6 Mayo, 2008

Nana

-Mamá, ellas dicen que soy rara.

Ella no contestó y acarició dulcemente las vértebras gelatinosas de su exoespina dorsal hasta que se quedó dormida.

 
Dedicado a matamala. 

 

2 Mayo, 2008

Reencarnación

-¿Crees que hay algo más allá de la muerte?
-…

En ese instante fueron reclamados, junto con algunos más, y elevados a lo más alto. Tras un tiempo de gloria, el vacío y la caída sobre las aguas hirvientes.

Ellos pensaron el almas gimiendo en el infierno.

Él ni pensó en aquellos dos granos de sal que parecían gritar mientras caían sobre el burbujeante potaje.

 

28 Abril, 2008

Ídolo

Le subieron allí arriba, tan alto, entre vítores y aplausos. Él se dejó hacer y posó orgulloso sobre todas las cosas. Vosotros, seres minúsculos a los pies de mi pedestal.

Al poco se sintió solo. Ni un mísero aplauso que comer. Sólo el eco contestaba a sus gritos, luego lloros. Intentó bajar pero no pudo, suicidarse pero nada.

Mucho después lo encontraron, muerto de orgullo sobre su pedestal, y le dedicaron una respetuosa y cerrada ovación.

 

22 Abril, 2008

Suicidio

He ganado la cornisa, he mirado abajo. He cerrado los ojos.

Salto. Hay mucha altura y la caída no es como esperaba. Ni películas de mi vida, ni paros cardíacos, ni siquiera un triste fundido a la nada.

Sólo un plof y ahí me quedo, en una postura imposible contra el suelo, mientras puedo seguir sintiendo. Oyendo que aún nadie viene. Y sólo me queda esperar…

Pasan minutos, horas hasta que llega. Mi salvador. Por favor, no. No lo hagas. Pero me recoge y me vuelve a subir, me coloca entre los otros, una vez más, y yo grito pero él no escucha, me desgañito en silencio con cada palabra de mis 147 páginas aún vírgenes.

Pero como cada vez, él parece no oír nada.

 

21 Abril, 2008

Mathias tiene nuevo número

Cuando se le cayeron por séptima vez, decidió salir a tomar un poco el aire. Ahí estaba, como siempre, el leve rumor nocturno de los carromatos: los ronroneos de Murielle, la música ratonera de Othon, la lujuria rítmica de las siamesas…

Lo sabía, estaba a punto de perder el número. Un error más y sería relegado a cuidar a los animales. Pasaría las tardes conversando con Etien, acariciando el lomo de Feneste, despiojando a Bud. Chasqueó los dientes y abandonó el poblado.

Al rayar el alba, volvía a su carromato con la certeza de que algo había cambiado. Un par de ensayos y alehop, volvía a sonreír.

Nunca diría dónde los había conseguido. Al día siguiente presentaría a Max su nuevo número de malabares y le convencería. Satisfecho, los colocó en fila. Uno dos tres cuatro cinco. Y pensó que tal vez sería más impactante, más circense, si pintaba las uñas. De un color vistoso pero a la vez moderno, nada de horteradas.

Decidió que era una buena idea y se fue a dormir plácidamente.

 

14 Abril, 2008

Pus (y II)

Me excito ante la visión, el pus vuelve a emerger. Una blande una lata abierta que ya ha rajado una pierna de la otra. Una pequeña navaja roñosa hace frente a la lata goteante de sangre. El público en corro mira y babea en silencio. Hay un acuerdo, no es un juego y mientras el dinero siga cayendo entre ellas nadie va a parar. Y el público quiere más sangre, más tajos, incluso una muerte a plena luz del día. Navaja, lata sangrante. Sudor, pómulos hinchados, carne y sangre. Es todo lo que necesitamos para seguir ahí.

La navaja roza el cuello y desfigura la cara. Destello de quijada bajo el sol. Carne colgante, una mano menos. Sangre a borbotones que escapa entre los dedos. Promete, promete, pero un grito rompe el silencio. El idiota recibe las miradas aceradas sin poder esconder su culpa ni su erección. Los mossos se acercan, el círculo se abre, la sangre queda como única prueba. Ellas se reparten el botín.

El pus y yo seguimos rambla abajo. Definitivamente, me gusta el encanto de esta ciudad…

 

4 Abril, 2008

Pus

Noto la gota, densa, caliente, luego veo cómo empapa la venda. Más pus, la señorita no quiere dejar de supurar. De perdidos al río, me levanto y empiezo a cojear sobre las muletas mientras el tobillo arde en re menor. Llegaré tarde pero no tanto.

Supuro y avanzo metro a metro rambla abajo. Es un retablo mutante de caras, bigotes sudorosos, zapatos, miradas, mossos atentos, turistas, niños, gritos, putas, skaters y ese sol. Sobre todo ese solazo.

Sigo bajando pus a pus. Veo el corro de gente, me acerco, intento ver algo. Las caras morbosas que se relamen aseguran algo decente. Me abro paso a muletazos hasta la primera fila.

Ha merecido la pena. Lo más extraño es el silencio. Casi nunca sangre y silencio van juntos…

[tobecontinued]

 

28 Marzo, 2008

Primera cita

-Una vez, de pequeño, me levanté de la cama a las tantas para cazar un mosquito que no me dejaba dormir. Pero no quería matarle, quería torturarle.

Ella emitió un gemido bajo la mordaza y movió los ojos desesperadamente. Mucho más no podía mover.

-¿Crees que eso me convierte en un psicópata?

Nada. No entendía que tenía que responder con la cabeza, pero pronto aprendería las reglas del juego.

Cuando volví de la cocina con el soplete de llama regulable, empezó a revolverse y a hacer ruido. ¿Tanto le interesaba el desenlace de la historia del mosquito?

Subí la música, me arrodillé junto a ella, me recoloqué las gafas y encendí el soplete al 1.

 

24 Marzo, 2008

Dánae

Dánae no puede. No puede levantarse de su poltrona de Ikea, salir de ese atardecer de sueño que ella pinta de otros colores, tan lejanos. Esperando que caiga la ansiada lluvia dorada que empape su ropa, sus bragas, su pelo.

Pero hoy tampoco habrá lluvia dorada para Dánae. Si quiere lluvia dorada tendrá que orinarse encima otra vez.

 

18 Marzo, 2008

Inconfesión

¡Oh, Marcos! Mira cómo se muestra ante ti el fruto de vuestro trabajado amor. Mira cómo una pequeña cosa, esa cosita que todo el mundo ahora querrá ver y tener en brazos, descansa inmóvil en tus brazos. Tan relajada y ausente. Pero mira, Marcos, sobre todo mira y siente la mirada de tu querida mujer, exhausta, el pelo revuelto y toda esa tripa todavía. Ella te mira con amor. Tu haces lo propio. Pero además, TIENES que mirar con amor a la cosita. A vuestra cosita.

Puedes estar contento, Marcos. El parto no ha sido duro. Ella no ha sufrido mucho, así que tú no has sufrido mucho. Has avisado a familiares y amigos de que todo ha ido correctamente. Tienes una cifra en gramos y ahora la tienes en brazos. Todos esos gramos son para ti. Para vosotros.

Pero Marcos, ¿qué pasa? ¿Por qué sientes esa presión en el pecho? ¡Recházala! No vayas a despertar a la cosita con tu agitada respiración. Todo eso, toda esa mierda que te han dicho y no sabes si creer pero te asusta, se agolpa ahora en tu cabeza aturullada por la falta de sueño y la tensión pre-parto. ¿Y si todo es verdad? Se acabaron las juergas, se acabó el dormir a pierna suelta. Olvídate de todas tus aficiones, no vas a tener tiempo para nada. Todo tu tiempo y todo tu dinero será para tu familia, para esa familia feliz que hoy ha dado un paso tan importante.

Bah, no pienses en eso. Respira hondo. Abre los ojos y disfruta de la bella estampa familiar, del milagro de la vida. ¡Era una tripita y ahora es una preciosa niña! ¿Se puede imaginar algo mejor? Ahora seréis una familia feliz. El trío perpetuo, siempre juntos, riendo, viéndola crecer, llorando juntos, paseando por el parque, cambiando pañales y comprando todo lo que la pequeña cosita necesite.

¡Pero Marcos! ¿Otra vez? ¡Quítate eso de la cabeza! Ese pensamiento no tiene cabida en una familia feliz. ¿Cómo vas a construir así un hogar de amor y felicidad? ¡Tira ese pensamiento a la basura ahora mismo! O al menos, no lo digas nunca delante de tu mujer. Ella jamás de los jamases lo entendería.

Es el fruto de nuestro amor, Marcos. Es que no tienes corazón.

Tal vez haya sido demasiado pronto.
Tal vez haya sido demasiado pronto.
Somos demasiado jóvenes.
Tal vez no estemos preparados.

Ojalá no hubiera nacido.
Ojalá no hubiera nacido todavía.

 

16 Marzo, 2008

La ooteca de Doña Rugélida

Era su sitio y era el mejor sitio. Todo lo que recordaba de vida lo había pasado allí. En ese rincón oscuro y húmedo, nunca molestado por escoba alguna y sin apenas visitas de amenazadores pies.

Doña Rugélida reposaba ufana, disfrutando del momento, a pocos centímetros de su ooteca. Acababa de parir y se sentía bien: la maternidad siempre dignifica. Pero cuando oyó aquel familiar ruido, no pudo evitar que un ligero temblor se instalara en todas sus patas.

Lo vio caer a cámara lenta, imagen divina, maná en tiempos de cólera; rebotar grácilmente contra el suelo mugriento y quedarse en una insinuante postura, mostrándole impúdicamente su zona más secreta, esa nalga rosada de soñada textura. Doña Rugélida sintió un escalofrío. Era el corcho de vino más guapo que había visto en su vida.

La Doña se estiró, lució un poco de patas y oteó el microhorizonte. Antenas amenazantes vigilaban, salían de sus escondrijos. Era ahora o nunca.

Cucaracheó hasta él y ¡oh! De cerca era aún muuuuuucho más bello. Y esa personalidad todavía tan olorosa. Estremecida, Doña Rugélida se acercó y se pavoneó sin miramientos. El corcho se azoró. Acababa de salir de la botella, no sabía nada de la vida…

En pocos segundos, y ante la mirada envidiosa de otras habitantes de la bodega, Doña Rugélida hundía su boca en las maravillosas carnes humedecidas por el vino. Se excitó, se elevó sobre los cuartos traseros, mordisqueó las nalgas enloquecida y finalmente entró en éxtasis.

Sus gritos pudieron escucharse en todo el suelo bodeguil. Fue uno de los mayores orgasmos cucarachescos jamás contados. Después, jadeante, dijo unas palabras de amor al oído del corcho y sopesó la idea de salir en busca de una buena colilla que rematara la faena.

Entonces se acordó. No. La ooteca. Mis pobres niños. Corrió y corrió pero no llegó más que para ver cómo el zancudo arácnido abandonaba el lugar del crimen, limpiándose la boca con una servilleta y guiñándole un ojo.

No hubo ni un solo superviviente a la masacre.

 

12 Marzo, 2008

Picor (y IV)

Él murió y él murió.

 

10 Marzo, 2008

Picor (III)

Él quiere que le cuente su vida.

Intenta mirar hacia otro lado, pero enseguida comprende que él tiene todo el tiempo del mundo para esperar. Entonces le habla del despertador, del baño gélido, de la ducha, la cortina sucia por abajo. Del café negro. De la calle, el metro y su olores, esos perfumes, esas axilas anegadas. Del mareo, de toda esa gente en las escaleras.

Le habla luego del suelo del ascensor. De los saludos leves o ni eso, de su mesa, de lo que hace mientras se supone que hace. Del ordenador, el buscaminas, el porno, las tetas de Sonia con las que sueña, se masturba a veces.

Le dice que la vuelta es parecida, que todos más cansados, incluso el propio metro parece rechinar más. Que a casa, que nada, que la tele le hace compañía…

 
Él está entonces un buen rato sin responder nada.

 

5 Marzo, 2008

Picor (II)

-¿Y qué haces ahí?
-No sé, acabo de nacer, como quien dice.
-¿Dentro de mi cráneo?
-Así lo parece.
-…

 

29 Febrero, 2008

Picor

Se despertó en plena noche frotando la cabeza contra la almohada como un niño tonto retozón. El aterrizaje en la consciencia le llevó al intenso y desagradable picor. La zona era mínima, algo más arriba de la frente y como a medio palmo de la oreja izquierda: una tierra de nadie en pleno cráneo.

Esta vez no era resaca, ni una pesadilla. Era algo físico.

Se despertó del todo, se rascó frenéticamente hasta que el dolor tapó al picor y empezó a sangrar. Se levantó de un salto, una aspirina, unos quejidos a media voz resonando en la casa. Rasca, sangra.

A la cuarta copa de vino consiguió volverse a dormir, y esta vez sí que hubo pesadilla.

Se levantó rascándose mecánicamente, la almohada perdida de sangre. Cuando llegó al baño y se vio en el espejo entró en pánico.

Dedicado a la Petite Lièvre.

[tubicontinued]

22 Febrero, 2008

Fin

-¿A dónde vas?
-Ahora vengo.

 

18 Febrero, 2008

Mascotas

-Que sueltes a mi gato.

Ella se detuvo, no lo podía creer. Era una mocosa de tres años y osaba interrumpirle. A ella, una pitón de casi tres metros y tantas pieles mudadas.

-Que sueltes a mi gato.

La niña esperaba, orgullosa y descarada. Al fin y al cabo estaba en la puerta de su casa. Y aquel palo en los riñones ya empezaba a ser molesto. Así que, consciente de que aquél no era el mejor día para una pelea –razones personales, habría dicho en el trabajo- el reptil empezó a aflojar sus músculos concéntricos y el gato volvió a respirar. En cuanto pudo, se escabulló y se alejó cojeando y maullando.

Mientras se marchaba reptando ceremoniosa, la enorme serpiente dedicó una penetrante mirada de desdén a la mocosa, que la ignoró y corrió a abrazar a su gatito.

Tres noches después, la niña desapareció. Su cama amaneció vacía. Todo el pueblo la buscó durante días pero nunca la encontraron. Tampoco se les ocurrió preguntar al único testigo: un gato vagabundo que cada noche aún hoy sueña con ese crujir de huesos y luego ese terrible silencio. Y se despierta maullando a ciegas en la oscuridad.

 

Dedicado a Loa, para que duerma feliz y sin pesadillas

 

12 Febrero, 2008

Ugm

Un sueño inquietante. Un ritmo diferente en las ramas del bosque. La primera imagen que enfocó su enorme y legañoso ojo al despertar. Todo hizo posible que un fino hilo de aire helado consiguiera penetrar en su cerebro.

Ugm se levantó, empuñó su lanza y partió colina arriba con su fornida joroba a cuestas. Se dejó llevar y llegó. La encontró. Sin entender nada, la rompió y miró al interior. El descubrimiento desató un baile animalesco, una retahíla de aullidos que sobrevolaron el valle nebuloso que se desperezaba. Lo cogió y corrió colina abajo.

Años después, en su última noche en la Tierra, Ugm rebuscó en el rincón más oculto entre sus pieles y lo sacó. Lo miró, idiota triunfalismo, sonrió satisfecho y murió. Y eso fue todo lo que fue capaz de hacer…

 

9 Febrero, 2008

Química

-¿Seguro que no es de los químicos?
-En esta bodega sólo tenemos vinos naturales, señora.
-¿No es como el Savin? Esos, que…
-Aquí todo es natural. Nunca hemos comprado vinos químicos.
-Pues póngame una botella para probar a ver.
-…
-Es que, esos químicos, a mi marido, cuando los bebe se pone…
-…
-Se pone violento. ¿Sabe? Son esos vinos químicos.
-…
-…
-Ochenta, por favor.
-Los vinos químicos. No… aquí tiene.
-Éste le gustará. Es natural.
-Sí, sí, es que esos, esos químicos. Esos vinos químicos…

 

4 Febrero, 2008

Tríptico del Amor Puro

Ella entra en su habitación, ojos risueños y voladores, y se deja caer sobre la cama cual hoja seca bamboleante.

-Este sí.

Su querida lámpara silbante de luz verde no quiere ni oírlo, pero se enciende, luz de bosque, y silba:

-¿He oído esto alguna vez?

 

                                                     *   *   *

 

Ella entra en su habitación, ojos miopes inundados y alma desgarrada a mordiscos. Se desploma en la cama.

-Snif. Snif.

La lámpara se enciende pero no quiere hablar de sus palabras vanas ahogadas en algodón. Resta en silencio verde. Horas y horas de silencio verde.

 

                                                     *   *   *

 

Ella se revuelca ciega, la boca rebosante de larvas y serpientes en los pies.

La luz verde sigue ahí, a su lado, pero ya es demasiado tarde para todo.

 

 

29 Enero, 2008

Boa

-¿De verdad piensas que el frenesí es el mejor antídoto contra el aburrimiento? –le dijo su boa favorita mientras se retrepaba por su cuello, haciéndole cosquillas con sus suaves plumas negras y verdes.

Ella fingió que no había oído nada y se zambulló en la palpitante y nebulosa multitud.

 

26 Enero, 2008

Orien

El zumbido llega, enhiesto y electrizante, cruzando el frío océano de relajación donde retoza. Sabe que debería estar trabajando, pero también sabe que el tipo de zumbido no es de control de zanganismo. Aun y todo, desconecta ipso facto el océano violeta y vuelve a lo palpable. A Él no le gusta tener que llamar dos veces.

Orien parpadea lentamente con sus minúsculos ojillos negros y emite sus impulsos motrices. Las ruedas chirrían y la silla biónica que sustituyó hace tiempo a su tren trasero se pone en marcha. Mientras los chirridos entonan su monótona cantinela, recorre a velocidad de crucero los fríos y solitarios pasillos hasta que llega a la enorme puerta. Aún madera.

El portón se abre y la rata gris postrada sobre la silla de ruedas entra, ahora renqueante y remolona, hasta el centro de la estancia junto a la enorme vitrina. Se aclara la voz y no dice nada. Sólo mira a la solución de silicio y sales donde fluye esa maraña de metagigas en destelleantes movimientos, y que ahora adoptan una mueca hosca, expectante.

 -Los informes de contención me ponen la carne de gallina –dice Él con su voz sombría pero musical.

-Estamos a punto de localizarlos. Esta vez no escaparán, señor –repone Orien mientras empieza a girar chirriante en torno la vitrina.

-¿Qué tienen? ¿Qué les dan a esos malditos titiriteros? Hay que aplastarlos cuanto antes, no me fío de ellos. Siempre siguen ahí. Siempre siguen ahí.

-Si se me permite…

-¡No! ¡Las Fuerzas ahora no sirven para nada! Tristeza neuronal animal.

-Yo…

-Calla. Avisa a la Asamblea y que preparen un comité de propaganda sensorial. Tienen que destruirse entre ellos.

-Pero… -una mirada taladradora le hace callar.

-Vete. Avísame cuando estén listos.

-Sí, señor.

Orien vuelve a chirriar y enfila la gran puerta. Ya en los pasillos, chasquea casi imperceptiblemente los dientes. Las Fuerzas de Impacto siempre le traen algo de recuerdo. Un trocito de cráneo o un jirón de retina, un detalle, un juguete para llevar a sus hijos por la noche a la vuelta al hogar…

 

 

16 Enero, 2008

s.l.

-Cállate y date la vuelta.

Se dio la vuelta, cerró los ojos. Sintió la larga y dura uña bajando, electrizando su espina dorsal. Un escalofrío. Luego sintió el acero, frío, ardiente. Aquí allí. Tensó las ligaduras de las muñecas cuando notó el minúsculo corte. Brotó entonces la pesada, caliente, gota de sangre. Con esto, sus rodillas flojearon y cayó sobre la mullida alfombra.

Él simplemente se montó a horcajadas y continuó con la labor.

 

8 Enero, 2008

Pretty Woman

Hay niebla en el parque. Son las cuatro de la mañana de un día cualquiera y él pasea echando vaho como una locomotora pausada, haciendo tiempo mientras se seca el suelo de casa tras la exhaustiva limpieza patrocinada por otra noche de insomnio.

No hay ni un alma. Entonces, un claxon. Casi salta del susto. En décimas de segundo se barajan opciones imposibles, mientras se va codificando la información: un coche blanco, desconocido, una melena rubia que se inclina sobre el volante para mirarle por la ventanilla.

La realidad toma forma. Una prostituta que vuelve a casa e intenta hacer la última carrera. Sin pensarlo, mira al vacío derredor y se dirige al coche. La melena se vuelca sobre asiento y baja la ventanilla. Hola guapo, sube. Él sube.

El semáforo se pone verde y el coche arranca. Él sólo responde con monosílabos. Que te va a dar un frío. Cómo te llamas. Te hago una cosita rapidita ahí delante. Ella agarra la palanca de cambios y luego osculta la entrepierna del copiloto, que empieza a cobrar vida.

El coche vuelve a internarse en la seminaturaleza, se para. Entonces él la mira de reojo. Pensaba que esas pelucas sólo salían en Pretty Woman. Tan rubia, tan de mentira. De cerca, la cara es algo parecido a horrible, pero ya está casi empalmado y ahora sólo importa eso.

Polla fuera, labios calientes, los cristales empiezan a empañarse. Él cierra los ojos y cuando los abre sólo ve esa peluca que sube y baja. Hace tanto, tanto, tanto que apenas dura un asalto. Ella se lo traga todo, no quiere manchar el coche.

Polla dentro, fuera el billete que siempre lleva al parque por si acaso. Sabe que con eso llegaba para mucho más, pero le paga sin mirarle, sale del coche y se va hacia casa. El suelo debe estar ya bien seco…

 

30 Diciembre, 2007

Unas botas naranjas

Marieta tiene cuatro años y nunca ha dicho una palabra. Marieta es una acróbata de preescolar, con invisibles alas blancas, mirada sonriente y ese sempiterno silencio. Marieta tiene millones de pecas y pelo de zanahoria. Una tarde, al bajar del bus de la escuela, entre los eternos edificios enhiestos y apenas sobresaliendo un palmo de la bruma azulada del asfalto, Marieta encontró unas botas naranjas. Sin dudar, se quitó los zapatos y se las puso. Ellas le dijeron a dónde tenía que ir.

Horas más tarde, Marieta llegó a casa y encontró a su madre desquiciada. Sin escuchar la bronca, la pequeña empezó a bailotear, llenando la entrada de barro mientras canturreaba por lo bajini. Era una voz extraña, pero HABLABA. La madre paralizó hasta su menor músculo. Su moño-lápiz se revolvió y se deshizo, dejando retozar el pelo sobre los hombros.

-Puedes hablar…

Entonces sonó la voz, siamesa, en dos tonos armónicos:

-Marieta todavía no quiere hablar. Tenemos hambre y necesitamos un buen baño. ¿Podemos merendar algo?

                            
 

22 Diciembre, 2007

The Minimettes

Entre 2014 y 2017 se instaló, por justa democracia, un gobierno de terror liberal. Entre otras profesiones consideradas contaminantes, la de titiritero se llevó la peor parte. Tal era su capacidad de hacer sonreír y reflexionar al vulgo. Fue famosa en aquella época una pequeña compañía -"The Minimettes"- que burló innumerables veces los controles virtuales y a la policía terrenal. La Era Neurodigital daba sus primeros pasos y los espectáculos retinopalpables llevaban años abocados a un cruel ostracismo.

Una tarde, mientras The Minimettes hacían reír a mandíbula batiente a un grupo de animales biónicos en un particular bosque verdegrís, las Fuerzas de Impacto cayeron sobre ellos. En unos minutos, fueron ahorcados con las cuerdas de sus propios títeres del árbol más cercano. Con las piernas inertes colgando sobre el minúsuclo escenario, Antke dio a luz una vez muerta. El feto ensangrentado cayó sobre el teatrillo y luego al suelo. Los animales, escondidos y aterrados entre los arbustos, le recogieron y cuidaron.

En cuanto tuvo el más mínimo destello de razón, Mumu supo que dedicaría su vida a ser titiritero.

17 Diciembre, 2007

Nos

Nos nos levantamos, bajamos las escaleras, nos vamos juntando todos sin apenas mirarnos y cruzamos descalzos la puerta retrocool que debería lanzarnos unas décadas atrás, pero cuando entramos en el salón hemos retrocedido mucho más, demasiado más, y qué porque ya lo sabíamos así que esperamos nuestro turno mientras la noche severa y silenciosa nos vigila desde los amplios ventanales, y cuando ya no puedes soportar el olor a cadáver putrefacto dentro de tu nariz, ha llegado tu turno entonces él te sonríe y te da un cariñoso lametazo en la cabeza con su gran, cálida, húmeda y hedionda lengua formada por miríadas de insectos.

 

El relato "En gramos", que encontrarán en este su hogar un poco más abajo, ha resultado recientemente finalista del I Premio de Relato Mínimo Diomedea. Gracias a todos los que de forma presencial o fantasmal apoyan a Dimitri, porque otorgan a aqueste lugar la mayor parte de su sentido.

alasdealbatros.blogspot.com/2007/12/fallo-del-i-premio-de-relato-mnimo.html 

10 Diciembre, 2007

Los mundos de Micaelah (y III)

Estoy en la 241 y no es un sueño, aunque lo parece. La he encontrado en el pasillo, le he sonreído, le he dicho algunas palabras. Creo que no entiende nada o casi nada de mi castellano balbuceante. Ella apenas habla, sólo algunas palabras en búlgaro que no comprendo. Pero sí he entendido su mirada, he sabido que mi mano calentaba la suya gélida, y he zascandileado cuando me ha llevado a grandes zancadas a su habitación.

Ha cerrado la puerta, nos hemos sentado en la cama. Parece que la compañía es suficiente. Ella me mira, sonríe y parpadea. Tiene unos ojos grandes, profundos, de un azul claro límpido con mínimas vetas oscuras. Esperamos. Dejamos que pase un largo silencio. Entonces yo saco un papel y escribo mi nombre. Lo leo en alto. Lo repito, le explico por signos que soy yo. Ella lo repite, sorprendentemente bien. Luego le invito a que escriba el suyo. Tiene letra de niña. MICAELAH. Yo lo repito, lo digo alto, me levanto y hago el mono canturreando su  nombre hasta que consigo que se ría. Tiene una risa musical, muy bonita aunque oxidada.

El papel sigue dando juego, dibujo un mapa y le marco mi ciudad, luego ella hace lo propio. Dibuja aún peor que yo, pero sonríe mientras lo hace, y eso es más que suficiente por el momento. Es tarde y tengo que irme, las visitas están a punto de terminar. Ella intenta retenerme pero le señalo mi reloj y pongo cara triste. Cuando le señalo un día cercano en un calendario da palmas y salta perdiendo una zapatilla que le queda enorme. En la última mirada antes de irme está sonriendo…

 

Otro día, el mismo verano y el mismo calor. Voy directo a la 241, Gorka puede esperar. Micaelah ha hecho dibujos. Infantiles, con colores y palabras con su letruja. Animales, casas, montes y una nave espacial. Entonces yo dibujo objetos y animales mientras ella adivina lo que son. Se vuelve loca de alegría cada vez que acierta. Aunque  tiramos de mímica, supongo que celebramos algunos aciertos fallidos, pero eso tampoco importa nada.

Cuando paso a la habitación de Gorka, ella husmea por el pasillo hasta que le invitamos a entrar. Ve la tele con nosotros, se ríe con nosotros, mira una revista de cotilleo con la madre. Antes de irme, vuelvo con ella a su habitación. Esta vez saco mi aparato de música portátil de última generación y compartimos los cascos. Elijo una canción para ella, creo que le gusta. Cada vez que empieza otra patalea como una niña, hasta que la vuelvo a poner. Y así sin mesura. Después de escucharla siete u ocho veces, me despido y me mediodeja marchar.

 

El verano empieza a agonizar, Gorka está a punto de volver a Pamplona y Micaelah ya no es un alma en pena por los pasillos. Canturrea, dibuja, me enseña búlgaro, chapurrea el castellano. Y su cicatriz empieza a perderse en su pelo castaño y fino.

Hoy le traigo un regalo. Entro en la habitación y está vacía. Nada. Nada. Nada. La cama impoluta, la ventana abierta, un calor sofocante y nada.

Corro hasta el mostrador de la entrada al pasillo. Qué ha pasado con Micaelah. La enfermera, que me conoce de sobra, me mira fríamente. Me pregunta si soy familiar. Pues no puedo darte ninguna información. Le hablo, le explico todo, le imploro con la mirada pero se cierra en banda. Información reservada a familiares.

Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien. Sólo quiero saber si está bien…

 

Han pasado cinco años desde aquella tarde sofocante de verano. Todavía, cuando escucho aquella canción, no puedo evitar acordarme de Micaelah. Algunos días, me la imagino riendo con sus familiares, de vuelta en Bulgaria. Todos, tan felices. Otros días, no puedo evitarlo, porque aún me mira con los ojos abiertos, con esos profundos ojos azules, sólo veo el pijama grande y la sangre, y su cabeza abierta, destrozada contra el pavimento gris que había bajo su ventana.

 

 

29 Noviembre, 2007

Los mundos de Micaelah (II)

Volví a los tres días. Sólo estaban la madre y Gorka. Él tenía mucho mejor cara, nada que ver. Y todo fue mucho más suelto. La madre pudo descansar, bajar a la cafetetía, relajarse un poco. Nosotros nos enzarzamos con la tele y con conversaciones más o menos divertidas. Él me contaba aventuras en el restaurante familiar, en Pamplona. Yo le hablaba de Madrid, de algunas peripecias laborales, casi de lo que fuera. Al rato volvió la madre, y fue cuando tuvimos que salir de la habitación. Era la hora de la limpia. Le dejamos con las enfermeras y salimos al pasillo.

No era un pasillo que te levantara la moral precisamente. Sólo entonces caí en la cuenta de que se trataba todo de pacientes con recientes operaciones craneales. Algún paseante ensimismado, habitaciones muy silenciosas, familiares con caras largas… y entonces la vi. Inmediatamente noté cómo mi alma se materializaba y empezaba a caer, una gelatina que se deslizaba por la parte interior de mi pierna izquierda.   

Sus intensos ojos miraban a nada con una desesperación infinita. Nunca había visto tal tristeza, una rictus pétreo tan desolador. Creo que dejé de respirar. Era guapa, y llevaba el pelo rapado, un pijama de chico y pantuflas. Estaba acurrucada, de cuclillas contra la pared del pasillo. Miré a la madre de Gorka, pero vi que paseaba hacia la otra parte del pasillo. Volví a la chica de la infinita tristeza, que no llegaba a los treinta, y vi cómo una una gruesa lágrima se deslizaba muy lentamente por su mejilla. Me quedé paralizado, quería hacer algo pero no arrancaba. No sabía qué. Alguien apareció de repente y la abrazó, le ayudó a ponerse en pie. Llego alguien más, se oyeron comentarios sueltos. Que no le vienen a ver, que está sola. Enferma. Cabeza. Bulgaria.

Le convencieron para que volviera a su habitación, entre lágrimas. Lo último que vi fue su espantosa cicatriz detrás de la oreja… La voz de Gorka me devolvió a la realidad, a mi visita. Que ya empezaba el programa, que fuera, me decía sonriente desde su cama.

El resto de la tarde, no pude quitarme de la cabeza aquella mirada tan triste. Cuando me despedí, habiendo improvisado que la próxima vez habría una feroz partida de escoba o chinchón, ya estaba anocheciendo.

Salí al pasillo y miré hacia la habitación de la chica. Vi que su puerta estaba abierta mientras me dirigía hacia las escaleras. Con una última mirada la atisbé, perdida, acurrucada en una esquina del fondo del pasillo. Por un segundo, desaceleré mi habitual caminar rápido. Pero no me detuve. Mientras bajaba las escaleras, algo me gritaba que hiciera algo. Llegué a la planta baja, me paré. No podía dejarla así. De repente, el cálido anochecer se me antojó placentero, la vuelta tranquila a casa… pero vi sus ojos claros llorando y mi mano se agarró con fuerza al pasamanos de la escalera. Me quedé quieto, mirando al suelo y sin saber qué hacer. Un médico canturreante que ni me vio pasó a mi lado. Miré a la calle, miré escaleras arriba. Pero seguí ahí parado sin poder decidirme…

 

Bueno, uno que no piensa decidir cómo sigue el cuento. Ahora sí, amigo Hellboy, les toca. ¿Recoger y reconstruir la masa gelatinosa que aún se arrastra por el linóleo o una tranquila vuelta a casa?  

 

26 Noviembre, 2007

Los mundos de Micaelah

Nunca hubiera pensado que se pudiera tener una cicatriz tan enorme en el cráneo. Era terrible, iba de oreja a oreja y al verla era imposible no imaginarse la cabeza abierta como una sandía.

Yo acababa de abrir la puerta de la habitación de hospital. La mastodóntica cabeza, hinchada tras la operación y aparatosamente vendada, centraba la composición. Unido a ella, él me sonreía o algo parecido. A su lado, sus padres me miraban agradecidos. El resto, hospital aséptico. Blanco y nada.

Presentaciones, discreta aproximación. Empecé con las banalidades pertinentes. Que si he llegado antes de lo que pensaba, que si esta semana hay poco trabajo, que mira tú el calor que está haciendo –era un verano especialmente caluroso. La conversación era sobre todo entre el padre y yo. El chico, Gorka, debía de tener mi edad y por el momento se limitaba a leves acotaciones monosilábicas. Bajo la nebulosa de los sedantes, rebosaba de ilusión. Se notaba.

Habían venido desde bastantes kilómetros más al norte. Yo, como representante de la familia y en honor a una profunda amistad que ya había visto pasar por casa, tenía que estar allí. Acto de presencia. Compañía para el tedio estival en hospital. Divertimento para un cráneo recién abierto…

Era una extraña inflamación de una parte del cerebro, que nadie se atrevía a intentar extirpar y que procuraba a Gorka interminables horas de agudas migrañas. Con esta operación, todo eso tal vez estaba a punto de terminar. Por eso, su hinchada testa y aquella terrible cicatriz eran lo de menos: si todo iba bien, aquello era el principio de su nueva vida. Por eso me sonreía todo lo que el enorme hinchazón le permitía.

La televisión sirvió para ir engrasando la situación. Programas bodriosos de tarde, algo de deporte… cualquier cosa en otras condiciones infumable nos bastó para ir pasando la tarde. Por supuesto, yo me hacía continuamente el gracioso, intentado hacer algo más cotidiano lo forzosamente forzado. Así, la tarde fue cediendo y al final llegó el momento de despedirse. La mirada de agradecimiento de Gorka mientras estrechaba mi mano compensó mil veces esta primera visita y las que vinieron después.

Eran las nueve de la noche y fuera todavía hacía un calor abrasador…

 

[tobecontinued]

19 Noviembre, 2007

Sounds of The White Nalgarians (y IV)

En efecto, The Red Pizpirette observa la jugada desde muy cerca, temiendo lo peor de la pérfida Ni-nah. “Tenía que tener hoy sus clases de claquet” piensa The Red frunciendo el ceño, “¡esta Minine me tiene frita! Tendré que enfrentarme sola a esta mala gente…” Y et voilà: en un alarde de flexibilidad, y superando todas sus vergüenzas, saca a relucir –lo que se dice relucir literalmente- una mínima parcela de su nalga derecha.

Un blanco destello de luz cruza todo el estadio. La mirada extraviada y estrábica de Barbettone, por supuesto, no lo pasa por alto. Automáticamente, su cerebro y su hocido empiezan a salivar, y en pocos minutos el recinto entero se pregunta qué está pasando. Por qué ha parado la música y qué pasa allí delante.

Poco después, se anuncia la aparición estelar de una antigua colaboradora de la banda. The Red Pizpirette sale a escena, entre vítores y aplausos. Su incandescencia facial supera todo lo imaginable. Además, al no disponer de la patentada Nalgarian Pantalonette (que permite los azotes musicales), la joven no tiene más remedio que dejar caer sus pantalones contra el suelo, para sonora alegría del respetable…

Ha llegado el momento de oír la musicidad de las nalgas de The Red Pizpirette, que no las tiene todas consigo. Titubeante, se sube al armazón del instrumento humano y se coloca. La música vuelve a sonar y todo parece marchar bien, sonar divinamente. La invitada pasa lo suficientemente desapercibida, pero la cara de Ni-nah no parece aprobar la nueva situación. “¡Esa rubia hortera se va a enterar! ¡No me la jugará otra vez!”, piensa mientras se lanza a entonar los primeros arpegios de los acordes del mal.

Pero he ahí que The Red Pizpirette está pero que muy atenta, y aprovechando el extasiante solo que Barbettone está interpretando sobre sus nalgas, propinar un rápido y certero arañazo a las posaderas de la Ni-nah. El grito musical de la bruja sónica en todo el recinto pero Barbettone, en su inopia habitual, ni se entera. No hasta que vuelve a las nalgas de Ni-nah y escucha con horror el desafine  vocal causado por el dolor Entonces todo se precipita. El concierto se vuelve a parar, se oyen los primeros pitidos, alguien tira un zapato al escenario.

Se monta un revuelo simpar en el instrumento humano. Entre el público, nadie entiende nada… Tras unos minutos de desconcierto, se anuncia la retirada de escena por calambre nalgar de una de las White Nalgarians. En efecto, es Ni-nah quien vuelve a despedirse de alguien con un vengativo puño en alto… El concierto se reanuda y cuentan que fue todo un éxito, dadas las altas cotas líricas alcanzadas por la misteriosa colaboradora de tan refulgentes nalgas…

Y así fue, amigas y amigos, como sin que nadie llegara a enterarse, The Red Pizpirette salvó a miles de personas de caer en el malvado hechizo sónico de Ni-nah. Eso sí, pagó el alto precio de atesorar unas rojas pero que muy rojas nalgas durante varios laaaaaaaargos días…

 

 

13 Noviembre, 2007

Sounds of The White Nalgarians (III)

Ni-nah entra en la casa, moviendo bien sus caderas a diestra y siniestra. Barbettone observa muy atentamente cada movimiento facilitado por aquellos crueles tacones. En silencio, como cuando se muestra una mercancía valiosísima, una nalga refulgente ilumina la estancia y la cara del lobo, donde se dibuja una sonrisa enooooorme que muestra todos sus putrefactos dientes.

“Son unas nalgas sin igual”, piensa Barbettone mientras las palpa y mesura con sus callosas pero habilidosas manos. “¡Abarcan hasta dos octavas y media, increíble!”. Y también pudo comprobar cómo su textura única le permitiría entrar en otro mundo de cabriolas técnicas, renovando así su ya un poco anquilosado repertorio.

Sobra decir que la primera sesión musical entre Barbettone y Ni-nah es todo un éxito.

Con la casual ayuda de sendos accidentes acaecidos a Red Bucles y a Campenille, Ni-nah se convierte en poco tiempo en la White Nalgarian favorita de Barbettone. Y del público. Es la estrella de todos los recitales, la más aplaudida, la posadera mimada del barbudo lobo que, por otra parte, está bastante mayor y no se huele la que se le viene encima…

Fue en un multitudinario recital. El plan ultrasecreto de Ni-nah estaba a punto de llevarse a cabo. En sus años de estudio con el malvado brujo sónico Piotr, habían recuperado y mejorado el Diabolous in Musica, ese acorde maldito y perseguido en el medievo, adaptándolo a los nuevos tiempos. El bueno de Barbettone, extasiado con las nuevas nalgas, no había visto la progresiva inclusión de esas disonancias en sus composiciones. Así, el público presente –aquellas cinco mil personas- estaba a punto de sufrir en sus tímpanos el pérfido conjuro sónico que Ni-nah había preparado durante tanto tiempo. Y estaba segura de que funcionaría, de que el estupor general, primero, y luego la hipnosis profunda iban a sucederse.

Pero lo que no sospechaba  Ni-nah era que entre las primeras filas unos ojos grisazules no le perdían de vista, junto a unos mofletes que se acercaban más y más a la incandescencia…  

 

¿Morirá todo el público? ¿Tendrá algo que decir el ancianete Barbettone? ¿O será la impepinable The Red Pizpirette quien saque otra vez las castañas del fuego? En breve, amigas y amigos, el apasionante final de esta conmovedora historia de nalgas y conjuros sónicos a la que ya le están preparando su telefilm vespertino…

 

31 Octubre, 2007

Sounds of The White Nalgarians (II)

  -Toc, toc.
  -¿Quién me llama?
  -Somos nosotras. Queremos renegociar nuestros contratos.
  -¿Qué nosotras?
  -¡Campenille y Red Bucles, y lo sabes! ¡Estamos hartas de que nos explotes! ¡¡Abre ahora mismo o no volverás a tocar ritmos con nuestras nalgas nunca más!! 

 

*    *    *

 

  -Toc, toc.
  -¿Quién me llama?
  -¡SGAE Animal! ¡Está rodeado! ¡¡¡Abra inmediatamente o echamos la puerta abajo!!! 

 

*    *    *

 

  -Toc, toc.
  -¿Quién me llama?
  -Soy Ni-nah, la Bruja Sónica. Vengo a proponerte un trato. Y seguro que de paso no te importaría conocer mis nalgas polifónicas… 

 

¿Un asalto armado a la untuosa morada de Barbettone? ¿Un terrible pacto sónico y polifónico con la terrible Ni-nah? ¿Tendría entonces algo que decir The Red Pizpirette? ¿O se verá nuestro protagonista huroneado por sus mejores solistas? ¡Hagan juego!

24 Octubre, 2007

Sounds of The White Nalgarians

Barbettone di Loup era un malo malvadísimo lobo que gustaba de tocar elaborados ritmos musicales con sus manos en las marmóreas nalgas de las jóvenes caperucitas que le visitaban. Al contrario de lo que pudiera parecer, estas visitas eran copiosas y no pasaba un solo día sin que alguna jovencita llamara a la puerta de su destartalada guarida en el bosque.

Cuando hubo seleccionado los mejores sonidos nalgares y gartantiles (pues los gemidos de las damiselas también conformaban la totalidad sonora), Barbettone habló con una promotora underground y juntos programaron una pequeña gira por locales de poca monta.

El proyecto se llamó Sounds of The White Nalgarians y el éxito fue rotundo. El barbudo lobo, con sus endiablados y alucinados ritmos que elevanban sónicas construcciones laberínticas, dejaba al público (principalmente femenino, por otra parte) patitieso y boquiaberto a partes iguales. Huelga decir que esta minigira llevó a otra más grande. Más público, más dinero, más nalgas enrojecidas y más gemidos afinados.

Después de la primera gira mundial, cuando Barbettone di Loup disfrutaba de su nueva vida de ostentación y pereza a todo tren, recibió una inesperada visita.

 

Comienzan los Cuentos Inconclusos por Indecisión, o Elige tu Desventura con Dimitri. En la próxima actualización, se propondrán tres posibles continuaciones del cuento. El abundante público presente deberá elegir una. Un voto será quórum suficiente para inclinar la balanza, y el cuento autopergreñará su propio final en la mayor brevedad posible.

15 Octubre, 2007

Mutación

Fueron demasiados años los que pasó levantándose a las 8, corriendo, creyendo, cumpliendo, sonriendo. Sintiendo afiladas gotas de sudor frío rajándole la espalda y mirando hacia otro lado. Primero fueron aquellos pelos gordos y negros en las manos y en los pies. Luego los dientes. Nadie decía nada, él tampoco. Fue notando cómo sus sentidos más rastreros se hacían más refinados, adaptándose al habitat cloaquil. Cuando llegó a los cuarenta, andaba encorvado mientras se mesaba los bigotes entre chillidos de risa: tenía más de rata que de hombre. Fue una mañana frente al espejo. Su último resquicio humano fue consciente de todo, y emitió un chillido tan agudo que apenas pudo oírlo. Había visto en sus huidizos ojos que ya jamás habría marcha atrás…

 

9 Octubre, 2007

El sustituto

Cuando se puso a la cola, tuvo un raro presentimiento: aquella vez no iba a ser como cada primero de mes. Una vez en la ventanilla, la voz pastosa de aquella antipática hipopótama confirmó lo inevitable. Soltó un chasquido entre sus desordenadas filas de cansados dientes, esperó unos segundos sin saber por qué y se dirigió a casa.

En el fondo, lo llevaba esperando varios meses. Ahora, sin su dosis de aroma jubilatorio, su fin en el pantano estaba muy cerca. Él, que había sido el cocodrilo más grande, más seductor y más violento en muchas hectáreas a la redonda. Él.

En la parte baja del cenagal, un grupo de chavales que ensayaban su ritual de seducción le increparon. Ni respeto. Se sumergió y dejó que su vista vagara entre las aguas fangosas…

Al llegar a casa, vio cómo ella lloraba en una esquina y no le hizo falta ni oler para saber muy bien quién era el sustituto. Ekain sonrió, ya victorioso, no quiero hacerte daño, viejo.

Y aunque ella le imploró con los ojos y le dijo que le querría igual, él desechó el camino fácil, el de los ojos cerrados, y eligió combate.

Nunca un anciano había vencido a su sustituto a pura mandíbula, y aquella vez no fue distinto.  

 

4 Octubre, 2007

Ojos verdes

Siempre hacía lo mismo, una y otra vez: pasar por encima de los ojos, pisándolos hasta casi hacer estallar los globos oculares con sus pies. Pero cuando se encontró con aquellos ojos verdes, no saltó por encima, ni pasó de largo ni nada. Ni siquiera se movió. Simplemente bajó la mirada y encajó como pudo el beso.

Los ojos verdes sí estallaron, deshaciéndose en muerte líquida, cuando él los pisó y siguió su camino.

 

1 Octubre, 2007

Rebeca

Rebeca ha perdido taaaaaaaaanto tiempo que sus ojos están vacíos, que sus labios no dibujan más que una fina línea tensa, que cuando habla se oye desde fuera de sí. Tanto que los pétalos que fueron rosas hoy son grises y putrefactos. Tanto, qué tonta. Rebeca. Tanto que no puedes ni contarlo…

 

23 Septiembre, 2007

Compañeras

-Que viene. Disimula.

Las dos han pasado la última media hora quejándose de todo. Que si todo el día encerradas allí, que si apenas ven la luz, que si las horas extras, que si así no hay quien conozca a un chico… Normalmente, un “es lo que hay” basta. Pero hay días, tal como hoy, que no es suficiente. Por eso cuando él entra, cada una de ellas teme que la otra diga lo que no debe y las cosas empeoren.

-Que viene. Disimula.

Él abre el armario y las mira. Sonríe a Paula, acaricia su pelo y la saca del armario. Cierra la puerta y, al poco, se oye la puerta de la calle. Se la ha llevado, como siempre. Y mientras juega a soplarse el flequillo en la oscuridad del armario, ella piensa que, al fin y al cabo y en los tiempos que corren, no deberían quejarse tanto. Muchas pagarían por ser una de las dos pelucas favoritas de un travesti educado, con buen gusto y una prodigiosa puntería para elegir perfumes excitantes…  

 

18 Septiembre, 2007

Ito

Lo que más le gusta es volar. Flotar a gran velocidad mientras asciende altas cumbres nevadas, para luego hacer giros imposibles entre la niebla, entre las nubes. Sólo muy de vez en cuando, se encuentra algún pájaro con el que echar alguna carrera, pero aún estando solo es lo que más le gusta. Lo malo es que, siempre en el mejor momento, la voz de Emerh suena desde allí abajo.

-¡Ito! Te estoy esperando.

-Un poquito más -responde siempre él-, unos giros locos y ya bajo.

No es un niño desobediente, Emerh lo sabía bien. Pero tampoco iba a bajar. Así que, tras un profundo y tranquilo suspiro, el anciano se eleva del suelo y alcanza al niño. Se coloca junto a él, los brazos cruzados y la mirada seria.

-Llevas volando un 87,38% del tiempo total de conexión. ¿No crees que ya es hora de aprender algo hoy?

Ito revolotea a su alrededor.

-Hoy me apetece volar, el cole ha sido muy aburrido.

-No lo dudo, pequeño. Pero tengo que cumplir con mis programadores. Sólo visitaremos un espacio PL y luego volaremos juntos un rato… en la Ciudad de Hielo.

-¿La Ciudad de Hielo? ¡¡¡¡¡Síííííííííí!!!!!

-Pero antes, ya sabes…

Refunfuñando, Ito ejecuta una cabriola en el aire y se lanza en picado hacia abajo. Con una sonrisa, Emerh se deja caer hacia atrás como un submarinista y le sigue.

 

En el suelo, el anciano se recompone su vestimenta agitada por el vuelo. Ito, junto a él, mira a todas partes, con ojos inquietos y curiosos.

-Ito, desconecta ese sistema de modelación de personajes. Venga, vacía toda tu memoria virtual de bajo recorrido y prepárate para estudiar. Hoy tenemos una clase muy interesante.

-No me gusta la cinemática, ni la gravedad aplicada al sonido, no me gusta lo que me has enseñado últimamente, Emerh. Quiero jugar con los instrumentos virtuales y hacer música plástica.

Mientras termina su frase, Ito se ha transformado en un elefante de hierro que empieza a bailar break-dance.

-Hoy no toca música, diablillo. Vamos, aspecto normal para estudiar.

-Pero mira qué baile…

-Ito, a este paso el holograma de información instantánea de hoy no va a gustar a tu madre.

-¡Pero yo quiero ir de otra cosa! ¡Así ya voy al cole!

-Pues cambiate de ropa, pero no de especie. Eres un niño.

El niño se muestra entonces con un ropaje idéntico al del anciano, y empieza a imitar su voz, con un marcado problema respiratorio: "eres un niño, eres un niño". Emerh suspira profundamente, hinchando el pecho, primero un poco, y después descomunalmente. Con un rugido, el pecho se rasga y sale de él una cabeza de materia fluctuante que se convierte en boca, miles de ojos o nada en cuestión de nanosegundos.

Ito retrocede un par de pasos, impresionado. Emerh vuelve a su apariencia tranquila y afable.

-¿Ves? Haces perder la calma hasta a un sistema de comprensión infantil DIIR-M-3000. Te aseguro que eres de lo que no hay. He instalado miles de gigas y creado proto-ilusiones en muchos niños. Pero como tú…

-¿Habrá algún mamut en la Ciudad de Hielo?

-Si te portas bien, igual. Bueno, ¿qué tal ha pasado el día tu micro-procesador cerebral?

-Bien. Todavía tengo mucho sitio, y no me crea conflictos de datos. Ni electro-escapes.

-Eso está bien. Todavía te queda tiempo para la primera ampliación, no tengas prisa por llenarlo. Es importante que aprendas a almacenar bien toda tu información, así serás algún día un ciber-hombre completamente libre.

-Libre, eso quiero. Libre para volar.

-¿Qué le parece al caballerete aprender cómo fueron los primeros implantes cerebrales? ¿Cómo el hombre empezó a intentar mejorar artificialmente el cerebro sin haberlo conocido bien antes?

-No suena mal…

-Pues andando. Vamos al Museo Digital de la Robótica.

Ito pone cara triste.

-¿Por qué andando? Andar es aburrido, además volando llegaremos antes.

-No podemos ir volando, Ito. Sabes que no llegaríamos.

-¡Vaya plut!

-Ese archivo léxico, jovencito. Lo siento, pero yo no programé esta plataforma. Hay que andar y punto. Así aprovecharemos para ir entrando en materia. Ciber-nene -le dice agachándose- desconecta TODOS los programas y accesorios. Empieza la clase.

-Está bien -Ito recupera su vestimenta habitual, en su hombro aparece un pequeño mamífero con casco, que se tira al vacío y se desintegra- todo sea por la Ciudad de Hielo.

-Pues caminando -Emerh se mesa la luenga perilla- que llegamos enseguida. El principio de la historia de hoy se sitúa el 26 de octubre de 2008, momento en que cerebro y máquina inician su tempestuosa relación. ¿Crees que es posible injertar un micro-chip binario en una zona parietal-frontal?

Ito piensa unos segundos.

-¿Qué zona es ésa?

Emerh se detiene.

-¿Tienes fallos en los programas de información básica? Déjame que te examine…

Empieza a sacar un enorme aparato del bolsillo, pero el niño le detiene.

-¡No, no! Está todo bien, sólo me ha tardado unos milisegundos más la info, tranquilo. ¿En la zona parietal-frontral, dices? ¡Vaya chorrada, eso es imposible que funcione!

-Pues créeme, amiguito, que en el año 2008, los mejores científicos del mundo apostaban por ello.

-¡Qué idiotas!

-Bueno, eran otros tiempos.

-Como te iba diciendo, aquel primer experimento fue un desastre…

 

Niño y anciano avanzan por un camino terroso, flanqueado por llanuras de un verde lisérgico y cambiante. No hay animales. No hay ruido. Sólo ellos y el cielo gris. El camino serpentea entre colinas, sube, baja, gira sobre sí mismo asesinando a la física. Poco a poco, en las llanuras verdes van apareciendo multitud de caminos adoquinados que no van a ninguna parte. Emerh se detiene un instante ante uno de ellos. Luego asiente. 

Entran en el adoquinado, e inmediatamente surge del suelo una especie de cabeza negra y roja cuarteada, que queda suspendida a un metro del suelo. Emerh se acerca, la cabeza se eleva un poco hasta ponerse a su altura, y él apoya su frente sobre ella. La cabeza emite dos pequeños resoplidos y vuelve a hundirse en la tierra.

Se alza ante ellos una imponente construcción metálica. Como una enorme catedral de acero, cristal y aire. Majestuosa, hierática. Emerh coge de la mano al niño y juntos suben los escalones de la entrada principal. Saludan al ojo mecánico que sestea en su garita y entran.

 

Sí, sé que no termina, pero es lo que hay. Fue el principio de un cuento compartido que se truncó. No es un mal principio de historia, tal vez algún día la continúe. Hoy por hoy, sirve para amenizar la espera mientras escribo una nueva historieta. Llega en breve, por cierto. Téngase en cuenta a partir de ahora que las actualizaciones serán más espaciadas, pues todo será nuevo, oyes. Poseso. Salute. 

12 Septiembre, 2007

Bingo

Germaine pasa las largas tardes escuchando los seriales de la radio y con la única compañía en la mesa del pequeño bombo de bingo, que cada poco le dedica su vibrante ronroneo y una bola que tal vez ponga otra pastilla en sus cartones. Ha jurado que el día que complete los tres cartones con las primeras 57 bolas, será su último día: se tragará de golpe todas las pastillas.

 

8 Septiembre, 2007

Hojas, puertas

Justo en el momento en que va a frenar en seco, las hojas transparentes se abren –parece que el maldito sensor sí le ha detectado- y el interior de la estación aparece ante su cara de susto. Siente cómo todos los ojos que esperan entre maletas se posan sobre su figura delgaducha, perdida en ropa siempre demasiado grande, que entra con paso desgarbado en el amplio hall. No se le ocurre nada mejor que cruzarlo y, cuando ve al otro lado una pequeña puerta y gente fumando fuera, la empuja y sale.

Toma aire como si le hubiera faltado durante horas, y le parece más fresco y natural que el de hace medio minuto. Mira a los fumadores. Aquello es más como estar en casa. Saca un pitillo, lo enciende y empieza a pasear por el abandonado andén. Casi pertenece al exterior, al resto del mundo semiverde y derruido que empieza un poco más allá, justo detrás de la roñosa vía y el pequeño muro. El suelo, de un granate vahído, está agrietado y en pleno proceso de integración con la naturaleza. Mira el reloj. Las cinco menos siete, y el tren no sale hasta y veinte.

Se lleva el cigarro a la boca, y al mismo tiempo –tal vez por ese comentario infantil sobre cómo coger el humo con las manos- todo vuelve a su cabeza. Con la misma sensación. La misma situación incómoda, la pastosa falta de palabras. La punzada en el pecho ante el terreno imposible de reconquistar. Y los ojos fríos de ella –tan bellos- diciendo, con esa seguridad glacial, todo esto es culpa tuya y solamente tuya…

Sin darse cuenta, se ha parado frente a una brecha que divide al muro en dos. Más allá, el edificio ruinoso llama su atención. Tal vez quiera huir de sus pensamientos y un tren en veinte minutos no es suficiente por el momento. Pasa por encima de las malas hierbas y, como un chiquillo explorador en tarde de verano –aunque es noviembre y hace frío-, se deja seducir hasta la entrada del edificio.

Es un portón doble, enorme, y está entornado. Por las dimensiones, aquello parece un antiguo almacén, o incluso un mercado. Durante unos segundos, lo imagina lleno de vida, de puestos, de frutas y verduras y de voces. Empuja la puerta y entra. Es muy amplio y tiene aquí y allá cristales rotos, restos de hogueras y desperdicios.

Las cinco en punto. Empieza a cruzar la gran estancia, y cuando pisa un trozo de cristal que se rompe, el chasquido parece activar otro chasquido, éste eléctrico, y tras un breve zumbido, los altavoces –pero, ¿qué altavoces?- empiezan a sonar. Es una voz femenina, aséptica, que apenas se distingue entre los crujidos de un sistema de sonido a punto de fenecer. Sólo alcanza a distinguir palabras sueltas. Clientes. Ofertas. Durar. Enfermería. Oportunidad. Desde 295. Lo quisiste. Escolar. Precio.

La voz se apaga definitivamente. Él se ha quedado quieto, sintiendo un escalofrío espalda abajo. El silencio ahora es sepulcral, salvo el pulso acelerado en las sienes. No puede haber un viejo circuito de altavoces que suene solo. Alguien le debe de estar gastando una broma, pero allí ni se oye ni se ve a nadie. Las cinco y cuatro. Sigue avanzando, haciendo crujir la gravilla, hacia el fondo, donde una puerta sin puerta esconde algo en penumbras.

Entra. Huele a excrementos, vino, tabaco y algo más que no puede identificar. Algo se mueve en la esquina oscura, hay un chispazo y una cerilla ilumina la estancia. Está recostado sobre un viejo asiento de coche, y no viste tan mal como cabría esperar. Con la cerilla, enciende una vela y después su pipa de hueso. El aroma dulzón lo impregna todo mientras suelta las bocanadas de humo. Le mira sin decir nada. Él no puede dejar de fijarse en sus brillantes zapatos de hebilla, en sus calcetines verdes, en sus rizos rojos pegados al cráneo. Luego, esa alfombra, ese cenicero de pie maravillosamente demodé. La mesita romboidea y diminuta. Y sobre todo, ese árbol tintineante. Ese pequeño bonsai de hojas de cristal, con mil reflejos que no provienen de ninguna luz.

-Tu tren va a salir –le dice mientras deja que el humo salga de su boca para colarse por la nariz-. No lo vayas a perder, no habrá otro. Coge una hoja del árbol y guárdala. Hazla añicos cuando tengas un problema, pero sólo cuando se trate de uno de ésos que no sabes cómo resolver.

Traga saliva, no da crédito, todo eso es absurdo, pero se acerca al arbolito. Una hoja de cristal se desprende y cae, flotando, hasta la base musgosa del pequeño tiesto granate. Se agacha y la coge. Está afilada. Entonces la luz empieza a bajar y él, como un actor con su pequeño papel bien aprendido, hace mutis por el foro. No pregunta nada. No da las gracias. No se despide.

Guarda la hoja de cristal con cuidado en el bolsillo de la cazadora y, cuando está a medio camino en el viejo almacén, se detiene. Las cinco y catorce. ¿Qué ha pasado realmente hay dentro? Saca la pequeña hoja transparente del bolsillo y la observa. Se vuelve y mira hacia la oscura estancia. Le parece oír el pitido lejano de un tren. Las cinco y diecisiete. ¡¡Las cinco y diecisiete!! No puede -por mil razones- perder el tren, así que echa a correr con todas sus fuerzas.

Salta por la brecha del muro, vuela sobre el andén granate y verde, grita a los sensores de las puertas. Pero cuando llega al andén, el tren está empezando a moverse. Corre un poco con él, encuentra una puerta y salta sobre ella. No es como en una película: está a punto de caer de vuelta al andén y el revisor le encuentra agarrado a la puerta con la cara lívida. Le recrimina con palabras que no oye, y en nada se puede desplomar sobre su asiento. El paisaje vuelve a arrancar y su pulso, muy poco a poco, vuelve a la calma…

En cuanto se duerme, ellos aparecen. La mirada inocente y expectante del niño, los ojos fríos de ella. Él está nervioso, el puzzle tiene tantas piezas que se le caen de las manos, sin que pueda hacer nada. Se agacha y recoge alguna, pero caen otras. Parecen cobrar vida, escapar de sus manos. Entonces recuerda -un fogonazo de ilusión- y hunde la mano en el bolsillo de la cazadora. Ahí está, el pequeño cristal. Lo toma entre los dedos y aprieta con fuerza. Siente cómo la piel se abre en una fina línea de agudo dolor. Aunque no quiere, grita. Pero ellos no dicen nada porque ya no están allí. No pueden estar muy lejos. Echa a correr, está en un bosque. Corre hasta que no puede más, pero allí no hay nadie… ¿O sí?

Primero huele la pipa y después le ve, detrás de un árbol. Se acerca y allí está, cómodamente instalado en el mugriento asiento de coche. Con sus zapatos brillantes y sus rizos rojos pegados al cráneo. Le sonríe mientras le sostiene la mirada. Luego deja de sonreír y enciende su pipa, ahora pequeña y oscura. No hay ni una palabra. Él no sabe que hacer, pierde las fuerzas y se va al suelo, que ya no es verde ni hierba sino naranja y rugoso. Además palpita, al ritmo de sus propias sienes, mientras empieza a quedarse inmovilizado…

Se despierta. El tren entero duerme. Fuera, es de noche y el paisaje es negro y apenas parece moverse. Saca el dedo del bolsillo, está sangrando. Mira el rojo brillante y es entonces cuando tiene la total seguridad de que no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer para arreglar todo aquello…

En la oscuridad del viejo almacén de la estación, el brillo de las hojas de cristal del minúsculo árbol empieza a apagarse. Él lo mira, chasquea los dientes y enciende otra vez la pequeña pipa, que se ha apagado de pura decepción. Tal vez Ellos tengan razón. Tal vez esté empezando a hacerse viejo…

 

4 Septiembre, 2007

En gramos

Es un establecimiento único, con un olor muy especial. La carnicería de Nouredine es conocida en todo el país, pero nadie quiere entrar nunca. Y cuando alguien lo hace es en grupo, en familia. Las caras contraídas, los ojos muy abiertos y todo ese silencio. Nouredine les saluda mostrando su viejo cuchillo, es la tradición. Entonces el familiar elegido se coloca y Nouredine procede. El honor familiar y un pañuelo en la boca ahogan los gritos. Nouredine es muy habilidoso desollando, así que pronto la carne cae sobre la balanza. El peso señalado mide el sacrificio del familiar en gramos.

En silencio, con un sollozo sordo de fondo, la familia sale. Tendrán comida para unas semanas más. Dentro, Nouredine esparce el charco de sangre con una mugrienta escoba y después limpia su cuchillo, mientras no piensa absolutamente en nada.

 

31 Agosto, 2007

The adventures of The Red Pizpirette (y II)

En la copa del roble centenario, el pájaro más anciano y más sabio del árbol-ciudad acaba de relatar los recientes acontecimientos. Tiene cara de preocupación. The Red Pizpirette, sentada a horcajadas sobre una rama cercana, bailotea con las botas rojas colgando y le hace preguntas y más preguntas. Algunas incluso sobre pequeños detalles que se diría no tienen importancia alguna.

La situación no es nada buena. Desde hace algunos días, el árbol-ciudad está recibiendo una desagradable visita. Esta comunidad de pájaros, conocida en todo el bosque por su trabajo coral –premiado incluso en certámenes interbosques- se está viendo seriamente amenazada. La responsable no es otra que Ni-nah, la Brujilla Cantante. Una joven y malvada hechicera muy interesada en el aprendizaje de los conjuros melódicos, para lo que necesita capturar a bebés-pajarillo para robarles sus primeras melodías.

Así pues, desde hace una semana se presenta un día sí y otro también en el árbol-ciudad. Enseñada por el inefable mago sónico Piotr, Ni-nah domina las oscuras artes de la cetrería podal. Aquesto consiste en dominar a las aves con movimientos de los pies.

-¡Se las verá conmigo esa Ni-Nah! –saltó en la rama The Red Pizpirette- ¿Y cómo son esos movimientos de pie que tanto os aterran?

El anciano cierra los ojos como queriendo alejar un mal recuerdo.

-Se trata de unos horribles movimientos rítmicos contra el suelo. Nos atraen irremediablemente, sin nada que hacer. Nosotros, los adultos, lo podemos controlar relativamente, ¡pero los más jóvenes caen a sus pies como si fueran fruta madura!

Entonces aterriza junto a él el pajarillo piloto. Lleva puesto un mono de mecánico.

-¿Podrás ayudarnos, señorita Botas de Semáforo? –inquiere a The Red Pizpirette.

Ella se ha puesto de un salto en pie sobre la rama. Luce una pose casi triunfal:

-No os preocupéis, ¡The Red Pizpirette os salvará! Se me está ocurriendo un plan… ¿Qué tal funciona el suministro eléctrico de vuestro árbol-ciudad?

 

*   *   *

 

Hace una espléndida mañana en el bosque. Todo está tranquilo, demasiado tranquilo. En el árbol-ciudad, todos aguardan en tensa calma lo que está por llegar. Y no se hace esperar: el cántico jovial de Ni-Nah se oye desde lejos. Los párajos tiemblan en sus ramas. Se hace un silencio sepulcral.

Ni-nah llega hasta la base del árbol. Para su sorpresa, no está sola:

-¿Quién eres y qué haces ahí?

-Oh viajero, soy un peregrino descansando a la sombra de este buen árbol…

-¡Eres un gato negro con una túnica horrible! ¿Qué pretendes? ¡Ese es mi sitio favorito! ¡¡Fuera!!

-Vaya, lo siento. Pero estoy tan cansado que no puedo mover ni una pata.

-¡Necesito ese sitio para llamar a mis amigos!

El gato peregrino ha cerrado los ojos y empieza a dormitar. Ni-nah se enfurece y lanza un grito musical. Mira con furia hacia las ramas del árbol y se dispone a empezar con sus maléficos movimientos podales desde ahí mismo, un poco más lejos será igualmente efectivo… Pero entonces oye la música. Los primeros acordes de “Campanera” suenan desde dentro del árbol. Ni-nah se pone como una furia. Con la música, su técnica no servirá de nada.

En las ramas, los pájaros se dividen entre los que observan en silencio y los que cantan animados por The Red Pizpirette: “¿Por qué han pintao tus ojeraaaaaaaaaas?”. Es una bella estampa: los pájaros cantando al gran Joselito, unas botas rojas bailando de rama en rama y abajo, una furia de pelo negro revuelto echando pestes hacia arriba. A su lado, Minine representando a la perfección su papel de siesta profunda.

Con el maravilloso estribillo “Dile que pare esa noriaaaaaaaa…” llega el momento. De forma sorpresiva, The Red Pizpirette cae sobre Ni-nah. Al fin cara a cara, se dicen las dos con las miradas. Ni-nah es muy rápida. Saca de su selvática melena un afilado pincho y lo lanza con precisión. Una rápida reacción de las botas rojas evitan una tragedia. Seguidamente, las dos intercambian unos amistosos saludos a modo de crítica estética. Me encanta tu ridículo peinado, a ver hacemos un poquito de deporte, no compres más ropa en el chino, por favor.

-¡Tengo más fuerza de la que crees! –le grita The Red Pizpirette blandiendo bíceps- Te reto a un duelo de meñiques. Si gano, abandonarás el árbol-ciudad y no volverás pero jamás de los jamases. En cambio, si tú vences –intercambio de mirada de pesar con la comunidad pajaril- podrás realizar hoy también tus horribles movimientos de pie.

-¿Y tú te haces llamar justiciera más allá de las lindes del bosque? –le espeta Ni-nah con una amenazante sonrisa- ¡Me mofo! ¡Te reto a un duelo de dedos gordos de pie! ¡Ahí está la auténtica fuerza! ¡Seguro que no te atreves, cobarde!

Nadie puede llamar cobarde a The Red Pizpirette. Absolutamente nadie. Consciente de la pericia podal de Ni-nah y de su pérdida de fuerza sin una bota, acepta el reto. Tiene que ganarle en su propio terreno. Ni-nah se ríe muy alto, saca un extraño bote, bebe un trago de su interior y el combate da comienzo.

Pies en alto, el enfrentamiento es feroz. Ni-nah cuenta con un pie más robusto y más grande que el de nuestra heroína favorita, que lucha sin cuartel, supliendo su menor fuerza con nervio y pericia.

En las ramas, los pájaros no pierden detalle. En la zona oeste, se está empezando a organizar una peña ruidosa que anima el combate. Alguien luce una pancarta de apoyo a The Red Pizpirette. El combate no acaba de inclinarse por ninguna de las dos partes. Las fuerzas empiezan a flaquear. Pero entonces, Ni-nah saca a relucir sus malas artes: en un momento en el que tiene medio dominado al pie rival, coge una pequeña rama del suelo y ataca con un mortífero ataque de cosquillas. ¡Y he aquí que ha descubierto el punto flaco de The Red Pizpirette!

-¡Trampa! ¡Eso no es justo…

Es todo lo que puede decir antes de caer al suelo entre sonoras carcajadas. Arriba, los pájaros se echan las alas a la cabeza: aquello tiene muy mala pinta. Incluso la música se detiene. Por su parte, Ni-nah parece disfrutar sobremanera con aquello… Revolviéndose pero incapaz de huir, The Red Pizpirette intenta sacar su arma secreta de incandescencia facial, pero nada puede hacer sino reírse y reírse como una loca. En poco tiempo la rendición está muy cerca…

Entonces algo vuela como un rayo hacia Ni-nah, un destello blanco que apenas puede ver. Minine, enfundada en un kimono de karate que astutamente llevaba bajo el disfraz, vuela hacia ella soltando un furibundo maullido en japonés. El golpe resuena en la cabeza de Ni-nah y en buena parte del bosque. Ni-nah suelta un grito y cae al suelo. El árbol-ciudad estalla en jubilosos vítores y gorgoritos. Minine se viene arriba y despliega todo su arte, encadenando una sarta de certeros golpes. Sus menudas y rápidas patas dan su merecido a la malvada brujilla cantante, que apenas puede defenderse del aluvión de patadas. En menos de un minuto, Ni-nah es forzada a la rendición e invitada a la retirada. Lo hace blandiendo un vengativo puño en alto.

La alegría se desata. Vuelve a sonar “Campanera”, esta vez cantada por el árbol-ciudad entero. The Red Pizpirette y Minine se funden en un abrazo y bailan felices al pie del árbol. En las ramas, aparecen incluso algunos instrumentos de madera: pequeños tambores, un sonoro organillo, un arpa.

Y cuentan que así empezó una gran fiesta que se alargó durante varios días de cánticos y bailes sin fin…

 

29 Agosto, 2007

The adventures of The Red Pizpirette (I)

-¡Eso no es justo! –grita The Red Pizpirette irrumpiendo en el lugar del entuerto.

Los dos perros se detienen, le miran y vuelven a mirarse entre ellos. ¿Por qué tan rubia y tan blanca y con aquellas botas de agua rojas? ¿Qué pretende decir con esa mirada? ¿Desde cuándo dos perros no pueden discutir en un parque?

El perro grande, bonachón, bigotudo y pausado, toma el ladrido:

-¿Tendría la amabilidad de decirnos qué pretende exactamente, señorita?

-¿Disimulando? ¡Os he oído! ¡Estáis maquinando algo malvado!

-¡Estamos discutiendo! –el pequeño, rabietoso y pelón, tiene peores pulgas- ¡Somos perros! ¡Esto es un parque! ¿Cuál es el maldito problema?

The Red Pizpirette frunce sus mínimos labios rosas y, pensativa, realiza unos breves pasos de claquet. Sus katiuskas rojas hacen ronronear la gravilla. Mientras tanto, compone una mueca extraña: está empezando a silbar. De repente, el silbido se detiente y The Red Pizpirette apunta con su anillo mágico a los dos canes:

-¡No subestiméis mi super-oído, pérfidos pulgosos! ¡Sé lo que estábais tramando hacer con el balón de aquellos niños! Y ahora… si no os marcháis inmediatamente de aquí y dejáis a los niños tranquilos, haré fuerza y pondré mi cara tan roja que pensaréis que estáis hablando con un tomate… ¡y después haré más fuerza todavía y mi cara estará tan roja que os abrasará enteros!

Los perros guardan un silencio significativo. El pequeño tose y se aclara la voz:

-Sí, claro. Si nos disculpa… -hace amago de reiniciar la conversación, ninguneando a la intrusa.

The Red Pizpirette inicia un baile sinuoso y saltarín, mientras apunta más con el anillo a los perros. Su cara empieza a enrojecer. Más y más. Los dos perros se miran.

-Cómo está el parque. Ya ni pinchar balones puede uno –dice el grande.

-Pero ¿tú estás viendo lo que yo estoy viendo?

-Bah, vamos a tomar algo. ¿Hace un orujo?

-Venga.

Los dos perros se giran y empiezan a andar muy dignamente y sin prisa, pero cuando miran atrás de reojo y comprueban que algo incandescente se acerca a ellos, echan a trotar y trotar sin mirár atrás, y no paran hasta estar bien lejos del parque…

 

*   *   *

 

Un bonito día se cuela por la ventana. The Red Pizpirette se despereza en la cama, los ojos grisazules y risueños posados en el techo blanco. En la cocina, Minine manda un mensaje por el móvil mientras el café se termina de hacer. Maúlla por lo bajini su canción favorita de Marisol.

El humo de la cafetera revolotea por la cocina y explora la casa. Un ático blaaaanco y tranquilo, donde el sol rebota en todas las paredes. Una pequeña voluta recorre el estrecho pasillo y llega hasta la cama. Hace unas piruetas acrobáticas y se posa justo en la punta de la nariz de The Red Pizpirette: en un minuto, se ha plantado las katiuskas rojas, se ha hecho dos coletas y está entrando en la cocina.

A Minine le gusta tomar en silencio el primer café de la mañana, a ella también. Una mueve de vez en cuando su cola negra. La otra, mira por la ventana el cielo azul. Cuando terminan, ella va a la sala, abre el gran ventanal y se acuclilla frente a su flor favorita: una orquídea blanca con millones de pecas rosas. Como cada día, observa detenidamente sus pétalos, convencida de que se mueven un poquito cuando abre la ventana. Satisfecha, le da un levísimo beso, se levanta y se estira soltando un ligero gemido. Desde la cocina, Minine contesta con un maullido cantarín mientras empieza a fregar los cacharros.

Es hora de empezar el día…

 

*   *   *

 

The Red Pizpire