todo naranja. Sintió bajo el costado, el hombro y la pierna la superficie rugosa, cálida y palpitante. Se encontró mejor, casi saludable. Decidió levantarse, y lo hizo despacio, escrutando el nuevo escenario. Nadie. Nada. Bien. Y aquella superficie naranja, que palpitaba y ronroneaba bajo sus pies, le invitó a seguir andando.

Y anduvo y anduvo sin importarle todo lo demás.

 

28 Mayo, 2008

Nostalgia (Jeffrey II)

Es siempre lo mismo.

Después de las caricias, de la carne tersa. Después de la trémula luz, el sudor, los ojos cerrados. Después de una noche, una mañana interminable. Después de los gritos y los arañazos.

Después eres tú quien me muerde, me desgarra, me disuelve en su estómago.

Nostalgia caníbal.

Después del minucioso desollamiento. Después de cada pequeño corte, cada paquete clasificado en la nevera. Después de cada receta, de mi erección bajo el delantal mientras frío tu carne.

Después de chupar cada uno de tus huesos no queda nada. Tan sólo salir en busca de otros bellos ojos que masticar en silencio…

 

Dedicado a quien lo inspiró, por tus imágenes y tu constancia.

 

23 Mayo, 2008

Paseo

Antes de tocar el pesado y mohoso cortinaje, contengo la respiración. Hundo la mano, lo muevo. Miro.

Nada. No ha pasado nada. Suelto el aire, el corazón me late violentamente en la garganta.

Salto a preparar su comida, y hasta que no la dejo y le devuelvo la oscuridad no noto cómo el corazón abandona la tráquea y, resbalando suavemente, vuelve a colocarse en su sitio.

 

21 Mayo, 2008

Jeffrey

De todos los errores que pudo cometer mientras se dirigía al lavabo, eligió colarse en la cocina y, absurdamente, abrir el frigorífico. Allí lo vio todo, que era nada: un inmaculado vacío blanco y una surtida variedad de salsas.

Lo demás, un tornado cerebral en el baño y un fundido a blanco baldosa. Ya en el sótano, inconsciente, no pudo sentir cómo era firmemente atado a la mesa mugrienta de sangre seca. Ni el estudiado tajo letal.

Nunca hubiera podido imaginar las horas de diversión que su cadáver le proporcionó. Los jadeos, los bailes, el chapoteo en sagre y vísceras. Los orgasmos entre aullidos.

En el fondo, tampoco podía quejarse: su carne de chapero sirvió de alimento durante tres semanas al mismísimo Jeffrey Dahmer.

 

19 Mayo, 2008

Sol

Abro el libro
Paso la mano sobre sus hojas suaves
La letra es pequeña, minúscula
No puedo leerla
Miro una foto, un dibujo
Me transporta a cómics,
Al armario de mi hermano
Tantos
Años
Atrás
Paso páginas
Acaricio
Acaricio
Miro otros dibujos
Un niño que mira una roca
Un infinito desierto
Desierto
Quieto
Noto el sol
Mi pelo, mi cabeza
Arden
Miro las fotos, los dibujos
Algo se mueve
Arde
El sol
Las fotos se mezclan
Los dibujos se mueven
Miro al niño en la roca
Él mira al horizonte
Y a la roca
Y yo
Entonces el movimiento
El cielo cambia de color
Se mueve, entra en la tierra
El desierto en el cielo
Colores, formas
Estampados en movimiento
Peces, ojos que parpadean
Zapatos
Arañas
Todo viene hacia mí
Hacia la piedra
Miro la piedra y miro al horizonte
Y siento que se acaba
Que el libro se cierra
Que nada espera
Miro
Nada

 

6 Mayo, 2008

Nana

-Mamá, ellas dicen que soy rara.

Ella no contesta y acaricia dulcemente las vértebras gelatinosas de su exoespina dorsal hasta que se queda dormida.

 
Dedicado a matamala. 

 

2 Mayo, 2008

Reencarnación

-¿Crees que hay algo más allá de la muerte?
-…

En ese instante fueron reclamados, junto con algunos más, y elevados a lo más alto. Tras un tiempo de gloria, el vacío y la caída sobre las aguas hirvientes.

Ellos pensaron el almas gimiendo en el infierno.

Él ni pensó en aquellos dos granos de sal que parecían gritar mientras caían sobre el burbujeante potaje.

 

28 Abril, 2008

Ídolo

Le subieron allí arriba, tan alto, entre vítores y aplausos. Él se dejó hacer y posó orgulloso sobre todas las cosas. Vosotros, seres minúsculos a los pies de mi pedestal.

Al poco se sintió solo. Ni un mísero aplauso que comer. Sólo el eco contestaba a sus gritos, luego lloros. Intentó bajar pero no pudo, suicidarse pero nada.

Mucho después lo encontraron, muerto de orgullo sobre su pedestal, y le dedicaron una respetuosa y cerrada ovación.

 

22 Abril, 2008

Suicidio

He ganado la cornisa, he mirado abajo. He cerrado los ojos.

Salto. Hay mucha altura y la caída no es como esperaba. Ni películas de mi vida, ni paros cardíacos, ni siquiera un triste fundido a la nada.

Sólo un plof y ahí me quedo, en una postura imposible contra el suelo, mientras puedo seguir sintiendo. Oyendo que aún nadie viene. Y sólo me queda esperar…

Pasan minutos, horas hasta que llega. Mi salvador. Por favor, no. No lo hagas. Pero me recoge y me vuelve a subir, me coloca entre los otros, una vez más, y yo grito pero él no escucha, me desgañito en silencio con cada palabra de mis 147 páginas aún vírgenes.

Pero como cada vez, él parece no oír nada.

 

21 Abril, 2008

Mathias tiene nuevo número

Cuando se le cayeron por séptima vez, decidió salir a tomar un poco el aire. Ahí estaba, como siempre, el leve rumor nocturno de los carromatos: los ronroneos de Murielle, la música ratonera de Othon, la lujuria rítmica de las siamesas…

Lo sabía, estaba a punto de perder el número. Un error más y sería relegado a cuidar a los animales. Pasaría las tardes conversando con Etien, acariciando el lomo de Feneste, despiojando a Bud. Chasqueó los dientes y abandonó el poblado.

Al rayar el alba, volvía a su carromato con la certeza de que algo había cambiado. Un par de ensayos y alehop, volvía a sonreír.

Nunca diría dónde los había conseguido. Al día siguiente presentaría a Max su nuevo número de malabares y le convencería. Satisfecho, los colocó en fila. Uno dos tres cuatro cinco. Y pensó que tal vez sería más impactante, más circense, si pintaba las uñas. De un color vistoso pero a la vez moderno, nada de horteradas.

Decidió que era una buena idea y se fue a dormir plácidamente.

 

14 Abril, 2008

Pus (y II)

Me excito ante la visión, el pus vuelve a emerger. Una blande una lata abierta que ya ha rajado una pierna de la otra. Una pequeña navaja roñosa hace frente a la lata goteante de sangre. El público en corro mira y babea en silencio. Hay un acuerdo, no es un juego y mientras el dinero siga cayendo entre ellas nadie va a parar. Y el público quiere más sangre, más tajos, incluso una muerte a plena luz del día. Navaja, lata sangrante. Sudor, pómulos hinchados, carne y sangre. Es todo lo que necesitamos para seguir ahí.

La navaja roza el cuello y desfigura la cara. Destello de quijada bajo el sol. Carne colgante, una mano menos. Sangre a borbotones que escapa entre los dedos. Promete, promete, pero un grito rompe el silencio. El idiota recibe las miradas aceradas sin poder esconder su culpa ni su erección. Los mossos se acercan, el círculo se abre, la sangre queda como única prueba. Ellas se reparten el botín.

El pus y yo seguimos rambla abajo. Definitivamente, me gusta el encanto de esta ciudad…

 

4 Abril, 2008

Pus

Noto la gota, densa, caliente, luego veo cómo empapa la venda. Más pus, la señorita no quiere dejar de supurar. De perdidos al río, me levanto y empiezo a cojear sobre las muletas mientras el tobillo arde en re menor. Llegaré tarde pero no tanto.

Supuro y avanzo metro a metro rambla abajo. Es un retablo mutante de caras, bigotes sudorosos, zapatos, miradas, mossos atentos, turistas, niños, gritos, putas, skaters y ese sol. Sobre todo ese solazo.

Sigo bajando pus a pus. Veo el corro de gente, me acerco, intento ver algo. Las caras morbosas que se relamen aseguran algo decente. Me abro paso a muletazos hasta la primera fila.

Ha merecido la pena. Lo más extraño es el silencio. Casi nunca sangre y silencio van juntos…

[tobecontinued]

 

28 Marzo, 2008

Primera cita

-Una vez, de pequeño, me levanté de la cama a las tantas para cazar un mosquito que no me dejaba dormir. Pero no quería matarle, quería torturarle.

Ella emitió un gemido bajo la mordaza y movió los ojos desesperadamente. Mucho más no podía mover.

-¿Crees que eso me convierte en un psicópata?

Nada. No entendía que tenía que responder con la cabeza, pero pronto aprendería las reglas del juego.

Cuando volví de la cocina con el soplete de llama regulable, empezó a revolverse y a hacer ruido. ¿Tanto le interesaba el desenlace de la historia del mosquito?

Subí la música, me arrodillé junto a ella, me recoloqué las gafas y encendí el soplete al 1.

 

24 Marzo, 2008

Dánae

Dánae no puede. No puede levantarse de su poltrona de Ikea, salir de ese atardecer de sueño que ella pinta de otros colores, tan lejanos. Esperando que caiga la ansiada lluvia dorada que empape su ropa, sus bragas, su pelo.

Pero hoy tampoco habrá lluvia dorada para Dánae. Si quiere lluvia dorada tendrá que orinarse encima otra vez.

 

18 Marzo, 2008

Inconfesión

¡Oh, Marcos! Mira cómo se muestra ante ti el fruto de vuestro trabajado amor. Mira cómo una pequeña cosa, esa cosita que todo el mundo ahora querrá ver y tener en brazos, descansa inmóvil en tus brazos. Tan relajada y ausente. Pero mira, Marcos, sobre todo mira y siente la mirada de tu querida mujer, exhausta, el pelo revuelto y toda esa tripa todavía. Ella te mira con amor. Tu haces lo propio. Pero además, TIENES que mirar con amor a la cosita. A vuestra cosita.

Puedes estar contento, Marcos. El parto no ha sido duro. Ella no ha sufrido mucho, así que tú no has sufrido mucho. Has avisado a familiares y amigos de que todo ha ido correctamente. Tienes una cifra en gramos y ahora la tienes en brazos. Todos esos gramos son para ti. Para vosotros.

Pero Marcos, ¿qué pasa? ¿Por qué sientes esa presión en el pecho? ¡Recházala! No vayas a despertar a la cosita con tu agitada respiración. Todo eso, toda esa mierda que te han dicho y no sabes si creer pero te asusta, se agolpa ahora en tu cabeza aturullada por la falta de sueño y la tensión pre-parto. ¿Y si todo es verdad? Se acabaron las juergas, se acabó el dormir a pierna suelta. Olvídate de todas tus aficiones, no vas a tener tiempo para nada. Todo tu tiempo y todo tu dinero será para tu familia, para esa familia feliz que hoy ha dado un paso tan importante.

Bah, no pienses en eso. Respira hondo. Abre los ojos y disfruta de la bella estampa familiar, del milagro de la vida. ¡Era una tripita y ahora es una preciosa niña! ¿Se puede imaginar algo mejor? Ahora seréis una familia feliz. El trío perpetuo, siempre juntos, riendo, viéndola crecer, llorando juntos, paseando por el parque, cambiando pañales y comprando todo lo que la pequeña cosita necesite.

¡Pero Marcos! ¿Otra vez? ¡Quítate eso de la cabeza! Ese pensamiento no tiene cabida en una familia feliz. ¿Cómo vas a construir así un hogar de amor y felicidad? ¡Tira ese pensamiento a la basura ahora mismo! O al menos, no lo digas nunca delante de tu mujer. Ella jamás de los jamases lo entendería.

Es el fruto de nuestro amor, Marcos. Es que no tienes corazón.

Tal vez haya sido demasiado pronto.
Tal vez haya sido demasiado pronto.
Somos demasiado jóvenes.
Tal vez no estemos preparados.

Ojalá no hubiera nacido.
Ojalá no hubiera nacido todavía.

 

16 Marzo, 2008

La ooteca de Doña Rugélida

Era su sitio y era el mejor sitio. Todo lo que recordaba de vida lo había pasado allí. En ese rincón oscuro y húmedo, nunca molestado por escoba alguna y sin apenas visitas de amenazadores pies.

Doña Rugélida reposaba ufana, disfrutando del momento, a pocos centímetros de su ooteca. Acababa de parir y se sentía bien: la maternidad siempre dignifica. Pero cuando oyó aquel familiar ruido, no pudo evitar que un ligero temblor se instalara en todas sus patas.

Lo vio caer a cámara lenta, imagen divina, maná en tiempos de cólera; rebotar grácilmente contra el suelo mugriento y quedarse en una insinuante postura, mostrándole impúdicamente su zona más secreta, esa nalga rosada de soñada textura. Doña Rugélida sintió un escalofrío. Era el corcho de vino más guapo que había visto en su vida.

La Doña se estiró, lució un poco de patas y oteó el microhorizonte. Antenas amenazantes vigilaban, salían de sus escondrijos. Era ahora o nunca.

Cucaracheó hasta él y ¡oh! De cerca era aún muuuuuucho más bello. Y esa personalidad todavía tan olorosa. Estremecida, Doña Rugélida se acercó y se pavoneó sin miramientos. El corcho se azoró. Acababa de salir de la botella, no sabía nada de la vida…

En pocos segundos, y ante la mirada envidiosa de otras habitantes de la bodega, Doña Rugélida hundía su boca en las maravillosas carnes humedecidas por el vino. Se excitó, se elevó sobre los cuartos traseros, mordisqueó las nalgas enloquecida y finalmente entró en éxtasis.

Sus gritos pudieron escucharse en todo el suelo bodeguil. Fue uno de los mayores orgasmos cucarachescos jamás contados. Después, jadeante, dijo unas palabras de amor al oído del corcho y sopesó la idea de salir en busca de una buena colilla que rematara la faena.

Entonces se acordó. No. La ooteca. Mis pobres niños. Corrió y corrió pero no llegó más que para ver cómo el zancudo arácnido abandonaba el lugar del crimen, limpiándose la boca con una servilleta y guiñándole un ojo.

No hubo ni un solo superviviente a la masacre.

 

12 Marzo, 2008

Picor (y IV)

Él murió y él murió.

 

10 Marzo, 2008

Picor (III)

Él quiere que le cuente su vida.

Intenta mirar hacia otro lado, pero enseguida comprende que él tiene todo el tiempo del mundo para esperar. Entonces le habla del despertador, del baño gélido, de la ducha, la cortina sucia por abajo. Del café negro. De la calle, el metro y su olores, esos perfumes, esas axilas anegadas. Del mareo, de toda esa gente en las escaleras.

Le habla luego del suelo del ascensor. De los saludos leves o ni eso, de su mesa, de lo que hace mientras se supone que hace. Del ordenador, el buscaminas, el porno, las tetas de Sonia con las que sueña, se masturba a veces.

Le dice que la vuelta es parecida, que todos más cansados, incluso el propio metro parece rechinar más. Que a casa, que nada, que la tele le hace compañía…

 
Él está entonces un buen rato sin responder nada.

 

5 Marzo, 2008

Picor (II)

-¿Y qué haces ahí?
-No sé, acabo de nacer, como quien dice.
-¿Dentro de mi cráneo?
-Así lo parece.
-…

 

29 Febrero, 2008

Picor

Se despertó en plena noche frotando la cabeza contra la almohada como un niño tonto retozón. El aterrizaje en la consciencia le llevó al intenso y desagradable picor. La zona era mínima, algo más arriba de la frente y como a medio palmo de la oreja izquierda: una tierra de nadie en pleno cráneo.

Esta vez no era resaca, ni una pesadilla. Era algo físico.

Se despertó del todo, se rascó frenéticamente hasta que el dolor tapó al picor y empezó a sangrar. Se levantó de un salto, una aspirina, unos quejidos a media voz resonando en la casa. Rasca, sangra.

A la cuarta copa de vino consiguió volverse a dormir, y esta vez sí que hubo pesadilla.

Se levantó rascándose mecánicamente, la almohada perdida de sangre. Cuando llegó al baño y se vio en el espejo entró en pánico.

Dedicado a la Petite Lièvre.

[tubicontinued]

22 Febrero, 2008

Fin

-¿A dónde vas?
-Ahora vengo.

 

18 Febrero, 2008

Mascotas

-Que sueltes a mi gato.

Ella se detuvo, no lo podía creer. Era una mocosa de tres años y osaba interrumpirle. A ella, una pitón de casi tres metros y tantas pieles mudadas.

-Que sueltes a mi gato.

La niña esperaba, orgullosa y descarada. Al fin y al cabo estaba en la puerta de su casa. Y aquel palo en los riñones ya empezaba a ser molesto. Así que, consciente de que aquél no era el mejor día para una pelea –razones personales, habría dicho en el trabajo- el reptil empezó a aflojar sus músculos concéntricos y el gato volvió a respirar. En cuanto pudo, se escabulló y se alejó cojeando y maullando.

Mientras se marchaba reptando ceremoniosa, la enorme serpiente dedicó una penetrante mirada de desdén a la mocosa, que la ignoró y corrió a abrazar a su gatito.

Tres noches después, la niña desapareció. Su cama amaneció vacía. Todo el pueblo la buscó durante días pero nunca la encontraron. Tampoco se les ocurrió preguntar al único testigo: un gato vagabundo que cada noche aún hoy sueña con ese crujir de huesos y luego ese terrible silencio. Y se despierta maullando a ciegas en la oscuridad.

 

Dedicado a Loa, para que duerma feliz y sin pesadillas

 

12 Febrero, 2008

Ugm

Un sueño inquietante. Un ritmo diferente en las ramas del bosque. La primera imagen que enfocó su enorme y legañoso ojo al despertar. Todo hizo posible que un fino hilo de aire helado consiguiera penetrar en su cerebro.

Ugm se levantó, empuñó su lanza y partió colina arriba con su fornida joroba a cuestas. Se dejó llevar y llegó. La encontró. Sin entender nada, la rompió y miró al interior. El descubrimiento desató un baile animalesco, una retahíla de aullidos que sobrevolaron el valle nebuloso que se desperezaba. Lo cogió y corrió colina abajo.

Años después, en su última noche en la Tierra, Ugm rebuscó en el rincón más oculto entre sus pieles y lo sacó. Lo miró, idiota triunfalismo, sonrió satisfecho y murió. Y eso fue todo lo que fue capaz de hacer…

 

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